La palabra es el mayor don que a los hombres dieron a los cielos”, que diría mi maestro, en la letra y en el yantar, Miguel de Cervantes Saavedra, refiriéndose eso sí al don de la libertad.
Viene aquí a mi recuerdo una de esas encuestas que se hacen en nombre de la estadística y que pueblan los medios de comunicación. A saber: ¿cuáles son en el orden las principales preocupaciones de los españoles?
Destacan la preocupación por la economía, el subyacente paro forzoso, o la corrupción sobrevenida de la clase política. Pero yo afinaría un poco más, una vuelta de tuerca hacia la esencia. Para mí, el principal problema de España es el desaseo, el descuido de la verdad, el ocultamiento, el exiguo recorrido que hemos dejado a las palabras.
Fijaos en el esperpento, en la quiebra de la moral española. En España, para saber si un político o responsable dice la verdad son necesarios sumarios de diez mil páginas. La administración de la Justicia paralizada en aras de discernir el signo de las palabras, algo tan sencillo. Muchas veces los indicios, que tiran de espaldas, no son suficientes y así se eternizan los procesos al tiempo que los políticos se disculpan diciendo que estamos en un Estado de Derecho y que hay que dejar actuar a la Justicia (en apariencia politizada).
Agachen la cabeza sobre la calculadora y estimen el coste en dinero de unos juzgados colapsados por la corrupción. Cierto o no, ¿es que no se puede ser honrado y parecerlo? ¿Por qué hemos de tensar los límites de la ley? ¿Por qué alimentar la sombra de la duda?
Y lo peor, luego va un ciudadano a pedir verdad y amparo a la administración de Justicia y se encuentra con que no puede iniciar un pleito por unas tasas que se deben a la excesiva litigiosidad. El mundo al revés.Echo de menos la política, si es que alguna vez la hubo. Los políticos de ahora, que andan por la esfera pública, parecen ignorar que el principal activo de un servidor público es la castidad en la palabra. La castidad hay que cultivarla. La matemática en el lenguaje y la adecuación perfecta entre la información que se pide y la que se ofrece haría que el círculo de la comunicación se cerrase, despejando todo tipo de inseguridades.
Lejos de sentir dolor, siento contrariedad al asistir al cruce de acusaciones entre el equipo de Rajoy y el del ínclito Rubalcaba, sobre quien alberga los casos de corrupción y mentira más graves (menudo papelón). El vacío.
Recuerdo mis años de estudiante de periodismo, cuando saltó el escándalo del despacho de Juan Guerra, luego apareció Naseiro, y como no un tal Roldán que iba de ingeniero por la vida y nadie sintió la curiosidad de comprobarlo. ¿Qué pasa? Ahora no son casos aislados, ahora son ochenta imputados aquí, ciento veinte allá; nadie sabe nada, nadie recuerda, a nadie le consta.
Peor que el saqueo de las arcas es el saqueo del mayor don que a los hombres dieron los cielos: el valor de las palabras.





