Opinión

El Patrón

El Patrón de los periodistas pasó sin pena ni gloria. Afortunadamente ya no se publican aquellos anuncios oficiales de felicitación que parecían llevar impreso el respeto a esta profesión. Para publicitar una mentira, mejor no hacerlo. Fijo que alguien con cabeza pensó esto y la Ciudad dejó de enviar aquel mensaje. Créanme, ayuda no leerlo. El calendario marcaba ayer en rojo que era nuestro día, porque dicen que San Francisco de Sales es patrón de escritores y periodistas. Pero es tanto lo que se ha perdido en esta profesión que cuesta creer que todavía haya un santo capaz de ‘acoplarse’ a la misma para darnos su bendición en unos momentos de agonía sin igual contra la que nada hacemos por pararlo.

La locura del ‘pinchazo’ en redes (triunfa el tener miles de seguidores no el contenido de lo que estás difundiendo), la búsqueda de la rapidez imposible (¿saben que contrastar algo lleva su tiempo?), la obsesión no por dar la mejor de las informaciones sino la que enganche en un titular aunque éste sea falso, se ha convertido en el día a día del periodismo. ¿Dónde quedó la función social del periodista?, ¿en qué momento se perdió el oficio en la calle para convertir a profesionales en meros transcriptores de estadísticas o notas de prensa?, ¿cuándo nos olvidamos de nuestra obligación de no creernos nada hasta que lo comprobemos a sabiendas de que todo buen gabinete de prensa intentará engañarnos para que se publique solo su versión como la real?

La profesión ha ido perdiendo fuerza atrapada en una suerte de locura que a nada bueno nos lleva. A esto se añade la falta de respeto continuada que se tiene hacia quienes vivimos de esto cuando siendo los transmisores de lo que está ocurriendo nos relegan no solo a las peores condiciones de trabajo sino que, encima, intentan condicionarnos hasta el enfoque que hay que dar a las noticias. Debe ser que la clase política nació ya sabiendo algo de este oficio hasta el punto de darnos lecciones a los que llevamos años intentando aprender de qué va esta profesión.

No es momento de celebrar nada, de enorgullecerse de un periodo en el que muchos deberíamos sentirnos avergonzados simplemente por permitir que las malas artes triunfen, que la deriva a la que se nos está conduciendo no encuentre freno, que seamos incapaces de poner tope a los que reinventan nuestra profesión moldeándola a base de intereses ajenos a nuestro único fin: informar.

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