Sian Rian es afgano y lleva ya cuatro meses acogido en el centro de estancia temporal de inmigrantes. Los trabajadores sociales todavía recuerdan el día en que llegó, con su traje, bien peinado, arreglado... nada que ver con el resto de sin papeles que llegan desde la Jefatura Superior de Policía tras haber alcanzado Ceuta. Sian vestía el mismo traje que guardó celosamente en la única bolsa que le acompañó en un viaje tormentoso que le llevó desde Estambul a la ciudad autónoma. Le metieron en un barco, le vendaron los ojos y emprendió un periplo desconocido. “No sabía a dónde iba, mi sueño era llegar a Europa”, relata. Durante nueve o diez días estuvo allí encerrado, sin ver el rostro de las personas que le hablaban, en un cuarto de reducidas dimensiones. Así hasta que un día le dijeron ‘levántate’. Escuchó el ruido de una moto de agua, le dieron ropa deportiva, accedieron a quitarle la venda y le trasladaron en ese vehículo hasta la playa. Allí le soltaron.
Sian anduvo, recorrió calles, hizo señas a vehículos que le parecía eran de la Policía, pero éstos no paraban. Recorrió calles y calles sin saber realmente dónde estaba, si le habrían engañado, en qué país le habían abandonado. Malhumorado, sintiéndose a la vez asustado vio una bandera de España y entonces supo que su escapada había terminado.
Ahora descansa tranquilo. Atrás quedó un viaje en barco que prefiere olvidar, una estancia previa en un piso en el que, con inmigrantes de otras nacionalidades, esperaba el momento de partir, una vida marcada por demasiadas dificultades como para poder ejercer una vida normalizada. Extranjería está estudiando la solicitud de asilo que tramitó nada más llegar. Mientras se conoce esa resolución, Sian espera en el CETI dando vida al arte que aprendió e intentando enseñar a otros inmigrantes conocimientos básicos de costura. Y es que nada más que la dirección del centro supo de la calidad de este sastre, quiso aprovechar su estancia para que, durante el tiempo que permanezca en Ceuta, pueda seguir disfrutando con su trabajo y, además, enseñar nociones básicas a los demás internos.
El CETI le proporcionó una plancha, una máquina de coser, telas, hilos de varios colores... en definitiva, los instrumentos básicos que Sian ha sabido aprovechar a la perfección, convirtiendo una de las salas del centro de estancia temporal en su pequeño taller de costura.
Sian, aunque nació en Afganistán, marchó de muy pequeño a Irán, junto a sus padres y un hermano. Fue allí, con doce años, cuando empezó a formarse en el oficio de sastre. “Tardé un año y medio en aprender a planchar bien; más tarde a coser botones, a cortar...”, recuerda. Así hasta cuatro años fue los que invirtió en formarse como un sastre de altura. Tuvo un profesor al que tenía que pagar 50 céntimos para aprender. Con él estuvo un mes, luego trabajó en distintos lugares siempre escapando de la Policía porque no tenía papeles. “La gente para la que trabajaba me ayudaba a esconderme... si venía la Policía me ocultaban en el baño... o en cualquier sitio”, recuerda sonriente.
La muerte de su padre, primero, la marcha de su único hermano a Turquía, y, finalmente, el fallecimiento de su madre, hicieron que Sian quedara solo. Allí empezó su periplo como inmigrante. Cruzó la frontera de Turquía, allí le detuvieron y expulsaron al Kurdistán iraquí. Echó mano de distintos oficios para sobrevivir, eso sí, siempre siguiendo al pie de la letra la máxima de su madre: “Ella me recomendaba que trabajara de forma honesta, siempre”, indica, emocionándose al recordar la figura de su progenitora. Durante varios años la vida de Sian estuvo marcada por las detenciones y expulsiones, así hasta que contactó en Izmir (Turquía) con quienes le iban a posibilitar su escapada a Europa. Un periplo en el que invirtió buena parte del dinero que había ganado trabajando. Cerca de 800 euros gastó entre los días que estuvo escondido en una casa, comiendo solo pan, queso y agua del grifo, y el periodo en el que, con los ojos vendados, oculto en un barco, no sabía dónde iba a ser abandonado.
Su historia le ha hecho recalar en Ceuta. Su sueño: ganarse la vida con su oficio, el de sastre.
Su sueño europeo tras una vida de calamidades
La dirección del CETI enseguida se dio cuenta de que Sian era una persona especial. Por ello, en base a esa atención que quieren prestar a los inmigrantes para intentar que el tiempo que pasan en Ceuta estén formados y ayuden al resto, se le facilitó el material necesario para que pudiera mostrar con libertad sus capacidades. Y bien que lo ha hecho: conocer el taller que tiene Sian en el CETI es un lujo y ver la destreza con la que mete los dobladillos de unos vaqueros o idea un chaleco o confecciona sus propios bolsos sirve para reconocer su arte. Sian sueña con ganarse la vida como sastre en Europa. Tranquilo, espera su oportunidad. Mientras trabaja porque su filosofía basada en la paz y en el respeto al medio ambiente cale en otros residentes a los que anima a seguirles.






