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El mito de Ceuta Mago

Volvería al lugar donde nacen los comienzos, aunque solo fuera para saludar la luz de aquel día. A esas horas, un sol imponente anuncia su forma, mientras una voz limpia recorre las arterias de la razón. Al tanto, los ojos de la conciencia se abren en un efímero despertar:

“Algún día, el sol de las mañanas dejará paso al sol de la creación y de la ventura, y ya nada será igual bajo el criterio de su voz y de su luz”.

Tras estos momentos irrepetibles, de íntima conexión, solo cabía devolver la mirada al camino, y encomendarse al misterio de la existencia. Las labores de oficina, algunas rampas más abajo, no se hacen esperar.

Estas escenas ocurrían de espaldas a un mundo ensordecedor, distraído por el bullicio de las redes, y que hacía del conocimiento mágico una falsa deidad.

Entonces, un día, el destino enseñó sus cartas, y en la hora de la salutación, allá por el balcón del faro, coincidí con un anciano enjuto, vestido de trapos gastados, y eso sí, algo barbón.

De sus mullidos bigotes salió una oración: “Está escrito que los caminos de la razón tienden a encontrarse en el punto de la definición, de la Fe”.

Y el anciano me ayudó a entender: “Si proyectas tu razón con astucia, sobre el mar de lo posible, aquel que se abre entre la nada y lo infinito, puedes llegar a conocer tantos dominios como aquel que se entregó al estudio de los libros”.

En lo personal, siempre sostuve que el sentido del conocimiento mágico no es otro que robarle espacio a la confusión, y proclamar en nuestro interior el reino de la esperanza, de la luz. La única manera de cerrar el círculo del conocimiento, de intuir el enigma de la vida, es a través del uso de la Fe.

El anciano, aún sin nombre, continuó con prontitud: “Veo que tus ojos son tan esperanzados como los míos, a pesar de la diferente edad, y es seguro que has sabido aprender de estos lugares, que por Monte Hacho se conoce.”

En efecto, siempre me tuve por una pieza más dentro de ese puzle que es la naturaleza, entre bosques de pinos, indómitas aguas, bajo la mirada atenta del cernícalo, que se enseñorea por el cielo, divisando una oportunidad.

La conversación, que era entretenida, prosiguió: “No pretendo manchar la pureza de tu razón, pero has de saber que toda esperanza requiere un objeto. Así, ¿cuál es el objeto de tu espera?”

Pasaron los días, como pasan sus noches, y de vuelta al lugar de las palabras, se fraguó una alianza, una fecunda amistad, como antes nunca, en esa obra inacabada que es el tiempo.

Dije: “Hombre bendito, he hecho una colecta entre mis pensamientos, y he adivinado una respuesta. El objeto de mi espera es el reino de la paz”.

Y el anciano enjuto, que no estaba acostumbrado a sentir sorpresa, se atusó su barba blanca y gris, y exclamó: “¡Pardiez, tienes la vista del cernícalo vulgar!”.

Continuó: “Efectivamente, la palabra, que por paz se conoce, es la voz con el territorio de significación más amplio, y la virtud más universal; según reza en los libros del Reino.”

Quise saber: “¿Pero de qué reino hablas?”

Y el principio se volvió fin: “¿Qué reino ha de ser? El Reino que hay detrás de esas murallas; el Reino de Ceuta Mago.”

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