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El Día de la Mochila en que cruzamos la frontera sin saberlo

Ceuta, 1 de noviembre de 1984 · Una aventura de juventud

Aquella mañana

Tenía dieciséis años. Era 1 de noviembre de 1984, Día de la Mochila, y, como tantos otros años, habíamos salido al campo con un grupo de compañeros de clase. Para nosotros era una de esas jornadas que parecían hechas a la medida de la adolescencia: mochila al hombro, comida, risas y toda la mañana por delante.

Lo pasamos estupendamente. Caminamos, bromeamos y, en algún momento, terminamos organizando una memorable guerra de piñas. A los dieciséis años no hacía falta demasiado para convertir cualquier rincón del campo en el escenario de una aventura.

El torreón

Estábamos en una zona de campo próxima a la frontera de Ceuta cuando vimos, algo más alejado, un torreón español. Desde donde estábamos no teníamos nada claro si aquel torreón seguía estando en España o si ya quedaba al otro lado. Esa duda, en lugar de frenarnos, hizo exactamente lo contrario: despertó nuestra curiosidad.

Vimos una senda y decidimos seguirla. El camino parecía conducir hacia el torreón. En un momento determinado apareció una alambrada, pero aquello, visto con nuestros ojos de muchachos, no impresionaba demasiado: estaba vieja, mohosa, medio caída y hecha polvo. Muy poca cosa.

Así que la pasamos.

Total, solo queríamos acercarnos a ver el torreón.

De la guerra de piñas a las escopetas

No tardamos demasiado en descubrir que aquella alambrada, por destartalada que pareciera, separaba bastante más de lo que nosotros habíamos imaginado. Aparecieron los mejanis marroquíes y nos apuntaron con las escopetas.

La guerra de piñas terminó de golpe.

En cuestión de segundos dejamos de sentirnos exploradores y volvimos a ser exactamente lo que éramos: unos chavales de dieciséis años que se habían metido donde no debían y que, de repente, estaban asustados de verdad.

Cogieron a tres o cuatro de nosotros y nos llevaron hasta un puesto que tenían más adelante, en una zona más alta. Allí nos hicieron sentarnos mientras esperábamos sin saber muy bien qué iba a pasar.

El té

Y entonces ocurrió una de esas escenas que, recordadas tantos años después, hacen que toda la historia parezca casi inventada: nos dieron té.

Allí estábamos nosotros, sentados, todavía con el susto en el cuerpo, sosteniendo un vaso de té en la mano, rodeados por los mismos hombres que poco antes nos habían apuntado con las escopetas.

El jeep

Durante unos instantes aquella risa rebajó la tensión. Éramos unos chavales muertos de miedo y, aun así, había aparecido una broma. Pero la tranquilidad duró poco.

Al cabo de un rato apareció un jeep.

Lo vimos llegar, se detuvo y empezaron a bajar soldados. Uno, otro, otro más... A nuestros ojos adolescentes parecía que de aquel vehículo no iban a dejar de salir hombres nunca.

Y entonces la imaginación hizo el resto. Allí sentados, sin saber qué estaba ocurriendo, pensamos que aquello se había puesto realmente serio. En nuestra cabeza de dieciséis años apareció incluso la idea disparatada de que nos iban a fusilar.

Ahora resulta cómico recordarlo. Entonces, por supuesto, no tenía ninguna gracia.

La vuelta

Finalmente no ocurrió nada de aquello. Después del susto, de las escopetas, del puesto, del té, de la broma y de aquel jeep que a nosotros nos pareció traer medio ejército, nos dejaron volver.

Regresamos a Ceuta. Seguramente algo más callados que unas horas antes y con bastante más respeto por aquella alambrada vieja que, al comienzo de la aventura, nos había parecido poca cosa.

Más de cuarenta años después

Han pasado más de cuarenta años desde aquel 1 de noviembre de 1984, pero la escena sigue viva: los compañeros de clase, las mochilas, la guerra de piñas, el torreón a lo lejos, la senda, la alambrada destartalada, las escopetas, el té y aquel jeep del que parecían salir soldados sin fin.

Y, en mitad de todo aquello, una frase pronunciada con un vaso de té en la mano: que podíamos volver todas las semanas.

Quizá eso sea lo que más sabor de juventud conserva el recuerdo. A los dieciséis años se puede estar muerto de miedo y, apenas un instante después, encontrar todavía espacio para una broma.

Éramos jóvenes. Seguimos una senda porque queríamos saber qué había al final. Y una pequeña decisión que aquella mañana parecía insignificante terminó convirtiéndose en una de esas historias que uno recuerda toda la vida.

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