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Dibujar las emociones

Hoy, como cada vez que entro en una clase de valores éticos, intento que los alumnos y alumnas de Segundo de ESO vivan desde dentro esta materia.

Hacer Filosofía para adolescentes no es sencillo pues es la primera vez que se enfrentan a una disciplina nueva desde que empiezan en la escuela.

Enseñar a pensar, ponerse en el lugar, expresar sentimientos, hablar de nosotros y del mundo que nos rodea, comprometerse, echar un vistazo a la vida, a nuestro país, ciudad, barrio, familia, ver qué posición ocupamos, cuál es el papel que desempeñamos o debemos desempeñar.

Las clases de valores éticos permiten alejarse de las disciplinas convencionales: no se necesita la memoria, los exámenes al uso, la evaluación rígida o la ansiedad por superar la asignatura. El diálogo, el cine, la poesía, inventar un cuento, discutir sobre lo que nos preocupa, ser quien somos sin miedo a ser juzgados por lo que pensamos.

Compartir espacios comunes, vivir y convivir, conocer al otro, asimilar derecho y deberes, combatir prejuicios, escuchar en vez de oír, mirar en vez de ver... Hacer filosofía sin darnos cuenta que nos hacemos preguntas que se hicieron los filósofos.

Y si abres la puerta a la curiosidad, los chicos y chicas se asoman a lugares que no conocen: el respeto, justificar una actitud, comprender desde el interior de una conciencia tantas veces atrofiada, comenzar a otear la libertad y sus consecuencias.

Explorar y encontrar tesoros que no vemos, infiernos impronunciables, miedos ancestrales y una luz que emana de la esperanza de un proyecto interior que debemos compartir con la sociedad.

La Filosofía utiliza armas para desarmarnos, cambia balas por palabras, bombas de racimo por uvas de racimo que nacen en la cepa en la que brotan los sarmientos, las hojas y los frutos, agrupados en panículas.

Hoy intentamos dibujar emociones; se trataba de pintar estados de ánimo a manera de emoticonos: ira, amor, miedo, tristeza, alegría, asombro, triunfo, la vergüenza, el asombro derrota. Pintamos en la pizarra verde con tiza blanca un arco iris que contemplamos cuando tenemos la llave para ver esos compañeros de viaje que llevamos por dentro y que tanto trabajo nos cuesta invitarlos a una charla.

Los chicos y chicas querían participar, poder transmitir, hacerse transparentes, humanizarse, ser todos para uno y uno para todos.

El resultado fue extraordinario, la hora duró un minuto y, sin darse cuenta, los profesores fueron ellos y yo jugué a ser el alumno.

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