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Dos bomberas y un enfermero

Por Julio C. Pacheco
18/09/2016 - 08:23

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El otro día aparcaba el coche. Al salir, estaban sentados en unos escalones de una casa tres micos, en concreto dos micas y un mico. Al lado tenían sus pequeñas mochilillas de ruedas adornadas con sus colorines y muñecos de moda. Allí, aquellos personajillos imaginando su futuro. Mientras pasaba, comentaban ellas que querían ser bomberas y el nene les protestaba que en todo caso serían bomberos. Él dijo que quería ser enfermero. Imagínense aquella pequeña discusión infantil. Algo del todo simpático que me llamó la atención. Supongo que a esas pequeñas edades me resulta un alivio vital contemplar algunas  escenas y que todavía no se hayan enterado de que va esto de la vida.

Llegué a casa, comí y me puse a darle al teclado. Lo cierto es que después de lo vivido y observar nuestro avispero humano, dispuestos a aguijonearnos sin piedad -con algunas que otras maravillosas excepciones-, es complicado escribir algo en positivo que no suene a ‘buenismo superchachi-piruli-guai’, meapilas o texto prefabricado de autoayuda. Así que como supongo que ya hablan y se relacionan ustedes con sus compañeros de trabajo -si tienen la suerte de tenerlo-, conocidos, amigos, familiares, la vecina, el camarero, la pescadera, el lotero, el mecánico del coche -que siempre le da una grata sorpresa- o el operador de una compañía de móvil que con toda la perseverancia del mundo le intenta convencer; ya saben de qué va la historia. Incluso alguna que discute hasta con la tele (tengo la gran suerte de que mi madre no lee mis artículos).

Por mi trabajo hablo telefónicamente con gente de muchas provincias y autonomías -éstas últimas en modo normal o de desconexión-. Si el interlocutor no es un saborío o un sobrao -les puedo asegurar que se nota rápido aun sin conocerlo-, y no voy muy pillado de tiempo, cuando termino con el tema profesional en cuestión a veces añado una pincelada humana. Si es un catalán, por ejemplo, le añado a la conversación: “¿me saco ya el pasaporte?” o “me has pillado por suerte, ya sabes que aquí -por el sur- fichamos y luego nos vamos al bar”. Hacerle constar el hecho, si es una mujer y tiene una voz bonita -aunque yo no sea Paul Newman ni ella Ava Gardner, soñarlo un minuto al día es algo del todo sano-. Poder añadir -si se da el caso- un: “muy amable, gracias”. Les puedo asegurar que ese componente humano me hace sentir que no soy una parte integrante más del hardware de mi ordenador. Alguna brevísima conversación donde puedes observar que casi todos andamos en las cosas normales del día a día. El descubrir a personas amables y que conectan contigo te hace sentir que esto todavía merece la pena. Ya de intentar adoctrinarnos, acojonarnos o manipularnos se encargan otros.

Supongo que este artículo de opinión sin hablar de cómo anda el municipio, el país, la economía mundial, darle caña o succionársela a dos carrillos al político de turno, sin denunciar algo intolerable que me toque especialmente las narices, resultará del todo ñoño e insustancial. No me apetece escribir hoy de demasiadas cosas. Gente con mala leche, faltona o bajuna que parece que nos perdonan la vida a diario. Chuloputas que se encabronan al mando intentando humillar al que se le pone enfrente, siempre con la inestimable colaboración de algún mercenario de la fontanería. Exhibiciones indecentes de riquezas y poder.  El sur del sur que se ahoga o se queda colgado, a veces literalmente. Podredumbres y corrupciones. Justicieros en las redes. Paro, bajos sueldos, demasiados impuestos y sanciones. Las religiones de las que se sirven algunos iluminados para mandar, ordenar e imponen aunque insistan que ni mandan, ni ordenan, ni imponen, simplemente interpretan lo divino. Injusticias hechas leyes. No, hoy no me apetece.

Mi artículo de hoy es para los planes de aquellos tres chiquillos -las bomberas y el enfermero- y del resto de la gente que -pese a nuestra condición humana- intenta sobrevivir en paz sin haberle puesto todavía precio a su dignidad. Ya nos mataremos mañana.

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