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En una ciudad sin límites

José María Figaredo, diputado de Vox, declaró respecto a la crisis migratoria: “Hay que cazarlos a todos, uno a uno”. Y en esta ciudad sin límites ya todo vale cuando el horror, la incertidumbre, el hambre y la mentira campan por sus anchas.

Discursos de odio fanatizados por la violencia, cifras de personas a ojo de buen cubero, datos cambiados, acusaciones de unos contra otros y la ira, los justicieros: la desesperación de un pueblo.

Si el miedo nos conquista, si cualquier defensa es sospechosa, si todo se arregla con un “llévatelo a tu casa”, “Pedro Sánchez, hijo de puta” o amenazas en redes sociales al delegado del Gobierno, Ceuta no resistirá y nos convertiremos en enemigos de todos contra todos.

Hay muchos menores escondidos en los montes, en el cementerio, en la barriada del Príncipe. Agazapados en el tumulto pasan desapercibidos, ignorados en una masa que no distingue la fragilidad de las personas, disimulando ante la policía por las consecuencias de ser descubiertos

Pueden ser carne de cañón, pueden convertirse en esclavos de mafias organizadas, pueden ser retenidos con falsas promesas, pueden ser dirigidos a delinquir, pueden ser manipulados por manos corrompidas que esperan la carnaza.

De las mujeres, de las parias, de las que no tienen fuerza para defenderse, de las que huyen despavoridas de una jungla llena de fieras potenciales. Ya ha habido denuncia de una violación ¿Cuántas denunciarán? ¿ Algún proxeneta se estará frotando las manos? ¿Pueden ser prostituídas en el silencio infame de no poder ir a la policía para no ser expulsadas? ¿ Dónde se encuentran? ¿Quién las busca? No las he visto en avalanchas, ni amenazando con palos, ni pidiendo comida, ni fumando, bebiendo o cantando el triunfo de haber pasado la frontera.

¿Cuántas mujeres siguen en Ceuta? ¿No hay ninguna manera de saberlo aunque sea una cifra aproximada? ¿No pueden cruzar datos la policía española y marroquí? Ellas no no son niños, no son hombres arremolinados en cualquier sitio, no gritan por las calles, no las vemos porque prefieren desaparecer aunque paguen con su cuerpo, con su dignidad, para comprar la promesa de la libertad a cualquier postor.

Veo desorden, veo una Ceuta sin límites, caótica, sembrada de basura y con el hedor insoportable de orina y excrementos.

Están los ceutíes solidarios: los que cargan móviles, los que ayudan a comunicarse con las familias, los que, los que, los que....

Ceuta parece una ciudad en guerra sin guerra, sin hambre y con hambre, convertida en en los infiernos de Dante, repleta de ángeles y demonios que se agolpan a las puertas del Carrefour estando dispuestos a todo.

Pero no las veo a ellas. ¿Alguien las ha visto? ¿Valen menos que la bala que las mata?

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