Sólo en ocasiones se puede disfrutar en Ceuta de un espectáculo de altura como el que tuvo lugar con motivo de la celebración de las II Jornadas Literarias que organiza el Instituto de Estudios Ceutíes.
No se pretendía comparar, ya que la intención, como siempre, era la de formar y entretener. Y entretener cuando el programa contiene sobre todo poesía, puede parecer de ilusorio.
Y así es, en realidad. Se trataba de convertir en ilusión lo que ocurría en el escenario. Para ello, había que contar con las personas adecuadas que transformaran la realidad, transportando al espectador a sus universos, sin abandonar del todo los propios. Así se alcanza la complicidad.
Para la primera tarde la convocatoria especificaba la presentación de la revista cultural Mester de vandalía, como siempre con un nuevo y sorprendente formato, simulando un álbum de fotos cuyos pies ilustran poemas. Gracias a los fantásticos dibujos de Vicente Álvarez y las espléndidas fotografías de Pepe Gutiérrez, el resultado permitía la calificación de sobresaliente. Se les fue entregando un ejemplar a los asistentes conforme iban llegando y el Salón de Actos del Palacio de la Asamblea empezó a llenarse de color y curiosidad.
Decía Luis López Anglada, el gran poeta grande ceutí, que la poesía tiene que causar sorpresa. Y, aunque llevaba toda la razón, también es verdad que debe reinar un clima propicio, anterior a la declamación. Y que, si por fortuna, empieza a respirarse expectación, el proceso es más limpio y directo.
La alternancia en la lectura de los invitados fue decisiva. Sasi Alami, ingeniosa periodista de voz embriagadora; Javier Bozalongo, editor de palabra irónica y lógico razonar y Mezouar El Idrissi, de extraordinario acento social, también traductor, se complementaron con nuestros escritores más destacados. En efecto, allí estaban el joven poeta Ramón González, dramaturgo de versos y sentimientos; el aún más joven -todavía estudiante- Álvaro Pareja, algo alternativo, casi maldito, y por fin el sólido y consistente Paco Bombién, renovador de la tradición. Todos dieron lugar a que el acto fluyera dinámico y a que acogiera la participación del público como si ello formara parte de un guion previamente establecido.
Así se originaron también momentos de humor y se pudo colegir, sin faltar al Género de la Lírica, que los maestros cultivaron la sátira, porque el análisis se descarga de acritud y de tristeza con la esencia jocosa de la hilaridad. La implicación se evidenciaba tanto en la risa como en la emoción.
Junto a la diversión y el entretenimiento, quedaba flotando, sobre las butacas, la incógnita del día siguiente.
Esta constante parece hija de la caprichosa Fortuna y, a menudo, se convierte en variable. Nunca se sabe lo que va a pasar. Si la satisfacción ha predominado, la gente acudirá de nuevo.
El paseo por la ciudad estimuló los contactos y afinidades. Así, el nuevo día, comenzó con los mismos actores de la jornada anterior, sentados de relajadas formas, casi en semicírculo. De los recién llegados, Óscar Martín Centeno, embelesó con su tono grave y su discurso rapidísimo y Diego Valverde, tan culto, tan cosmopolita, tan cercano, fue una agradable sorpresa. María José Cortés, poeta de expresión dulce y garganta seca, complementó a los anteriores.
Convergieron los astros o se estremeció el bosque inextricable de las palabras. Algo pasó. Que cautivaran la agilidad de las lecturas, los intercambios sembrados de admiración o las frescas intervenciones para discrepar o puntualizar, convirtió ese día, ese instante, a los citados poetas en las grandes personas que ya eran, a vista del público: sencillas, próximas, agradecidas, humildes, afectuosas.
Y la magia, esa que se busca cotidianamente como si residiera en las cumbres o buceara entre desconocidas grutas de océanos inhabitables, se hizo verbo y habitó entre nosotros.
El colofón de la presentación de la novela de Omar Berrada dio paso a un intenso debate y a un anhelo por que la poesía, que no se había marchado aún, regrese siempre.
La alternativa está sembrada. No todos los días puede representarse la misma función o de tanta calidad, pero la memoria es poderosa y el recuerdo, libre. Gracias a ellos, al desarrollo de las emociones, que siguen adelante una vez activadas, y a la respuesta de los presentes, lo ocurrido esos días no quedará en el olvido.
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