Opinión

De duras imágenes y mentiras

La sociedad no quiere ver la realidad que nos rodea. Y para eso nos construimos una coraza y vestimos nuestros pensamientos con prejuicios, con normas aprendidas. Los inmigrantes adultos y los etiquetados como MENA -término que evita pronunciar la palabra niño- son metidos, casi siempre, en el saco de lo malo. ‘Vienen para delinquir’, ‘son los autores de todo lo malo’, ‘hay que echarlos’, ‘nos cuestan mucho dinero’, ‘la delincuencia va de la mano de las entradas de inmigrantes’... De estas frases, de este juego de conceptos no salimos ni queremos salir. Por eso cuando la dura realidad te escupe las imágenes de cómo los Bomberos y operarios de Grúas Ordóñez sacan a una persona del interior de un remolque de chatarra, completamente exhausta, llena de grasa y con riesgo de haber perecido en el intento... toda esa pirámide de frases hechas se nos desploma.

Pues vaya, va a ser que no deben estar pasándolo tan bien cuando son capaces de meterse entre la chatarra, de arriesgar su vida en el intento de cruzar al otro lado y de apostar todo lo que tienen -su supervivencia- por un pase. Y cuando se ve a los Bomberos cómo sacan a lo que queda de esa persona, a un hombre sin fuerzas, embadurnado de grasa, incapaz de reaccionar... esa inmigración tan politizada, tan prostituida por parte de quienes hablan desde sus sofás de encargo nos recuerda que sí, que lo que pasan a diario adultos y menores es demasiado duro como para que quede reducido a una mera estadística, a una impresión política, a un titular.

Sé que ya hoy, horas después del suceso, todo esto se ha olvidado. Que los clichés son tan fuertes, están tan impresos a fuego que son imborrables. Sé que desde ya se vuelve a pensar de la otra manera, de la que se ha explotado socialmente. Pero también sé que esa no es ni por asomo la verdad de lo que ocurre en esta llamada frontera sur que Europa siempre despreció y mantuvo como una trinchera de freno.

Ayer, en cuestión de horas, un joven perdió la vida nadando para escapar del reino abandonado por el señor del palacete y otro pudo salir adelante gracias a que sus gritos alertaron a los que fueron sus salvadores. Son escenas duras de una inmigración siempre presente, permanente, que nada ni nadie la puede cambiar. Una inmigración que deberíamos saber ver sin mentiras.

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