En los cementerios de Sidi Embarek y Santa Catalina hay enterrados hombres, mujeres y niños cuyos cadáveres fueron encontrados en las costas o, en otros casos, en la valla. Algunos pudieron ser identificados y constan en el Registro Civil con su identidad. Sus familias fueron informadas del lugar en el que terminó su periplo clandestino. Hay un nicho, una tumba con nombre y apellidos. Otros, los más, son enterrados con una reseña: varón/mujer, su raza y el añadido de ‘sin identificar’. Pero todos ellos han tenido un entierro digno. Sin ser conocidos, en su última despedida han sido acompañados, se les ha rezado y pedido por sus almas. Es un gesto difícil de explicar, es el gesto de la despedida aislada a quien no conoces, el último adiós a alguien que terminó sus días en Ceuta y que dejó atrás una familia que sigue esperando la llamada. No sé si algún día podrán saber dónde terminó ese ser querido, dónde se le enterró. Ha habido identificaciones a posteriori conseguidas por azar, pero son las menos.
Lo que sí ocurre siempre que acontece una desgracia en esta Frontera Sur es que hay hombres y mujeres que acuden a esa despedida. Son pocos, pero van. Están allí para rezar a quien no conocen, para pedir por su alma, para dar calor en ese gesto de dolor que supone siempre un entierro. Y están allí aunque nada sepan del fallecido porque nunca esas últimas despedidas se han hecho en solitario: despedidas a menores, a jóvenes, a mujeres que iban a ser madres. El último paso físico antes de dejar este mundo cuenta con la presencia de gente buena, de corazón y empatía que pide por quien no conoce, que colabora en el entierro del que se marcha arrastrando el misterio de una identidad y una vida ocultas por siempre. Y eso es un drama, un drama constante, pero reconforta saber que a ellas y a ellos se les dio un último adiós con dignidad.






