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Estado crítico

Por Ana Isabel Espinosa
25/10/2014 - 11:04

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Teresa anda en baja mejoría porque añora a su perro, sin que se suelten las campanas al vuelo, porque la madre Isabel lo mismo pisa las recepciones de la trena.

Los colaboradores de la telebasura andan cabizbajos, chamuscados por las noticias, mientras que los de Gran Hermano reinventan algo que nació enlatado y venido de otras fronteras. Hemos heredado los programas europeos igual que los trajes que se le quedaron chicos a la prima, también sus deudas y nos vemos ebolizados, machacados en el hospital y hablando por los dedos. Nos siguen los más afines, los más rigurosos y nos ponen pancartas de ánimos y ayuda, que nos hacen que no nos queramos tirar de la ventana al frío asfalto. Pero ganas entran porque el paro sube y no tenemos sangre de misionera que insertarnos en vena, para curarnos, aun dejándola seca a la pobre mártir que fue a África a servir a dios y a sus semejantes y se vio sola sin ambulancia que la socorriera, sin UCI estanca, pero aun así con los brazos abiertos, cuando no la exportaron como a sus blancos y viriles compañeros.
Y es que ser mujer y negra es lo que viste, que te dejan y te exprimen, solo dándote las gracias otros labios de mujer que están vivos gracias a tus buenas plaquetas. Las mismas que se disolvieron,  que se derramaron en Galapagar, cuando un marroquí disparó en la cara a una mujer, a la que no mató pero por la que se suicidó tardíamente, en los altos de El Escorial. La Guardia Civil ya le seguía las puntas de rey astado y mellado, que puso trono de cuatro ruedas en la sierra madrileña y enfrentó la muerte que debía haber buscado –solo– algunas horas antes. La mujer aún vive, luchadora ella, como Teresa, como la misionera, todas mujeres y lastradas , apaleadas y presas. Han descendido en las listas del paro, los advenimientos de mujeres y ya no se buscan camareras, ni limpiadoras, ni cajeras y ya no entran en casa de niños chocolates del Dia, ni pipas de girasol, ni bocadillos en la playa, con los abuelos o los titos a pasar el rato, que mamá trabaja y hace horas para el invierno.
Ya llegó el invierno, con presagios confundidos de calor y otoño rarito,  que hasta el tiempo truena a la inversa y no hay matemático que lo entienda. El paro nos amenaza en masa y no hay cifra que los pare, ni política que lo destruya, ni político que no se avergüence y saque pecho de que está haciendo todo lo que puede, cuando no vemos que hagan nada. Son las políticas heredadas de la prima alemana, de esa regordeta y de ojos azules a la que le pagamos el colegio y el desayuno con nuestra deuda pública y nuestro afán desmedido, en comernos las chuches del recreo. Fue nuestra madre la que llegó a un trato con nuestra tía política, pero ahora lo pagamos nosotros y lo que es peor, nos haremos viejos pagando, mientras Teresa penará a su perro, la mujer que intentó asesinar el marroquí se salvara o no y la misionera, volverá a África, a morirse de pena.
La vida seguirá porque lo dijo Julio Iglesias y cada uno se posará en su rama y le quitará un cacho de rayo al sol y nos enmarronaremos colgados en la valla fronteriza, como los obreros de los años treinta en esa inolvidable foto que tantos tienen de cabecera. Todo pasará y nada habremos sido porque nuestros huesos no nos distinguirán, si alguien los saca a la superficie, porque nadie hará caldo de puchero con ellos y seremos tan vacuos como Oleguer Pujol, que saca pecho y esconde cabeza, porque no tiene que ponerse en una cola de espera para los comedores escolares de sus hijos, ni pelearse para tener plaza en la universidad pública, ni ir al banco de alimentos cuando los 326 euros se le queden en nada, después de haber pagado luz y agua.
Teresa, que ya está curada, se duele de cosas bonitas, de ladridos lejanos y de pelo caliente en el sofá de casa, porque los perros son solo eso, piel caliente con pelo que nos abriga el alma. La misionera de nombre ascético y pleno, Paciencia, nos debería regalar a todos en vía intravenosa, esencia, para que acumuláramos puntos en esta vida tan necia, con gente que esconde lo que no se gasta y otros que no pueden comer con lo que nunca tuvieron.

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