En la prisión de la felicidad inalcanzada los cauces de la existencia no encuentran su mar. Es hora de fijarse nuevos propósitos. Es hora de caminar por los senderos de nuestro ser.
La roca de Calamocarro se adentra en el mar de las sales curativas. Allí, el ermitaño fabrica una hoguera con maderas que trajeron las olas; un exiguo soplo de calor que permanecerá en la memoria para hacer frente a los rigores del invierno en soledad.
Cuatro cosas tiene el humilde, y en el rincón cada una guarda su esencia, desafiando al tiempo y al oxígeno que la corrompe.
Es difícil conciliar que el cuerpo también se vence, pero más allá una idea le persigue: “La roca donde habito es un antepasado mío. Si retrocedo en mi estirpe, encuentro que vengo de la tierra; y que es lógica de la naturaleza y del equilibrio universal volver a ella.” Con la idea de que su ser es inmortal, pasa días entre el regusto de la memoria y de los peces que se dejaron atrapar.
Las voces que son sus pensamientos le hacen crecer cada día más, aunque es consciente que, algún día, alguien los ha de heredar, para que el ciclo de las cosas tenga lugar. Aún conserva el aliento de los libros abiertos y de los consejos que le prestaron los sabios del camino.
Atrás, la travesura de los niños; los sueños de juventud; los riesgos de la inmadurez; la edad de los descubrimientos; los rigores del alma imperfecto; el imperio de la verdad; y por fin, la paciencia. Ahora, sólo cabe esperar a que vengan los días, y que, al igual que las olas traen las maderas sinceras, algún niño caiga en mi regazo, y la enseñanza me devuelva a la eternidad.
Quisiera la intensidad cerca, y comentar el paisaje que nos envuelve con su magnífico acabado. Quisiera pensar que la pureza nunca sucedió, y que todo está por llegar; de hecho las oquedades de mi rostro delatan la edad de los reyes sin estado. ¿Y que es un rey más que alguien que ofrece su consejo al necesitado? Entretengo mi alma admirando el vuelo de las gaviotas: con las alas inmóviles desafían al viento en momentos difíciles de explicar.
Y qué decir de los sonidos y las sendas de la noche, que estremecen mi alma. Escucho el crepitar de las estrellas y el infinito de las olas al chocar. Escucho los pensamientos que fortalecen mi espíritu.
En el día señalado, un niño me vendrá buscar y el ciclo de las cosas existirá.





