{jaimage crop="TC" /}El acuartelamiento ‘González Tablas’ acoge los actos en honor de la Patrona del Arma de Infantería, un escenario y una fecha ideal para recordar algunas claves históricas que explican el honor merecido hacia la Virgen
Existe una semblanza a la Inmaculada Concepción de María, Patrona del Arma de Infantería, del servicio de Estado Mayor, de los cuerpo Jurídico y Eclesiástico, de Farmacia, Veterinaria y oficinas Militares, un retrato manuscrito que navega, cada ocho de diciembre, por la mente de todos y cada uno de los que, como ayer en el acuartelamiento ‘González Tablas’, rinden homenaje a su Virgen.
La semblanza cuenta la historia, por boca de un soldado de los tercios de Flandes, llamado Álvaro de Mejía, de lo acontecido junto al río Mosa en la isla de Bommel, realizando obras de fortificación. Agotados por los días de asedio y viendo que el suelo no dejaba profundizar, decidieron parar a descansar. Junto a ellos había una loma que parecía no estar afectada por el frío, por lo que se trasladaron a ella para realizar las trincheras, comprobando que el suele cedía fácilmente. Cuando de pronto un golpe de zapapico resonó con un sonido duro que emanó de la tierra, y al descubrir lo que creía sería una gran piedra de pedernal sus manos hallaron unas tablas de madera policromadas con la imagen de la Virgen.
Era la madrugada del ocho de diciembre de 1585 y antes de que despuntara el sol, el maestre Bobadilla levantó a sus huestes para decirles que la Virgen de la Inmaculada les había preparado el campo de batallas, apareciendo el mar y el río completamente helados, que les permitió acercarse a las naves enemigas mientras su tripulaciones dormían para alcanzar una completa victoria al amenecer de ese mismo día: el milagro por la intercesión de la Virgen se había consumado.
En el rictus, concentrado y a la vez emotivo, de cada uno de los militares congregados ayer en los actos en honor de la Inmaculada Concepción, parecía, en efecto, sobrevenir la semblanza anteriormente reseñada, algo que habla mucho y bien de la tradición y del respeto por el pasado de las dos unidades de Infantería que la Comandancia General de Ceuta tiene en la plaza, el Grupo de Regulares ‘Ceuta’ 54, denominado con las siglas GREG 54 y el Tercio ‘Duque de Alba’ 2º de La Legión, el TERLEG 2.
Por tal motivo, en el Patio de Armas tuvo lugar una parada militar en la que participaron las diferentes unidades que componen el GREG 54 y el TERLEG 2, que en concreto son, respectivamente, el mando y PLMM del GRC–54; la escuadra de Gastadores del Tabor Tetúan I/54; la nuba del GRC–54; y tres compañías del Tabor Tetuán, por parte de Regulares mientras que por parte de La Legión son escuadra de Gastadores de la IV Bandera; banda de guerra del TERLEG–2; mando y PLM de la IV Bandera y tres compañías de la IV Bandera.
Entre el claroscuro que se tendía en el patio, motivado por el sol que iluminaba una parte y el tejado generoso que ensombrecía el lado restante, se podía advertir la presencia de las más elevadas autoridades civiles de la Ciudad y de la Comandancia General, personalidades que fueron siguiendo y/o participando en cada una de la secuencia programada para el desarrollo de los actos, dividida en escuadra; compañía; batallón y llamada; incorporación y honores a los guiones; incorporación de la bandera nacional a formación; honores y revista por el comandante general Ramón Martín–Ambrosio Merino; imposición de condecoraciones; alocución del coronel jefe del GERG 54, José Faura Salvador; acto de homenaje a los que dieron su vida por España; himno de Infantería; dislocación de unidades; desfile; despedida de bandera; y despedida de mando hasta nivel sección.
Como suele suceder en tales actos, el corsé del programa no imposibilitó que se vivieran algunos instantes espontáneos, cargados de simbolismo, como, por ejemplo, los aplausos que provocó la irrupción en el Patio de Armas de la mítica cabra de la legión; o la sentida entonación del himno de Infantería a cuyo cántico se unieron hasta civiles que se encontraban en el palco.
Precisamente en el palco de autoridades, seguían con atención el acto Premi Mirchandani, Guillermo Martínez, Yolanda Bel o el presidente Vivas, situado como procede en un palco preferencial. Cada uno desde su tribuna escucharon cómo el coronel jefe Faura, cerca del final de su alocución, se acordaba de desear “la mejor de las suertes para los componentes de la Operación Libre Hidalgo porque capacidades le sobran, empezando por su jefe y terminando por el último legionario y soldado que componen el contingente”.
“Además”, prosiguió el coronel jefe, “nos consta la ilusión, determinación e interés por estar presente en aquellas tierras en nombre de España y demostrar el saber hacer de nuestro Ejército de Tierra y de los que estamos en la Comandancia así como llevar el nombre de Ceuta y su españolidad a la otra punta del Mediterráneo”.
Fue en este momento en el que, otra vez y ya cerca del final, en el semblante de los militares congregados, especialmente de los más veteranos, volvió a pintarse lo acaecido en aquel siglo XVI en la isla de Bommel, un milagro de la Inmaculada enaltecido cada ocho de diciembre.
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