Antonio ya no vive en la Plaza de los Reyes acompañando a los transeúntes en la cotidianeidad del choque de fortunas. Una llamada le llevó a ser ingresado en el hospital y ahora vive en Nazaret “muy contento”
En su mesita de noche estos días reposa el bestseller que narra la desgarradora historia de los jugadores de rugby uruguayos que lograron sobrevivir tras un accidente en Los Andes hace casi 40 años. Él, como los 16 que consiguieron regresar con vida a la civilización, es un superviviente. Ellos vencieron a la muerte en Los Andes y él en la Plaza de los Reyes cuando alguien llamó a los servicios de Emergencia al verle en el suelo medio muerto. Casi no se acuerda de nada de aquel día. Pasó dos semanas en el hospital. Nunca pedía ayuda. Ni comida, ni cobijo, ni abrigo, ni conversación. Pasó más de un año viviendo en la calle “por cosas del destino”. Nunca imaginó estar en esa situación. Ahora lo recuerda sentado en una silla dando tiempo a las heridas de sus piernas para cicatrizar y pensando en el mañana “porque no sirve de nada mirar hacia atrás, al fin y al cabo”.
Y si se asoma a su pasado, sonríe al recordar el número 5 de la Rampa de Abastos, donde vivió con sus padres hasta que tiraron aquellas casas “que eran como un pueblo dentro de la ciudad, tranquilo y muy agradable”, recuerda. Hijo único, de padre trabajador en el Puerto y madre ama de casa que guisaba buenos pucheros y se enfadaba si él se entretenía jugando en la playa con sus amigos, Antonio Melgar nunca se imaginó que podría pasar un año entero viviendo a la intemperie. Le hubiese gustado estudiar Derecho “pero no había posibles y tras hacer la mili me embarqué un par de veces y conocí Málaga y Melilla y luego ya trabajaba de manera eventual en el Puerto igual que mi padre consiguiendo algún dinerillo”. Por aquel entonces se emancipó, pero al fallecer su madre de manera repentina, se hizo cargo del padre y poco después fue cuando tiraron las casas de Maestranza y se fueron a vivir los dos a Juan Carlos I. Luego falleció su padre. “Él siempre me decía que tenía que encontrar una mujer y casarme...claro que me hubiese gustado tener mi propia familia, pero la vida viene así y no surgió”, explica. Y se encontró solo, en aquella casa que no sentía como un hogar. “No podía estar en mi casa, no me sentía seguro, había mala gente”. Y buscó la seguridad de la calle. Un día salió y no volvió a la barriada. Recorría las calles del centro, donde se sentía más seguro porque había más gente y policía. A las puertas de Delegación, en un cajero, en la Plaza de las Reyes... escuchando la radio, leyendo el periódico, pasando las horas... la vida. “Vivir allí es duro. Me dieron muchos palos, me robaban, me patearon la pierna que tengo mala y lo peor era que siempre tenía que estar alerta, no me podía quedar dormido porque los maleantes aprovechaban para hacerme algo”.
Y a la gente le daba igual. Ver a alguien sufrir molesta. Así que lo mejor es no mirar. Algunos le acusaban de hacerse encima sus necesidades y les oía. Él siempre aguardaba a que no hubiera gente para poder orinar o lavarse “como los gatos”. Y sentía que se reían de él. “Sobre todo la juventud”. Pero había personas “las que menos”, que se acercaban, hablaban con él y ya le han ido a visitar a su nuevo hogar en la Residencia de Nazaret, donde espera recuperarse para poder caminar, dar paseos, acercarse al centro y regresar allí a dormir. “Estoy muy bien, gracias a Dios. ¿Tu eres creyente?”, pregunta. Él lo es. No quiere nada más que seguir viviendo. Tranquilo. Sin enemigos. Enfrascado en la lectura que tanto le ha gustado desde siempre. Charlando con sus compañeros, con el personal de la residencia y con los que acuden a visitarle. Platón decía que los espíritus vulgares no tienen destino. El de Antonio es claro: mirar hacia adelante.






