A la vuelta de Colombia me quedé un par de días en Ciudad de México, me gustaba quedarme en el barrio Narvarte, es una zona tranquila con calles vistosas y un bonito mercado donde curiosear. En definitiva tomar aire para el largo viaje que me esperaba a Oaxaca, mi próximo destino.
Desde hace años siempre he querido vivir un dia de muertos en México y el de Oaxaca es de los más bonitos del país. Es una festividad muy arraigada en el pueblo mexicano y la transculturización de Halloween no ha hecho mella en ellos, sentí envidia sana por haber sabido mantener sus costumbres a pesar del empuje yanqui por instaurar la fiesta de la calabaza. Recordé nuestra querida ‘Mochila’ que con tanta ansia esperaba cada año y me dio tristeza al recordar Ceuta llena de tantos disfraces sin ser carnaval, ya no veía tanta gente yendo al campo.
Llegué de noche y en la terminal de autobuses me esperaba mi amiga Carmen, que me acompañó en mi descubrimiento de su bonito estado durante los días, que se convirtieron en semanas intercaladas, que pasé en la tierra de los alebrijes y el mezcal.
Los días previos al día de muertos los pasé conociendo la ciudad, callejeando a mi ritmo y perdiéndome entre sus calles y mercados, dando buena cuenta de tacos y quesadillas y, inevitablemente, comparándolos con el que cocinan en otros estados de México.
La noche antes del día grande salimos a dar una vuelta por el centro a ver las procesiones de comparsas y catrinas que, bailando, llegaban hasta las puertas del cementerio. Me llamó la atención la alegría con la que involucraban al público en sus bailes, acabé bailando con ellos un buen tramo, mezclándome entre músicos y petardos. Las Catrinas dieron distinción al desfile con sus trajes y su típico maquillaje simulando carabelas, delante de ellas una niña aguantaba el tipo bailando y dando vueltas al ritmo de las mujeres para asombro de los que estábamos allí. Después del desfile mi amiga me invitó a probar unos elotes en vaso con salsa un poco picante, para ambientarme más, antes de terminar el dia.
La noche siguiente era la principal, me fui por la tarde al zócalo de Oaxaca para no faltar a mi máxima y amoldarme a su cultura: me pintaron la cara de Catrín y me caractericé lo mejor que pude para ir de ronda a los panteones de la ciudad, a vivir la experiencia que anhelaba desde hacía años. Carmen y yo primero fuimos al panteón de San Miguel, a medida que íbamos entrando el gentío se iba haciendo notar, había mucha gente y se avanzaba despacio hasta llegar a la entrada del panteón. Sorpresa fue mi primera impresión al ver miles de velas y flores de cempasúchil adornando las tumbas y lapidas, éstas rodeadas de familiares sentados y de pie que charlaban entre ellos animadamente, dando la impresión que hacían participe al fallecido como si, por un par de días, hubieran vuelto a la vida para compartir con los seres queridos. Tengo otra idea diferente sobre la vida y la muerte pero me emocionó ver esa unión que rompe con el tabú de la muerte. Aquella noche, en el panteón de San Miguel descubrí que los mexicanos no recuerdan a sus fallecidos, viven con ellos de forma natural y aceptan la muerte como parte de la vida. Fue una experiencia inolvidable sentir las emociones de desconocidos que compartían vivencias pasadas y velaban hasta el amanecer a pie de cada tumba llena de luz y color, llenas de vida aunque suene raro.
Rozando las dos de la madrugada nos fuimos al panteón de Santa Cruz Xoxocotlán. Había mucha menos gente, la gran mayoría eran familiares y amigos de los homenajeados. Era más pequeño que el panteón de San Miguel, había una bruma nocturna que, junto a las velas encendidas y las flores de cempasúchil, daba un aire místico y extrañamente acogedor al panteón. Me llamó la atención ver algunas tumbas adornadas solo con un par de velas en vasos, Carmen me explicó que eran tumbas de personas desconocidas que el ayuntamiento adornaba con un par de velas para que no quedaran solas unas noches tan especiales. Historias olvidadas pero honradas con velas, al menos unos días al año. Una banda de mariachis tocaban rancheras para animar la velada, se celebraba la vida en Xoxocotlán, solo vi tristeza en algunos rostros que el dolor asomaba en ojos bajo sombreros de paja o tocas de encaje que aun no asimilaban la ausencia.
Hay experiencias que se van haciendo hueco en nuestros corazones por las sensaciones que conllevan, vivir los días de muertos en Oaxaca es una de ellas.







Que gusto saber que disfrutaste el día de Muertos en Oaxaca, eres y serás bienvenido siempre a mi Oaxaca querida y un placer enorme compartir contigo Tío Antonio, y, muchas gracias por mostrarle al mundo las tradiciones de mi México y bello Oaxaca, así viajamos todos contigo a través de la imaginación que después de todo es lo más preciado que tenemos.
Pd. Aún hay mucho por descubrír de México y Oaxaca por su puesto.🙌🏽👌🏽