A los noventa años ha fallecido una de las figuras más relevantes de nuestra universidad de Cádiz, un profesor, investigador, científico y humanista que, luchó contra la rígida una parcelación de los saberes, contra la especialización prematura de los conocimientos y que nos ha demostrado cómo es posible hacer convergentes los caminos que conducen a interpretar, valorar, aprovechar y disfrutar de la vida. En mi opinión, lo más sorprendente era –como me explicó hace sólo unas semanas- su exquisita habilidad para compatibilizar el rigor científico con una visión trascendente de la existencia humana.
Su pasión desbordada por el conocimiento, su interés desmedido por la información histórica, su avidez irreprimible por la lectura, su incansable afán por los análisis críticos, sus insaciable ganas por disfrutar de todas las artes y su ansia incontenible por degustar la “vida”, nos demuestran que las ciencias y las letras, el arte y la técnica, la contemplación y la acción, la seriedad y la alegría, el trabajo y el recreo, la vida buena y la buena vida integran dimensiones compatibles entre sí o, quizás, dos caras de la única existencia humana.
Ya he comentado cómo sus alumnos se sorprendían al advertir que sus programas de Química Analítica incluían contenidos históricos, teorías filosóficas, alusiones literarias, descripciones artísticas y aplicaciones gastronómicas; pero se asombraban todavía más cuando descubrían que jugaba al fútbol, tocaba la guitarra, era un degustador de los buenos cantes y un catador de los mejores caldos: y es que poseía una singular habilidad para transformar la información en pensamiento, en ciencia, en tecnología, en acción, en vida y en diversión. Era un Catedrático atípico de Química Analítica, un científico apasionado, un artista razonador y un refinado gourmet.
Los que seguíamos sus desmesuradas, documentadas y minuciosas explicaciones -todas ellas colmadas de datos, nutridas de agudas reflexiones y salpicadas de jugosas anécdotas- llegábamos a la conclusión de que la clave de su destreza profesional reconocida académicamente para realizar los “análisis químicos”, residía en su singular capacidad para metabolizar intelectualmente, para digerir fisiológicamente y para, en resumen, transformar en alimentos culturales las ideas, los objetos y episodios.
Su ansia apasionada de investigar, su manera vital de hacer ciencia, su forma científica de indagar en la complejidad de la historia, su estilo técnico de reflexionar sobre cuestiones teóricas y su sensibilidad para degustar unas soleares o para catar un amontillado, ponen de manifiesto que este corredor de fondo, trabajador inagotable, lector voraz, científico riguroso, instintivo observador y humanista de raza, ha sido un romántico audaz que se empapaba de vida y difundía ideas, sueños, emociones y sensaciones y, sobre todo, un esposo, un padre y un abuelo que ha creado y disfrutado con su familia. Era ser diferente gracias a su aguda disección de la vida humana y un estímulo para que pensemos, discutamos, trabajemos, luchemos y demos riendas sueltas a la ilusión. Con sus hijos y nietos sentimos gratitud y dolor por su pérdida.