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Los desaparecidos

Han pasado 6 días desde los acontecimientos vividos en la frontera. Ceuta es la noticia que ha viajado a la velocidad de la luz recorriendo los lugares más remotos del planeta: los que entraron, los que salieron, los que se quedaron, los menores no acompañados, la capacidad del CETI, las estadísticas, la partida del gobierno de 25 millones de euros para atender las urgencias de menores migrantes no acimpañados.

Unas cifras entierran a otras; los números no saben, son cantidades, tantos por ciento, comparaciones para entender lo sucedido en otras ocasiones respecto a esta.

La ONG Caminando Fronteras eleva a 141 la suma de muertos en el Tarajal.

78 han sido reconocidas oficialmente por el Gobierno español, las otras 63 corresponden a cadáveres recuperados en aguas marroquíes.

Aun provisional, la cifra de muertes Se suman a las 1.317 víctimas que perdieron la vida en las rutas de acceso a España en los primeros cinco meses de este año.

Los cuerpos recuperados encuentran en el antiguo hospital militar de Ceuta, convertida en una morgue provisional.

El Faro de Ceuta denuncia que hay cuerpos que permanecen flotando en alta mar. Llegarán a nuestras costas como despojos, bultos de carne podrida y carcomida, como anónimos seres que habrán dejado sus historias, su familia y sus amigos. La frialdad de la morgue, la tierra, el mar y el anonimato los habrá enterrado cuatro veces hasta convertirlos en la nada más absoluta.

Las lágrimas al otro lado de la frontera, la angustia de una llamada que no llega, un mensaje que no se recibe, una voz de alguien que comunique que han llegado, que se encuentran en un hospital, atendidos por alguien, en una cola, escondidos en cualquier sitio.

Es el grito del silencio, el tiempo detenido, los ojos derramados, el mordisco del dolor inconmensurable.

Cuántas veces preguntarán a las autoridades, a las ONGS, a los servicios de salvamento, a los que marcharon con ellos. Solo queda la esperanza de encontrarlos en un depósito de cadáveres, reconocer un rostro desfigurado, la ropa a jirones, el tatuaje del brazo, la cicatriz que se hizo en la escuela.

Se cerrará de nuevo la bolsa mortuoria y la cremallera se escuchará para toda la vida, como se oye el mar encerrado en una caracola. Es posible que en esas olas imaginarias vuelvan a hablar con ellos.

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