Un estruendo me despertó, el reloj de la mesita marcaba las 6:15h de la madrugada, mi perro comenzó a ladrar y a correr como si se lo llevaran los demonios. No sabía qué estaba pasando. Todos en casa nos levantamos asustados. Mi hija, desde su habitación, preguntaba: Papá, ¿qué es eso?.. Papá qué pasa.
Con el corazón acelerado y aún aturdido por el sobresalto, me acerqué a la ventana. La calle olía a goma quemada y, al levantar la persiana, pude observar como un espeso humo negro salía de varias motos. Fui corriendo a por mis gafas, ya que las necesito para ver bien, y entonces, por fín, pude comprobar qué estaba ocurriendo. Debo decir que por unos instantes creí que se trataban de sonido de disparos.
Al principio me asusté bastante, hasta que vi cómo de un coche se bajaban varias personas vestidas con ropa elegante.
Era una boda. Sí, una boda.
Debía de ser alguien muy conocido y querido, porque iba acompañado de una gran comitiva de coches y motos que entre ensordecedores bocinazos, gritos de júbilo y vítores, hacían rugir sus motores con escapes libres, provocando explosiones y un ruido insoportable que rompía el silencio de la madrugada.
Permanecieron en la zona durante unos cinco minutos, y después continuaron su recorrido calle abajo, como si nada hubiera ocurrido. Durante todo ese tiempo, no apareció ningún Cuerpo o Fuerza de Seguridad. Supongo que esa comitiva venía de algún lugar y atravesó parte de la ciudad sin que nadie considerará oportuno poner fin a una situación que alteraba gravemente el descanso y la tranquilidad de cientos de vecinos.
Lo más preocupante no es que alguien quiera celebrar uno de los días más importantes de su vida. Todos entendemos la alegría de una boda. Lo verdaderamente preocupante es confundir la celebración con la falta de respeto.
La libertad de unos termina donde empieza el derecho de los demás a descansar. Despertar de forma sobresaltada a familias enteras, asustar a niños, alterar a los animales y llenar las calles de ruido, humo y olor a goma quemada a las seis y cuarto de la mañana no es una muestra de alegría; es una absoluta falta de consideración hacia el resto de la ciudadanía.
Vivimos en una ciudad que presume de convivencia, civismo y respeto. Sin embargo, episodios como este demuestran que todavía hay quienes creen que sus celebraciones están por encima de las normas y del bienestar de los demás.
Esta publicación no pretende señalar a una familia ni estropear el recuerdo de una boda. Pretende denunciar una actitud que, por desgracia, cada vez parece más normalizada: la de quienes piensan que todo vale mientras ellos se divierten.
El respeto no debería ser opcional. Porque una ciudad no se mide por cómo celebran unos pocos, sino por cómo conviven todos.
No todo vale.
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