Si el término ‘nuevo orden mundial’ se utiliza en las disciplinas de geopolítica e historia para hablar de un presunto período histórico, distinguido por alteraciones en los ideales políticos y el contrapeso de poderes a nivel global, habiendo transcurrido un año en el que Donald Trump (1946-79 años) ha volteado la política exterior de Estados Unidos, la intervención para prender a Nicolás Maduro Moros (1962-63) y su esposa en la República Bolivariana de Venezuela (3/I/2026), ha representado una prueba imponente de fuerza y el indicativo clarividente del tipo de orden mundial al que pretenden aferrarse tanto su Gabinete como el mismo republicano.
Desde la guerra comercial que proyectó contra sus socios por sus refuerzos diferenciales para con Kiev en el conflicto bélico de Ucrania, Trump dejó bien atado los cabos en los primeros meses de su segundo Gobierno, que la diplomacia norteamericana había cambiado e incluso si se contrasta con la de su primer mandato, ésta se haya direccionada hacia esferas recónditas. Y entre medias tintas, fueron derivando varias arrogancias de distinto calado, como alegatos sobre la anexión de Groenlandia, la viabilidad de perpetrar acometidas militares sobre el narco en superficie mexicana o la grieta abierta en las relaciones con un socio estratégico: la República de la India.
Recuérdese al respecto, cuando Washington materializó un ataque quirúrgico de alta precisión diseñado contra el programa nuclear de la República Islámica de Irán y emprendió un despliegue naval en el Caribe, que ha conllevado la ejecución de más de un centenar de presuntos narcotraficantes en alta mar, con el propósito de presionar al presidente venezolano.
A la par, el efecto mariposa contra el ahora expresidente venezolano subiría de decibelios, al igual que el ultimátum agresivo sobre el Jefe del Estado colombiano, Gustavo Petro Urrego (1960-65 años). Lo cierto es que en un abrir y cerrar de ojos, se produjo la irrupción sobre Caracas y el arresto grandilocuente de Maduro para reportarlo ante la justicia americana por presumible narcotráfico.
Esa misma jornada Trump declaró en rueda de prensa que su país administraría Venezuela hasta que se remate una transición, mientras varios componentes de su Dirección resaltaron literalmente que Washington no consentirá que las Américas se conviertan en un “refugio seguro para narcotraficantes, regímenes hostiles o potencias externas”.
Indudablemente, los acontecimientos anteriores reflejan la determinación de acaparar que Estados Unidos está dispuesto sea como fuere, a valerse de la fuerza bruta a nivel exponencial, para llevarlo a término con la imposición de su voluntad. Mayormente, en las Américas.
A decir verdad, en los tiempos que surcan a velocidad de crucero, el mandatario americano no se siente condicionado para nada por las reglas de juego del derecho internacional o nacional. Y mucho menos, por las máximas de coexistencia pacífica con otros estados.
Unas semanas antes de detener a Maduro, la Casa Blanca había difundido su Estrategia de Seguridad Nacional, esfumando cualquier imprecisión sobre su nueva concepción de ver a la aldea global. El instrumento, además de definir a la Unión Europea (UE) como un socio ambiguo e hilvanar un diseño de injerencia que impida que la vieja civilización europea sucumba víctima de la inmigración, postula reavivar la ‘Doctrina Monroe’ que en los inicios del siglo XX aleccionó que el continente americano en su conjunto, debía ser una zona libre de potencias externas y quedar únicamente bajo el influjo de Estados Unidos.
O lo que es lo mismo: avisaba a los actores europeos contra cualquier colonización o intervención en el Hemisferio americano bajo la consigna “América para los americanos”. Implantando así una órbita de dominio para Estados Unidos y expresando que la obstrucción europea sería contemplada como una acción contrapuesta, aunque prosperó para alegar actuaciones norteamericanas en América Latina.
Tanto la tesis como la captura de Maduro, han llevado a muchos analistas a perfilar que la humanidad parece enfilada a un marco semejante al ocasionado entre las postrimerías de 1800 y el preludio de la Primera Guerra Mundial (28-VII-1914/11-XI-1918), estando definido por una posición asentada en áreas geográficas de influencia y demarcaciones de dominio colonial forjadas por las grandes potencias, al objeto de desplegar su autoridad de modo caprichoso. Además, los mensajes de asesores de Trump que empujan a una política de hechos constatados, cuando se trata de hacerse con el control de la isla que pende de la corona danesa, se dirige en esa trayectoria.
Dicho esto, la amplia mayoría de expertos coinciden en reseñar que no se puede anticipar, prever o conocer, generando incertidumbre, sorpresa o desorden, el actual Gobierno conducido por un presidente que se place al desempeñar su poder en el país y el exterior, pero cuyo interés fluctúa en presentar a sus socios a sus pies.
En tanto, el gran rival estratégico de Estados Unidos no es la Federación de Rusia, sino la República Popular China, porque el gigante asiático amasa el desparpajo fundamental del siglo XXI: las tierras raras. Y es que sin ellas, no existen los semiconductores, como las baterías, misiles, radares, la transición energética o la inteligencia artificial. Pekín maneja poco más o menos, el refinado mundial, lo que le concede un recurso de poder de cara a las amenazas arancelarias de Washington. Obviamente, este entorno origina una revolución sigilosa, pero implacable en los mercados: el capital migra desde la tecnología global hacia parcelas como ciberseguridad, centros de datos, defensa, entidades de pequeña y mediana capitalización e infraestructuras eléctrica.
Pero yendo por partes, en la Conferencia de Seguridad de Múnich (14-16/II/2025) dos puntos de vistas completamente contradictorios entraron en efervescencia. Es posible que los historiadores del mañana rotulen este instante como el del desenlace decisivo del orden liberal encabezado por Estados Unidos, al igual que como el punto de desgaste del auge liberal dentro de las democracias occidentales se hizo incuestionable.
Por entonces, el vicepresidente de Estados Unidos, James David Vance (1984-41 años), trasladó dos recados que no tienen desperdicio alguno. Primero, sostuvo que Estados Unidos se encuentra restaurando primordialmente su sistema de gobernanza y que aguarda que sus aliados practiquen su medida. Y segundo, especificó que si Europa no aborda este movimiento a modo de cambio, los valores compartidos que propugnan la asociación transatlántica se desvanecerán junto con la garantía de seguridad de Estados Unidos.
“Dar palmaditas a quien exprime hasta la última gota la fuerza junto a la coacción desdeñando el derecho internacional, te emplaza a un lugar de la Historia de los que nos despojan y privan hasta la saciedad de los derechos más elementales”
Como es sabido, las reacciones europeas no tardaron en llegar. Toda vez, que hubo investigadores que no descifraron adecuadamente la esencia de la declaración de intenciones americana, desechándola como una interferencia perturbadora y procedente de un funcionario del Gobierno de Trump y, por lo tanto, maliciosa. Claro, que los atrevidos podrían deducir que esto excluye el raciocinio imperial que califica las cuestiones de los vasallos como sustancialmente internas. Esta comprensión era incontestable cuando Trump hizo alusión al primer ministro de Canadá, Justin James Trudeau (1971-54 años), como un gobernador y dirigiera una provincia americana.
Poco después, los intelectuales más sutiles descubrieron que este no era un debate entre iguales, sino el requerimiento de un modelo afín: colóquense en fila o encaren solos cualquier acometida rusa. Algunos incluso reflexionaron con la coyuntura de que la aspiración de Estados Unidos se encauzaba en el desmantelamiento de la UE, posibilitando la senda para que los oligarcas estadounidenses tuvieran carta blanca en una Europa fragmentada por países frágiles.
Sin duda, poco hay que agregar a esta pequeña ojeada geopolítica. Estados Unidos objeta explícitamente la alianza transatlántica, el puntal principal de la seguridad de Europa Occidental durante más de ocho décadas, aunque su propia imprecisión atenúa su eficacia de disuasión. Incluso si ésta se moderniza, se espera que los europeos admitan la servidumbre de la defensa convencional y según y cómo, nuclear de su continente. Entretanto, Estados Unidos centralizará todo su interés en la lucha hegemónica con China.
Y en el horizonte global, Estados Unidos ya no está por la labor de desenvolverse como garante de los organismos multilaterales y del derecho internacional, que años atrás se encuadraron como el ‘orden mundial liberal basado en reglas’. Esto no solo augura el entumecimiento del engranaje de Naciones Unidas, sino que igualmente genera desconfianza en el arranque de la economía mundial. Curiosamente, el hegemón (Estados Unidos) dice ser anticuado, el mismo orden que en otra ocasión compuso.
Para los europeos, con sus fuerzas armadas en reducción y a propósito entretejidas con la maquinaria militar norteamericana y sus economías de exportación extremadamente acomodadas en las cadenas globales de suministro, los principios de su seguridad y bienestar permutan de manera drástica. Si acaso, lo que persiste en consideración distante es la colisión entre dos perspectivas absolutamente desiguales del orden, tanto a nivel integral como nacional. Mientras que algunos difícilmente vislumbran el colofón del orden liberal, ciertamente pocos conciben lo qué lo sustituirá.
Luego, no es de sorprender que muchos europeos y americanos progresistas tengan serios inconvenientes para desentrañar mínimamente el comunicado del Gobierno de Estados Unidos. Todavía habremos de instruirnos en la terminología de este ‘orden emergente’.
En cambio, en el Viejo Continente, los amagos de Trump por anexarse Groenlandia, Panamá y Canadá quedaron desatendidos como ridículas incitaciones.
No obstante, subyace en ellas la reaparición potencial de la Doctrina Monroe.
En otras palabras: una retirada estratégica en toda regla hacia el Hemisferio Occidental, donde el predominio norteamericano continúa sin ser discutido.
Si lo anterior se asocia con el empeño de vender Ucrania a Rusia, se avista la vuelta a la corriente de los espacios de influencia, conocido desde hace tiempo en Europa, pero rechazado durante el intervalo unipolar de Estados Unidos. Incluso es comprensible que Washington alcance una salida con China y Rusia, sus grandes competidores, conviniendo seguir al margen de las concernientes esferas de influencia de cada uno. Si esto sucediera, el devenir de Taiwán estaría tan cerrado como el del Cáucaso.
Es más, los europeos sacan a colación la falta a la lealtad o fidelidad debida, rompiendo un pacto implícito o explícito de confianza en una relación, pero hay que caer en la cuenta de que con satisfacción en el siglo XIX, afianzaron su propio orden multipolar por medio de pactos y esferas de influencia. Véase que cada vez que una potencia exploraba la supremacía a golpe de fuerza, el producto no podía ser otro que guerras mundiales calamitosas.
En la actualidad, los neoconservadores americanos imaginan que pueden salir victoriosos de una conflagración contra China. Cabe subrayar, que Trump eliminó la protección personal a las figuras destacadas de ese medio, lo que a la hora de la verdad los apartó políticamente.
Ahora, el Gobierno de Estados Unidos parece admitir que el triunfo en un conflicto militar con el país de Asia Oriental es inverosímil, descartando cualquier vía de regreso a un mundo unipolar. Y el punto de giro reside en el equilibrio inestable de poder. Los norteamericanos han reconocido este escenario más rápido que los europeos. No es necesario ser agorero para pronosticar que Europa acabará plantándose ante su actitud de ‘ahora más que nunca’ sobre Ucrania.
Si Europa quiere impedir ser en una mera pieza de ajedrez de menor valor en la competitividad de las potencias principales, ha de inducir una innovación interna emprendedora a través de un contrato social negociado que proporcione de modo razonable los enormes costos, pudiendo confeccionar la fuerza militar y política imprescindible para una autoafirmación efectiva.
La reorganización del sistema de gobernanza interna de Estados Unidos es aplastante, con Trump esgrimiendo una marcha punzante. En Europa, el sentir habitual es que pretende desquitarse del denominado Estado profundo, e incluso convertirse en un régimen autoritario. Quizás, en una monarquía. Hay algunos de su Gobierno estar convencidos que las democracias liberales occidentales no pueden comparecer con el capitalismo de Estado de China y perciben otro modo de gobierno tecnocrático. La sujeción de Trump en las decisiones ejecutivas trasluce esta tendencia.
Pese a ello, quienes desaprueban la realidad para llegar a una situación lo más certera posible con un fin constructivo, se adelantan a repeler el reclamo del vicepresidente estadounidense a la libertad de expresión y al respecto de la voluntad de los electores como puramente ‘de derechas e intrusivos’. Incluso dentro de Europa, una cantidad creciente de ciudadanos tacha estas líneas y se revela instando a un cambio. Y lo más llamativo, estas condenas soslayan que los sistemas de gobierno siempre prosperan en contestación a retos y vaivenes tecnológicos.
Véanse como ejemplos la Revolución Francesa (5-V-1789/9-XI-1799) y las reformas prusianas (1807-1819), esta última a modo de reestructuración de inspiración liberal y las dos como expresiones distintas de esta causa. Actualmente, los Estados burocráticos fundados a fines del siglo XIX, lidian para tratar el galimatías de un mundo globalizado, interrelacionado y en vertiginosa celeridad. Esto es indiscutible en su réplica a las oleadas generales venidas de las migraciones, las pandemias o las crisis financieras, que por doquier se expanden con una prontitud indefinible.
Otra muestra que precisa ser mencionada a lo antes fundamentado, subyace en la élite tecnológica de Silicon Valley, sede de numerosas compañías emergentes de tecnología Apple, Facebook y Google, precedida por Elon Reeve Musk (1971-54 años) que improvisa una escapatoria: desbancar las lentas burocracias analógicas, desacreditadas frecuentemente por corrupción y su incapacidad de cumplir una tarea de manera óptima, pero ahora por una gobernanza inducida por la inteligencia artificial que sea más receptiva, eficaz y cualificada.
En síntesis: en su visión holística con China, Estados Unidos apunta por un reajuste del sistema operativo.
Al hilo de lo desgranado, el economista y exministro de Finanzas de Grecia, Yanis Varoufakis (1971-54 años), señala que estas progresiones no establecen meros servicios públicos apacibles. Porque a la sombra se enmascara la perspectiva de los oligarcas de constituir a diestro y siniestro el tecno feudalismo en el marco institucional del Estado americano. El propósito es una tecnocracia hipereficiente, excluida de la vigilancia o supervisión democrática y consagrada única y exclusivamente a soportar la infraestructura fiscal y el material del capitalismo digital.
“No resulta frívolo afirmar que irrumpe un orden en el que actores cada vez más opresores e intolerantes, manejan como pez en el agua su fuerza bruta para doblegar a quienes estimen y hacerse con sus posesiones”
Este concepto (tecnocracia hipereficiente), gana enteros como indicación a la ficticia ineficiencia de las democracias tradicionales de alcanzar una meta al menor coste y en el menor tiempo posible, examinando extender la productividad de la infraestructura y la economía a través de la inteligencia artificial y la automatización.
De ahí, las continuas insinuaciones sobre el retroceso al fascismo histórico pueden ser baldías: tales relatividades eluden que la transformación avanzada se encuentra adaptada de manera única por el tiempo que nos sucede. Así, esta es la deducción por la que la desarticulación de las viejas burocracias por parte de Musk, no dispone un vuelco al neoliberalismo, ya que este patrón no puede desafiar la competencia del capitalismo de China.
Asimismo, el énfasis de Vance sobre la libertad de expresión y el respeto a la voluntad de los electores, no proyecta una característica realmente liberal. Amén, que el Gobierno de Trump pugna a un tiempo el Estado de derecho y la separación de poderes. Sin embargo, los conflictos de poder de esta formación están lejos de atajarse. Mientras la finalidad persista en echar por tierra el viejo orden, esta hostilidad permanecerá. Aunque aún es inalcanzable estar al tanto qué círculos y variantes ideológicas despuntarán a última hora.
Con lo cual, los europeos necesitan aplicarse cuanto antes el cuento de dilucidar objetivamente estas luchas de poder. Desentrañarlas por medio de la lupa de un liberalismo que ha quedado anticuado, sería en vano. En vez de deplorar cuántos disparates o la deshonestidad de los más cercanos al entorno de Trump, para los europeos urge conocer lo que está en juego y hacer valer su influencia, que se comprime para salvaguardar sus intereses.
Finalmente, desde la vertiente del neorrealismo y en el curso subsiguiente a la Guerra Fría (12-III-1947/26-XII-1991), salta a la vista una reconfiguración del equilibrio de poderes de la palestra internacional y de la que aflora la redistribución de espacios de interés e influjo entre los Estados, dando origen a un forcejeo reavivado por la supremacía global. A día de hoy, Trump, tira de la manta para imprimir zonas de influencia, al igual que endurece su estrategia de seguridad nacional y el desenlace ineludible de dominio en el Hemisferio Occidental. Y como no podía ser de otra manera, imbuye a los socios y no aliados para que sostengan los intereses colectivos en un orden establecido para contribuir con el encargo del orden internacional.
En consecuencia, aunque cueste creer que nos encontremos en el primer cuarto del siglo XXI, no resulta frívolo afirmar que irrumpe un orden en el que actores cada vez más opresores e intolerantes, manejan como pez en el agua su fuerza bruta para doblegar a quienes estimen y hacerse con sus posesiones.
Cuando Trump extrae el ingenio peliagudo de sus mensajes con ademanes intimidatorios sobre Groenlandia, México, Cuba o Colombia, deberíamos dar crédito y tomarlo muy en serio de lo que estaría cocinándose. Engrandecer o estimular a quien asalta una nación para apoderarse de sus recursos naturales, o se mofa de la democracia y exprime hasta la última gota la fuerza junto a la coacción desdeñando el derecho internacional, te emplaza a un lugar de la Historia de los que nos despojan y privan hasta la saciedad de los derechos más elementales.
En este nuevo tablero geoestratégico, los triunfadores recaen en las parcelas encadenadas a la soberanía económica, como las infraestructuras, la defensa o las tierras raras. En contraste, los grandes perdedores y digámosle, frustrados, incurre en los exportadores supeditados a Estados Unidos, como la automoción europea y la tecnología sin un beneficio capaz de competir.
A este tenor, el recado retórico de que con la fuerza todo es permisible, que no existen reglas y que con el poder todo es legal, en los tiempos que corren, este entramado no conoce límites.
Es una forma de practicar la política con la que extirpar el rédito económico a merced de las élites y desalojar los derechos básicos. El rehúso a las esferas de influencia, como a la tripolaridad cimentada en una alineación jerárquica, es la repetición a la geopolítica clásica que enflaquece al multilateralismo reinante en el sistema internacional, por demás inmutable a la marginación y al derecho de veto de las potencias.
A la postre, no queda otra que aceptar que Europa está carente de autonomía estratégica por estar en manos de la Alianza Atlántica y de Estados Unidos. Y como potencia mediana, necesita peso para procurarse un balance de poder. Pero al menos, ostenta la capacidad de conquistar la legitimidad que es esencial para la toma de decisiones, porque gravita en la plenitud del derecho internacional y así alcanzar la resolución de problemas, sin el predominio preferente del uso de la fuerza.
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