Hay días que no se explican, se sienten. Y en Ceuta, el Martes Santo es uno de ellos. Amanece distinto, como si el aire trajera consigo un susurro antiguo, una emoción compartida que se cuela en cada calle, en cada mirada, en cada corazón que late un poco más deprisa.
No es casualidad. Es la espera contenida durante todo un año, la memoria viva de generaciones que han encontrado en esta jornada un punto de encuentro entre la fe, la tradición y la identidad. Porque cuando la Hermandad del Encuentro se prepara para recorrer su camino, no solo desfila una cofradía: camina todo un pueblo.
Y entonces sucede. La perfecta sintonía entre la Cofradía y el Tercio Duque de Alba II de la Legión transforma el ambiente en algo difícil de describir. Es solemnidad, es orgullo, es emoción pura. Es el sonido de los tambores marcando el pulso de Ceuta, recordándonos quiénes somos y de dónde venimos.
Pero hay un instante que lo detiene todo. Frente a la puerta del Palacio Autonómico, Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Virgen de la Esperanza se encuentran. Frente a frente. Mirándose como si el tiempo no existiera. Y con ellos, un pueblo entero que contiene la respiración, que se reconoce en ese abrazo simbólico, que siente que, por fin, todo vuelve a su lugar.
Después de la ausencia, después del silencio de años pasados, este reencuentro cobra aún más sentido. Porque las tradiciones no son solo recuerdos: son latidos que se transmiten, que se cuidan, que se mantienen vivos.
Y Ceuta, en Martes Santo, vuelve a latir al unísono.






