Desde Toluca hay dos horas largas hasta Ciudad de México. De vuelta otra vez a la capital pero esta vez para tomar un vuelo hasta Colombia, donde pasaría dos semanas repartidas entre Cali y Cartagena de Indias. Para ser sincero, Colombia no entraba en mis planes, la idea era México y algún país de Centroamérica pero todas las señales y mis acciones previas al viaje me conducían directamente al calor húmedo de Cali y allí me encontré tras cuatro horas de vuelo.
Cuando reservas hostales sin investigar primero en que barrio te metes puede pasar que termines alojado en medio de una película colombiana con peleas de borrachos, prostitución y sirenas como banda sonora a altas horas de la madrugada.
Si, acabé en un barrio complicado por llamarlo de alguna manera pero me he criado en La Pantera, así que llegué vacunado y pude dormir. En el hostal me aconsejaron hacer como Cenicienta y volver antes de las diez de la noche, si las diez, dos horas menos que la princesa, por aquello del agua y los gremlins. Así que fui un buen Gizmo y a las diez en la habitación, poco después empezaba el festival de gritos.
Durante el dia el ambiente cambiaba, la ciudad se llenaba de vida, negocios abiertos, vendedores ambulantes, barbacoas a pie de la calle que desprendía el olor a pernil, tocino, yuca y plátano macho, nada mejor que un desayuno potente para empezar el dia. A medida que iba avanzando el dia el calor se hacía insoportable. En el centro los caleños disfrutaban de las sombras y el buen café que ofrecían las cafeterías.
Me fui paseando, entre sombras, jugando al escondite con el Sol hasta llegar a la Plaza de Cayzedo. Me quedé un rato allí camuflado entre sus altas palmeras y contemplando la ajetreada vida de los que se movían entre calles y ‘carreras’ en moto taxi, coches y a pie con un destino en mente en contraste con los caleños que disfrutaban de un raspado mientras charlaban animados.
De ahí al Parque Simón Bolívar atravesando el rio Cali, donde la gente paseaba animados, patrullas del ejército vigilaban con el arma a la funerala con cara de pocos amigos, chicos con monopatines y parejas de novios.

El Sol, en lo alto, ponía a prueba a los sombreros, las verdes montañas a lo lejos daba color a la ciudad. A la vuelta, pasando la iglesia de la Ermita, me paré en el parque de los poetas vallecaucanos, me apoyé en la espalda de Octavio Gamboa, el suelo humedecido y las hojas de los arboles refrescaban el lugar.
Antes de irme, cometí la locura de llegar tarde a retreta, no quería abandonar Cali sin marcarme un baile en la calle del Sabor, lo pasé genial bailando salsa y cumbia pero a punto estuvo de salirme caro, al recogerme, serian las once, un individuo me siguió calle arriba y cuando empezaba a amenazarme, mientras lo ignoraba, en la intersección, pasó un taxi libre que tome, me vio alejarme calle abajo con cara de tiburón que pierde a su presa. Al dia siguiente vuelo domestico a Cartagena de Indias.
Esta vez elegí bien la localización del hotel, en el centro histórico. Cali era un pueblo suizo comparado con Cartagena, la humedad era insoportable, el más mínimo movimiento era transpiración pero, al contrario que Cali, tenía su encanto. Ciudad colonial con casas bajas de colores y calles empedradas.
La zona histórica vivía del turismo, agencias de viajes en casi cada calle, pequeños hoteles, restaurantes, casas de cambio y cafeterías. De vez en cuando te cruzabas con alguna calesa que llevaba a turistas a enseñar los lugares históricos que había en la ciudad amurallada.
A pesar del sofocante calor, me apetecía bastante pasear por sus calles, intentaba imaginármela en época de españoles y piratas pululando por esas piedras que ahora yo pisaba. Iba desde la playa de los pescadores hasta el Baluarte de San Ignacio y desde Santo Domingo hasta la plaza de los Coches, donde solía cenar viendo su torre del reloj y a lo lejos se divisaba los altos edificios de Getsemaní y Bocagrande.
Uno de los días me dirigí temprano a las afueras del casco histórico, hacia La Manga para conocer más sobre Cartagena, que no fuera solo zona turística pero una vez allí una mujer mayor en cuanto me vio me urgió a que volviera por donde había venido – ‘esto no es seguro pa ti, vete en taxi’ . Me fui en taxi a la otra punta de la ciudad, no tenía ganas de tentar a la suerte, a la ‘playa del Cabrero’, a pasar mi último dia en Cartagena, una playa donde iban a bañarse los lugareños, aquel dia, por alguna razón, la encontré vacía y me bañé solo en sus cálidas aguas.
Al dia siguiente vuelo domestico de vuelta a Cali, pero esta vez a una cabaña en los farallones de Cali. Allí pasé un inolvidable y lluvioso fin de semana disfrutando del frio de la lluvia en contraste con el agua caliente de la pequeña piscina, mientras contemplaba a lo lejos las luces y sombras del valle del Cauca.






