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Escribir en caliente (14): Ceuta sanó sus heridas con la visita de los Reyes

Empecé a escribir estos artículos a modo de reportaje seriado que compensara la inquietud sentida en los inicios de la invasión de inmigrantes y pensaba ponerles fin coincidiendo con la marcha de los Reyes de Ceuta tras su visita con pernocta.

Después de los últimos acontecimientos, como el de la fragata y otros navíos por aguas de Ceuta -aguas de España- y las declaraciones de políticos diciendo que esto era “un hecho puntual”, que no sé yo que es más grave ante lo obvio si ser político ciego o político que no quiere ver, creo que tenemos la obligación, los que puedan y quieran evidentemente, de no dar cuartel a esta gente (acción de ser implacables y sin descanso, que para eso estamos en una ciudad de fuerte sentir castrense), por lo menos hasta que el bando de impresentables que nos gobiernan dejen de hacerlo. La mejor forma de hacerlo es que se siga produciendo esta corriente constante y fluida de opinión, creada de forma espontanea sobre lo que acontece en Ceuta y que ha provocado, en muchos de nosotros, sentimientos de inmenso dolor y desazón, lo que nos hace revelarnos en defensa de nuestra tierra. Sentimientos que afloran en los medios y que pueden ver la luz, en mi caso, gracias a la inestimable colaboración de El Faro de Ceuta.

Hoy quisiera reflexionar sobre la observación que me provocó la visita de los Reyes, esperada con expectación por la mayoría de ceutíes y confirmada la buena nueva a la vista de la multitud de personas de toda edad y condición que acudieron (acudimos) a verlos. Esto no fue cosa solo de mayores o monárquicos, de izquierdas o derechas, de barrios o de centro...más bien, como dice el presidente Vivas, «de todos los ceutíes, independientemente de como se llamen y recen a quien recen». Se ha hecho patente pues la transversalidad sociológica del fenómeno, que diría un analista.

Es innegable que el rey, representante de la Jefatura del Estado y de una monarquía moderna, que basa su sentido y fuerza en la Constitución, al tiempo que revestido del imaginario simbólico y la tradición, crea una fascinación a su alrededor que pocas figuras en España concitan de forma tan unánime, sea del estado, del gobierno o de la iglesia esa figura, por decir tres de las instituciones más significativas del país.

Cuanto más observo la actualidad y reflexiono sobre el modelo de jefatura del estado que nos dimos (1978), nuestra monarquía constitucional me sigue pareciendo idónea y de todas las jefaturas existentes la que más me convence. La alternativa hubiera sido una república presidencialista, añoranza de modelo en las izquierdas: alternativa descorazonadora, sufrida por los españoles en dos tramos (de 2 y de 8 años), que nos dejó siete presidentes en diez años, dos magnicidios y una guerra civil... unos antecedentes históricos que pocos pueden igualar.

Y me parece idónea esta monarquía constitucional a pesar de que el rey emérito dejó el predio monárquico como un auténtico erial, lo que ha servido para que el PSOE y lo que había a su izquierda sigan reivindicando la figura republicana, basándose en una superioridad moral que nunca existió, cuestión ficticia y demagógica para mítines y proclamas de partido, tan como fue aquel su lema en 1979 de «Cien años de honradez» (¿).

La percepción que muchos tenemos de la monarquía frente a otros modelos es la de ser un símbolo neutral de unidad y permanencia ajena a la lucha partidista, donde influyen, en el caso español, además del legado histórico vinculado a la Transición democrática, el arraigo

de la tradición institucional frente a la temporalidad del mandato presidencial; así como la excepcionalidad de sus apariciones públicas frente a la rutina política, que provoca entre los ciudadanos sensaciones personales de hartazgo de esta última ante las continuas declaraciones oportunistas, demagógicas, hipócritas, vulgares y ahora tuiteras de los políticos actuales. Peligro que correría el modelo de jefatura del estado republicana si todos pertenecen a la misma o parecida casta política.

Por el contrario, la estabilidad, serenidad y mesura de la Corona confronta con esas actitudes y sus confusos -aunque reeditados- valores republicanos, ya tan descoloridos como la franja morada de la bandera tricolor que tremola cualquiera en cualquier ocasión: por cierto, símbolo nacido del error histórico (1931) de tomar como modelo el morado de las antiguas enseñas de Castilla, pero que no era tal si no el original carmesí desgastado; bandera que en opinión de Vicente Rojo, general republicano (1936), en un artículo inédito descubierto hace unos años, escribiera (1939) que «fue uno de los motivos que de forma estúpida dividieron y divide a los españoles, pues tiene su origen en la conducta mezquina y partidaria de nuestros políticos»... tomen nota, que este fue el que defendió Madrid ante los sublevados golpistas... a lo que podríamos apostillar, que lo que dice para un análisis de los efectos de aquella bandera sirven para el modelo republicano español sufrido.

La visita real ha sido en cierto modo un bálsamo para todos, y aunque no pueda cambiar la realidad -como no pudo cambiar la visita real los efectos de la DANA en Paiporta, los del volcán de la Palma, o la plaga de incendios forestales- no me cabe duda que hasta para los más escépticos su presencia en estos momentos ha resultado reconfortante, máxime cuando constatamos que los poderes gubernamentales no saben, o no quieren, estar a la altura de los acontecimientos, bien sea por conveniencia, incapacidad o falta de asertividad.

Las declaraciones del presidente Sánchez, cada vez que se producen siembran dudas, dejan incertidumbres y excusan al invasor... frente a él, tres declaraciones (en cinco visitas) del jefe de la oposición, Feijóo, con palabras que todos habríamos deseado escuchar de nuestro presidente de gobierno y no las realizadas realmente por este personaje siniestro e indolente, atenazado por el miedo de aún no sabemos a qué.

Por su parte el rey pronunció, ante una representación de nuestra ciudadanía, un discurso propio de jefe de estado: claro en la exposición, sincero, medido, responsable y asertivo; que vino a reconocer el daño infligido por Marruecos a Europa y España en nuestra herida Ceuta, sugiriendo medidas de corrección y uniéndose a las preocupaciones de los ceutíes, así como alentándonos en nuestra lucha por el futuro de la ciudad.

En fin, una visita provechosa, aunque sólo fuera para seguir presentes en la actualidad y renovar esperanzas, al tiempo que sirve para mandar un mensaje al vecino invasor para su test de situación, mostrándole que no es tan fácil desahuciar al pueblo ceutí de esta tierra.

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