Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer
Alfonso V, Rey de Aragón
A menudo sucede con las fechas que algunas de ellas tienen una significación propia y distinta para cada uno de nosotros. Y el 2 de abril no es una excepción a esa regla. Quizás para algunos argentinos supondrá recordar que ese mismo día del año 1982 dio comienzo la indecente (si es que alguna guerra no lo es) pugna por las Malvinas, mientras que para otras personas , de ánimo más piadoso y memoria más reciente, les traerá al recuerdo la muerte del Papa Juan Pablo II, tal día como ese, del año 2006. Para algún otro, llamado Francisco, quizás señale la onomástica de su patronímico, si es que rinde culto a San Francisco de Paula, mientras que yo, particularmente, prefiero reverenciar esa fecha por la publicación de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca, que se produjo en el año 1940.
Pero peculiaridades aparte, lo que se viene celebrando unánimemente todos los 2 de abril de cada año, desde 1967, es el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, fecha reservada por Naciones Unidas para promover el gusto por la lectura entre los más jóvenes. Como ya la mayoría de lectores sabrán, con esa fecha también se trata de rendir homenaje al escritor danés Hans Christian Andersen, que nació el 2 de abril de 1805. La vida de este conocido autor es en sí misma una llamada de atención sobre la importancia del hábito de la lectura y un ejemplo de determinación y vitalidad. Su familia era muy pobre, tanto que en ocasiones vivió en la más cruda indigencia. Por si eso fuera poco, cuando tenía 11 años su padre murió, por lo que tuvo que dejar la escuela, a pesar de lo cual, sentía el ímpetu de leer cualquier libro que cayese en sus manos, devorando con fruición incluso las obras de Shakespeare. Su formación fue en mayor medida autodidacta, y fue gracias a ese tesón lo que le impulsó a lanzarse a escribir poesía y más tarde artículos sobre viajes (“viajar es vivir”, decía), logrando así satisfacer su gran pasión: viajar, aprender y conocer a otros escritores famosos como Charles Dickens. Escribió también teatro, ópera y novelas, viajó por toda Europa y fue adquiriendo fama tras la publicación de sus cuentos de hadas. Escribió alrededor de 168, de los que los más famosos son El traje nuevo del emperador, La sirenita, El patito feo, Las zapatillas rojas, El soldadito de plomo y La pequeña cerillera, este último dedicado a su madre, quien, a pesar de su pobreza, había alentado la imaginación y las aspiraciones del pequeño Hans, todo un ejemplo a seguir para los padres y madres de hoy día.
Para la Biblioteca Pública del Estado, lo que supone esta fecha tan señalada, es tener un motivo y una oportunidad más para trabajar con los niños, animándolos a leer, a conocer los autores clásicos y los modernos, o a disfrutar de las prodigiosas ilustraciones de los cómics y tratar, de ese modo, de que ellos sean capaces de descifrar la magia que encierran los libros, y puedan así emprender el desafío y la aventura que comprende el hábito de leer.
Los niños son imaginativos por naturaleza, y esa imaginación se ha de estimular y alimentar continuamente; para eso nada mejor que las palabras. Es de todos sabido que leer además de fomentar el desarrollo del lenguaje, incrementa la capacidad de concentración, ejercita la imaginación creativa, mejora la ortografía y lo más importante, ayuda a tener una visión más exacta y completa de la realidad que nos rodea. Cuando a edades tan tempranas un niño se sumerge en los relatos, cualesquiera que sean, comienza a descubrir nuevos e imperecederos universos, que lo van a empujar, irremediablemente, a embarcarse en un viaje en busca del conocimiento. Eso, a mi juicio, le va a proporcionar al mismo tiempo dos inestimables herramientas: por un lado, le va avivar la chispa de su creatividad; y por otro, va a favorecer en él, el desarrollo de un mecanismo propio de pensamiento crítico, lo que no es una cualidad baladí en estos tiempos que corren y en nos vemos constantemente acuciados por la inmediatez y la cantidad inmensa y diversa de información (o desinformación, según se mire) que nos rebasa por todos lados.
Seguramente, la mayoría de centros escolares y bibliotecas, andan estos días de cabeza ideando y proponiendo actividades ( cuenta-cuentos, manualidades, gymkhanas, lecturas colectivas, etcétera), y que bajo el auspicio del Día Internacional del Libro Infantil logren siquiera que los niños se asomen a los libros, tratando una vez más de despertar su apetito lector y procurando conseguir, al mismo tiempo, que las familias se impliquen en fomentar la pasión por los libros. Qué duda cabe de que la familia aquí juega un papel primordial, como en casi todas las vicisitudes de la vida. Si rodeamos al niño con libros, si en su casa hay espacio para una biblioteca familiar y nos ven a los mayores con libros entre las manos, eso hará mucho más por impulsar su hábito lector que cientos de campañas de animación a la lectura, de eso no me cabe la menor duda. Y es que el mejor método para transmitir el virus de la lectura sigue siendo por contagio.





