Aburrido, mucho. El pleno sobre el estado de la Ciudad no cala en la ciudadanía, le falta chispa, le falta cercanía. Se ha convertido en un instrumento que, se supone, sirve para fiscalizar la acción del Gobierno, valorar cómo lo ha hecho, pero al final termina siendo un escaparate en el que se repiten las mismas ideas y está marcado por la falta de contenido. Escuchar las intervenciones de unos y de otros no ayuda a que el debate sea fresco o supere la barrera del reproche. ¿Sacamos algo en positivo de todo esto?, ¿de una u otra bancada nos han dado a conocer propuestas sustentadas en algo más que un mero oportunismo político o una mera crítica porque sí?
Tras el debate los distintos protagonistas deberían pensar si todo lo que han dicho ha llegado al ciudadano, que es a quien se deben. Pero desgraciadamente ese ciudadano está en otros menesteres. Su temor no se basa en si la reforma del Estatuto representa si somos más o menos españoles; tampoco en si el Gobierno ha sido más o menos malo porque el albergue de Hadú lo destina a los MENA; mucho menos en si entre todos estamos haciendo algo por la convivencia... El ciudadano tiene que escuchar un mensaje basado en la esperanza, ni tiene cuerpo para pensar en lo que ha hecho Vivas en 10 años o ha dejado de hacer, ni en las apuestas que hace la oposición por erigirse en una alternativa. Sencillamente no le interesa porque eso no le da de comer, y los meses se cierran con milagros y esperando que el siguiente sigan entregándote la nómina y no la carta de despido.
¿Ha sabido la clase política llegar al ciudadano?, ¿ha conseguido que el debate sobre el estado de la Ciudad tenga el peso que debiera, calando como debe entre las personas que tienen ante sí unos supuestos líderes de peso? La respuesta es no, porque seguimos asistiendo a luchas particulares, a partidos que en plena crisis siguen jugando a los castillitos en vez de dejar los rencores e intereses a un lado buscando la consecución de acuerdos para que en Ceuta la situación económica tenga otra etiqueta.
Quizá es que espere demasiado de unos partidos que parece que practican los personalismos en vez de dejar a un lado la arrogancia que rodea más el interés de las propias siglas que el bien común. La situación está muy jodida, mucho, para que perdamos toda una mañana en ver lo bonito que luce el palmito de uno y otro.
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