Le acepto el reto porque seguro que no se acercará a reclamar su premio. Se contentará –que no es poco– con la hora y media larga que le regaló Luz Casal, fiel integrante de ese subgrupo de artistas en el que militan quienes a golpe de letra, mensaje y escenario colaron un día en las estanterías de su alcoba sus CD, como antes le robaron los ahorros para hacerse con un vinilo o, retrotráigase aún más, una cinta destrozada de tanto rebobinar con un boli bic. Ese es el pelotón de los cantantes de su vida, y por eso usted asocia una canción a un fragmento episódico de su existencia. Y por esa conexión que sólo está alojada en su cerebro, casi nada, se emocionó usted anoche o saltó dislocado/a, según fuera la propuesta. El otro subgrupo –que de todo tiene que haber, diría aquél– lo colapsan los pseudoalgo que destrozan guitarras a golpe de talonario, de triunfitos paridos en serie y de exitazos alimentados con talonarios y esfumados de la memoria cuando muere el verano. María Luz Casal Paz se presentó en el Revellín un puñado de años después de la última visita luciendo una peculiar habilidad innata para regatear el calendario. Suma años –vale, experiencia– y la vida se atrevió a hacerle dos malos guiños consecutivos, pero el torrente de voz que inundó ese teatro que alumbraron las escuadras y cartabones de Alvaro Siza ratifica que a los malos augurios también se les vence. Galega, con esa voz que no necesita antesalas, da igual que desgrane su último trabajo, Almas gemelas, vestida de azul cobalto –creo, perdonen el daltonismo–, que se enfunde los pantalones de cuero negro para resucitar el alma rokera y elevar el pie del micrófono sobre su cabeza mientras el personal bota entre butaca y butaca, o que finiquite el espectáculo con traje rojo y temas que transitan por la nostalgia. Dicen que si te topas con un gallego nunca sabrás si sube o baja la escalera. La supuesta indefinición que forjó el tópico y se supone inherente a quien habita aquella esquina de la piel de toro se le queda corta a Luz Casal. No es que suba la escalera, es que desde hace décadas devora peldaños. Un caudal de energía que igual cuela un tema en una poesía fílmica de Almodóvar que regala lágrimas al espectador prestándole voz a Negra sombra, el poema de Rosalía de Castro que adorna el Mar Adentro de Amenábar. O la misma a la que se le rinde la grandeur francesa colocándole en la solapa la Legión de Honor y lograría que el chauvinismo galo estuviera dispuesto a ceder a España dos gárgolas de Notre Dame, la receta de los brioches y media vidriera de Chartres para lograr nacionalizarla. De momento, como con Picasso, se conforman con verla pasear por París. Da igual que suene un tema de su último trabajo o un clásico. Que exprima La Pasión, Vida Tóxica o Almas gemelas o que rompa tacones sobre el escenario con un Rufino o un particular homenaje a Radio Futura y su Negra flor, retroalimentándose a sí misma en un tributo a aquellos 80 que sembraron la mejor cosecha del pop-rock español, un granero repleto frente al escuálido páramo actual. “Ha merecido la pena venir”, agradeció desde el escenario cuando el regalo-concierto casi expiraba. Había desembarcado con su quinteto de fondo desde El Ferrol para esparcir el ramillete de temas por el Revellín. Piensa en mí, Un año de amor, No me importa nada, Te dejé marchar... Un público con demasiado apetito se resistía a dejarla hacer las maletas de regreso y exigió más combustible. Hubo cambio de traje y de registro, del torrente al melódico sentimiento, de la garra y la invitación al salto al amago de lágrima. Con todos esos argumentos llegó, embelesó y partió Luz Casal. Quien pueda igualarla tiene a su disposición las tablas del Revellín. Hay demasiados artistas-suflé, de los que terminan deshinchados, pero faltan estrellas. Porque en el fondo, haberlas haylas.
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