LLos dramáticos desarrollos de los últimos días en Egipto amenazan con conducir al país hacia una guerra civil. Los más agoreros evocan una reproducción del "esquema argelino" de los años noventa del pasado siglo, cuando la institución castrense anuló los resultados de los comicios en los que se había impuesto el Frente Islámico de Salvación. En la casuística egipcia uno de los bandos estaría encabezado por el ejército liderado por el nuevo hombre fuerte, el general Abdel Fattah Al Sissi, apoyado por partidos y organizaciones laicas. En el otro bando se situarían las huestes islamistas, radicalizadas y secundadas, cada vez más, por extremistas llegados de todo el planeta. Lejos de languidecer tras la feroz represión a la que se han visto sometidos, los Hermanos Musulmanes están más decididos que nunca a proseguir sus protestas, llamando a nuevas manifestaciones, explotando hasta el extremo su más reciente calidad de "mártires", de víctimas de los excesos del poder militar. El estado árabe de referencia y más poblado se presenta como el más reciente campo de batalla de la yihad global. Un escenario no exento de gravísimos riesgos, a sumar a los existentes en una región ya de por sí harto convulsa.
Reprimiendo sin concesiones las movilizaciones de los partisanos del depuesto presidente, Mohamed Morsi, el ejército no ha hecho sino retomar el enfoque privilegiado al encuentro de los Hermanos Musulmanes durante la más historia reciente del país, bajo los mandatos de Gamal Abdel Nasser, Anouar El Sadate y Hosni Moubarak. El general Abdel Fattah Al Sissi ha decidido doblegar a la hermandad islámica cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Al igual que en épocas precedentes se invoca la amenaza terrorista y los lazos que la organización mantiene con grupos extremistas armados. El ejército es ante todo un actor político que se enfrenta desde hace décadas a la cofradía islámica, una organización que se opone a la hegemonía militar. Además, permitir a la hermandad continuar con las movilizaciones habría hecho perder la paciencia de los millones de egipcios que se han pronunciado contra el poder islamista, legitimando el derrocamiento de Morsi. Y si algo no puede permitirse el ejército es, precisamente, perder este capital de confianza otorgado por una amplia franja de población. El recurso a la fuerza es incluso defendido por ciertos sectores del Movimiento 6 de abril, punta de lanza de la revolución de 2011, o incluso por el movimiento Tamarrod ('rebelión'), principales opositores al islamismo y en el origen de las inmensas manifestaciones del pasado julio.
Estos factores explican el fracaso de la mediación internacional para hallar una solución política a la crisis. Las imágenes de violencia vehiculadas por los medios de comunicación de masas y las redes sociales han hecho reaccionar a las cancillerías occidentales que, tímidamente, han condenado la deriva del ejército, presionadas por sus respectivas opiniones públicas y envueltas en una ambigua e hipócrita bandera de los derechos humanos. Occidente, con Estados Unidos al frente, había soñado un Egipto gobernado por unos Hermanos Musulmanes súbitamente reconvertidos a la democracia y respetuosos de los tratados internacionales. Se había obviado que el fin último de la hermandad era la toma, total y absoluta, del poder, que los eventuales compromisos no eran sino etapas a franquear, reflejo de un determinado estado de fuerzas en un momento dado. Occidente había pasado por alto la inexperiencia y falta de preparación de las elites barbudas para la gestión de un estado moderno del que depende la realidad de millones de ciudadanos. Se había minimizado el impacto de la promulgación de una Carta Magna a todas luces reaccionaria y excluyente. Se había pasado por alto el riesgo sectarismo y división, el comunitarismo de la hermandad... El ejército ha tomado las riendas del país en virtud de la movilización de millones de egipcios que privaron a Morsi de la legitimidad de las urnas, reprochándole haber conducido al país hacia el abismo.
Reacción internacional
La comunidad internacional ha temperado su reacción en exceso. Estados Unidos titubea de puertas para afuera, si bien no hará nada que pueda contrariar a Tel Aviv, que prefiere ver en el poder a una cúpula militar con la que siempre ha estado en buenos términos. Washington ha condenado un baño de sangre "lamentable" y ha anulado una serie de maniobras castrense conjuntas previstas, pero no ha ni tan siquiera amenazado con afectar a la ayuda militar al ejército egipcio, que asciende a la bagatela de 1,3 mil millones de dólares anuales. En Europa los embajadores egipcios han sido convocados por los diferentes gobiernos. Tras la reunión mantenida por sus principales responsables para fijar una posición común, la UE, al igual que ocurre con Siria, parece que no sabe de qué lado posicionarse, o de qué contentarse [Una reunión a la que, por cierto, España no fue invitada, quedando una vez más en evidencia que, más allá de mitos sudamericanos y declaraciones grandilocuentes, Madrid pinta poco en la escena política internacional, incluso dentro del club comunitario]. Todo parece indicar que los dirigentes europeos se decantarán, discretamente eso sí, por el ejército, laico y sostenido por amplios sectores de la población, antes que por la difusa nebulosa islamista.
El mundo árabe se ha posicionado de lado de los generales. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos apoyan financieramente a Egipto desde la deposición del presidente islamista. Catar, gran mecenas y - Al Jazeera mediante - responsable de comunicación de los Hermanos Musulmanes, es el gran perdedor. Destaca la posición de Turquía, que durante los últimos años se ha erigido en un potencia diplomática regional ha arremetido contra el golpe de estado militar desde el principio, condenando al ejército y el laxismo occidental, y reclamando una reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para abordar la cuestión con urgencia. Pero los mensajes de condena de la comunidad internacional apenas sí tienen efectos en el frente interno. El baño de sangre no ha hecho decrecer el apoyo del pueblo por su ejército, considerado la columna vertebral del país. Sin ir más lejos el pasado 15 de agosto Tamarrod llamó a los egipcios a formar "comités populares" para defender al país de los Hermanos Musulmanes, identificados con un grupo terrorista. En este clima cualquier discurso discordante, incluso promoviendo el final de la violencia, es considerado sospechoso, so pena de ser tachado de "traidor" o "poco patriota". Un clima de preguerra civil.
La selección española ha logrado una contundente victoria por 3-0 ante Austria en el Los…
Si bien una tendencia muy común en la actualidad es la colocación de la lavadora…
España y Marruecos consolidan su alianza de seguridad en un encuentro de alto nivel en…
El arte vuelve a inundar las salas del Museo del Revellín con la exposición ‘Les…
La presencia del buque de transporte logístico El Camino Español (A-07) en el puerto de…
Un año más, el Festival Sete Sóis Sete Luas hará disfrutar a los vecinos de…