Cuando escribir u opinar se convierte en una necesidad profesional o una obligación para no perder protagonismo, nos encontramos como resultado con un sinfín de autores sin nada que ofrecer y con muchas dificultades en construir artículos para seguir en boga y no sacar los pies del plato.
La labor de pasar por encima y no mojarse ni inmiscuirse ciertamente en la realidad supone el doble de trabajo en cuanto a dificultad porque deben divagar y volcarse en banalidades, de lo contrario puede verse de frente con el devenir social y así condicionar su vaciar tranquilidad.
Fieles seguidores de las verdades de Perogrullo y testigos con pluma de la evidencia más absoluta, insignificando y haciendo de menos a todo aquel que tenga la dichosa y atrevida costumbre de la subjetividad. Es indudable que el juego semántico está de actualidad y salva las pantanosas miserias de muchos incapaces en demostrar con el discurso y la palabra su compromiso con quien los lee.
Descubrir el misterioso empeño de mantenerse a cualquier precio lleva a desvirtuar el valor de la palabra y atentan en sobremanera con aquellos sensibles con sus ideas, descartando entregarse fácilmente a corrientes favorables. Cerrarse a los problemas y modificar la personalidad según convenga es volcarse a una actitud sumisa, moldeable y adaptable, cerrando filas en pos de la mentira vital y con maquillado disimulo escurrir el bulto.
Para manejarse en estas lides, normalmente hay que poseer un padrino o un ser superior que mantenga la insolvencia moral de individuos sin intención a mostrar cierta personalidad (si existiera). Habitualmente es un arduo trabajo ser la voz de un amo que marca las pautas de un pensamiento poco ilustrado y una disciplina meticulosa que maneja la disponibilidad, anulando la libre expresión bajo la amenaza de lanzarlo fuera del paraíso.
Las consecuencias son obvias, pues renunciar a ser uno mismo conlleva unos daños irreparables en lo social, marcados por la falta de credibilidad y por la más que probable arte de ocultar o disfrazar la opinión, o lo que es lo mismo, mintiendo para no quedarse fuera de una imagen imprescindible para sobrevivir, siempre bajo un criterio desprovisto de argumentos y sólo inteligible para los necios.
Por eso la sección “TERCIO DE QUITES” intenta siempre mantenerse al margen de lo insustancial, saliendo del burladero y alejándose de la cobardía que satura y colma con carencias la falta de frescura y de habilidades. La esclavitud encubierta por causas de un interés no forma parte de la manera de proceder de mi columna de opinión, asumiendo con propiedad la responsabilidad a la hora de llegar a todos, sin amedrentarse al dominio de la incompetencia que dictaminan los acostumbrados a los corrillos en la oscuridad.
Volcarse en el razonamiento de las ideas, sin buscar notabilidad, aportando una visión reflexiva que lleve a discernir y distinguir conceptos por encima de tendencias intencionadas.
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