En este mundo hubo un momento en el que algo debió fallarnos en la memoria colectiva. La línea que nunca debíamos cruzar se convirtió en invisible y ya, como pavos sin cabeza, empezamos a dar caminatas alocadas sin saber bien lo que pretendemos. Y así, en esta sociedad de locos, surgen individuos capaces de burlar las mínimas normas de la convivencia y creyéndose los auténticos reyes del mambo (no el que salió en Telecinco) se rodean de cuatro matones que, a modo de guardaespaldas analfabetos, van por la vida de protectores de su jefe. El individuo en cuestión, que deberá sentirse amenazado por sus propios fantasmas o por su conciencia nada tranquila, rescata a los cuatro elementos de la chusma barata, que la hay donde uno la busca, y los convierte en sus matones particulares, paseándolos de esta guisa por la ciudad.
Con este panorama nos encontramos, el protagonizado por un... ¿empresario? que, de la noche a la mañana, decide salir a la calle con sus fichajes a los que encarga eso de ir dando advertencias no sé si con la idea de amedrentar al personal o con la de sentirse el amo del calabozo.
Yo pensaba que estos tiempos habían pasado. De verdad pensaba que esa época de buscar a los protectores de entre determinados huecos se había olvidado en esta ciudad, cerrándose el capítulo de tropelías con determinadas decisiones que mi apreciado Pepe Torrado podría explicar algún día. No por nada, simplemente porque, como sabio que es, fijo que conocerá todos los entresijos de esta ciudad. Mis pensamientos fallaban, toda vez que aún aparecen en el peculiar panorama de república bananera con el que hay días que nos despertamos esos personajes que se echan en los brazos del matoncito, que viene a recordarte los tiempos del Piano-bar y compañía.
Nos hemos debido volver locos, perdiendo la brújula que nos debería guiar por el camino de la, cuando menos, normalidad. ¿Por qué seguirá habiendo en este mundo gente tan torpe para meter la pata de esta manera? Ojo con los matoncitos, mucho ojo.





