Categorías: Opinión

El sueño de la aduana comercial

El gobierno local  ha puesto toda su sinergia en Bruselas. Peligran los fondos europeos. Perderlos o reducirlos podría ser letal para una ciudad ‘subvencionada’ como la nuestra. En Bruselas, bajo cualquier fórmula o ubicación, hay que estar. Ceuta precisa un marco estable de apoyo por parte de la UE para superar las dificultades que impiden su desarrollo como cualquier otro territorio. De momento allí se ha personado la embajada ceutí para trasladar a las autoridades comunitarias nuestra realidad y sus especificidades. Un asunto en el que el gobierno central tiene mucho que decir.
Como estudioso de nuestro pasado más cercano, la ciudad puede estar atravesando la encrucijada más difícil de los últimos ochenta años. La década de los cuarenta y los inicios de la siguiente fueron tiempos duros y agónicos para la economía local, mientras veíamos pasar inversiones y fuentes de riqueza hacia el Protectorado y los gobiernos de Madrid pasaban de Ceuta.  
Por entonces, sin embargo, la ciudad contaba con importantes resortes de sostén económico como una próspera riqueza pesquera y conservera, un atractivo comercio, su enorme guarnición militar, un activo puerto sin competencia prácticamente en el Estrecho y puerta de paso de las mercancías del Protectorado, un modesto pero activo tejido industrial… Su progresiva pérdida total o parcial ha venido derivando hacia la situación actual en la que la dependencia de las ayudas de Madrid o de Bruselas es vital ante la falta de apertura hacia otras alternativas de subsistencia propia.
Reflexionando sobre ello y al hilo de las informaciones sobre esa presencia en Bruselas, he echado en falta cualquier referencia a la aduana comercial con Marruecos. Por supuesto que el asunto es cuestión de los gobiernos de Madrid y de Rabat, y es sobradamente conocida la cerrazón al respecto de éste último.  Pero ya que el ejecutivo de Zapatero ha sido incapaz de plantear tal cuestión al vecino, ¿no sería posible buscar la intercesión de la UE? El Tarajal es una frontera de Europa. Resulta pues del todo incomprensible que como tal no cuente con su aduana comercial cuando Marruecos es un socio preferente.
“Ceuta y Melilla tienen una fecha de caducidad: 2012”. La cita es de Margarita López de Almedariz, presidenta de la Cámara de Comercio melillense. Lo dijo hace cinco años y lo ha reiterado en varias ocasiones. Estamos pues a un año vista para que Rabat concluya su desarme arancelario y con ello, posiblemente, el final del trasiego del llamado “comercio atípico con Marruecos”, con las consecuencias lógicas del caso.
“Ceuta está condenada. Carece de frontera comercial con Marruecos [...] La ciudad reclama al Gobierno que abra una negociación con Rabat para que pueda disponer de una aduana comercial. Sólo así será económicamente viable. El Ejecutivo ni siquiera ha sondeado a Rabat sobre su predisposición a dialogar sobre este tema”, refería Ignacio Cembrero en ‘El País’, en 2007, en un documentado y objetivo artículo a cerca de la realidad presente y futura de Ceuta y Melilla. Nada se ha hecho desde entonces.
Resulta incongruente que Melilla tenga su aduana y Ceuta no. Sencillamente porque, cuando se firmó la independencia, Marruecos así lo quiso, carente de otros puertos, por entonces, para dar salida a su producción minera del Rif. Con Ceuta nadie se preocupó del asunto, como el de la radicación de un consulado marroquí en la ciudad en vez de Algeciras. Era el momento. España tenía la sartén por el mango.
No es sólo la aduana comercial. Se están perdiendo también fondos europeos de cooperación fronteriza por la obstinada cerrazón marroquí ante posibles proyectos conjuntos en materia de transportes, cobertura de servicios esenciales, servicios públicos, medio ambiente, comercio, turismo, desarrollo económico, aprovisionamiento de productos básicos... No es posible. Eso sí, Marruecos sigue enviándonos porteadores, mano de obra que difícilmente encontraría trabajo en la zona, menores, demanda sanitaria, parturientas. Todo a cambio de nada, rechazando lo podría ser una beneficiosa realidad para las dos partes.
Como bien decía Cembrero, es hora de “aprovechar la ocasión de hacer un planteamiento global hacia Rabat, sobre la inserción ‘positiva’ de ambas ciudades en su entorno, tratando, de paso, de sacar el máximo partido de la nueva política de vecindad que pone en marcha la Unión Europea. Puede lograrse sin renunciar a la soberanía española y sin que Rabat desista de reivindicarlas”.
El primer paso, la aduana comercial.

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