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Despedida de un cónsul

Por Redacción
06/08/2010 - 13:15

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Llega el momento de mi marcha de este destino y siento la necesidad de transmitir mis sentimientos como diplomático español que ha trabajado como Cónsul durante casi cinco años en ciudades marroquíes ubicadas en el viejo Protectorado. Sin duda, constituye ello un gran privilegio, ya que el Norte de Marruecos tiene una personalidad fuerte y propia, en la que influyen grandemente los encuentros y desencuentros vividos con España.
“Del Rif al Yébala”, se llama ese gran libro de viajes sobre estos parajes escrito por Lorenzo Silva, y no me he cansado nunca de presumir de haber seguido una trayectoria geográfica similar.
Primero fue Nador, en la Región oriental, lo que me llevó a recorrer lugares históricos con un fuerte pasado militar, desde el desastre de Annual al éxito del desembarco en Alhucemas.
Frente a tanto conflicto armado, el recuerdo histórico predominante en Tetuán, sin olvidar los enfrentamientos con Raisuni, ha sido más el de la “acción política”, terminología que se impuso tras el difícil inicio del Protectorado, y que se recoge, una y otra vez, en los grandes monumentos funerarios del cementerio militar español ubicado en esta ciudad.
Comprendí también que la historia de la Independencia de Marruecos debe a España mucho más de lo que a veces se recuerda. Fue nuestro país, quien no sólo supo defender al Sultán Mohamed V frente al improcedente destronamiento impuesto por París, sino también quien mantuvo siempre un diálogo abierto con aquél gran prohombre, antes y después de la independencia, Abdelkhalak Torres.
El tiempo transcurrido aquí me permitió acceder a la gran bibliografía existente sobre el Protectorado, proveniente de autores españoles, como José Mª. Campos, o marroquíes, como Ben Azzuz Hakim, hoy buenos amigos.
He podido admirar la gran labor llevada a cabo por las autoridades marroquíes gracias al impulso y a las instrucciones de Su Majestad El Rey. Sin discusión alguna, Mohamed VI ha hecho posible que en estos cinco años todo el Norte de Marruecos se haya beneficiado de un fuerte proceso de desarrollo económico, social y cultural, plasmado también en una sorprendente nueva red de comunicaciones que ha acercado unas ciudades a otras, y también toda esta región con el resto del país.
Sin duda, la zona fronteriza, conocida como “Tamuda Bay”, que se prolonga ya hasta Martil, es ejemplo de desarrollo turístico ponderado y respetuoso con las propias reglas ecológicas, pudiendo hoy presumir Marruecos de una espectacular entrada cuando se viene de Ceuta.
Llegamos así a mis dos últimos grandes descubrimientos que han sido las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, cada una con su propia personalidad, dependiente de su ubicación geográfica y mayor o menor lejanía de la Península. Ceuta con sus poderosas comunicaciones marítimas, y Melilla con sus sólidas interconexiones aéreas.
Melilla parece abrirse hacia el mar cuando se llega procedente de Beni Ansar, y presume de sus grandes edificios modernistas de inspiración catalana, y Ceuta, consciente de sus limitaciones de espacio, parece querer elevarse al cielo a través de sus distintas colinas.
Quizás por mi estancia más prolongada en Tetuán, he podido admirar más las mejoras en Ceuta, sus esfuerzos por incorporar unas y otras culturas, su desarrollo monumental en plazas, como la de los Reyes, o en galerías al aire libre de filósofos griegos que tan importantes fueron para cristianos y musulmanes, que tanto deben a la buena gestión del Presidente Vivas.
Recuerdo haber defendido en la ciudad de Larache, cuyo Consulado he  ocupado también durante estos años, que Ceuta y Melilla han tenido, y siguen teniendo, una influencia positiva sobre sus respectivos “hinterlands” marroquíes.
Es verdad que cabía hacer aún mucho más en todos los campos y basta recordar el positivo ejemplo de la Fundación “Fhimades”, que opera entre Melilla y Nador, con crecientes fondos comunitarios, ejemplo muy válido para algunos proyectos similares que se están ahora poniendo en marcha en Ceuta, y de los cuales me hablaba el periodista José Luís Navazo.
Tengo la impresión de que vuelven momentos difíciles para las relaciones entre España-Marruecos, en lo que tiene que ver con Ceuta y Melilla. El tema afectará a los políticos de uno y otro país, limitándome yo como Cónsul responsable de las cuestiones propias a dejar constancia de la emoción que cualquier ciudadano peninsular siente cuando comparte experiencias con ceutíes y melillenses de una u otra confesión religiosa. Todos ellos supieron aclamar la acertada presencia en estas dos ciudades tanto del Presidente José Luís Rodríguez Zapatero, como de Sus Majestades los Reyes de España.
Al margen de las inevitables quejas diplomáticas, resultaba evidente que esos gestos correspondían plenamente no sólo a una realidad histórica secular, sino también a los sentimientos profundos de todos los españoles. Dejo, pues, Ceuta y Melilla convencido de que España seguirá asumiendo con coherencia esta herencia histórica que, como sucede en otros casos similares, puede no agradar a todos.
Recuerdo bien como el Rey Hassan II, vinculaba siempre la solución del tema de Ceuta y Melilla a la solución del tema de Gibraltar. Recientemente, España ha puesto en marcha un “Foro tripartito” con el Reino Unido y las propias autoridades gibraltareñas, que está avanzando en la solución de problemas prácticos a un lado y otro de la frontera, gracias al esfuerzo hecho por unos y otros para evitar en sus debates aquellos temas de carácter exclusivamente político, que tienen que ver con ese concepto decimonónico en plena transformación que es la soberanía.
En cualquier caso, he aprendido también aquí que son totalmente falsas las afirmaciones de algunos políticos marroquíes cuando declaran que “los españoles saben que Ceuta y Melilla son marroquíes”. Recientemente, el diario “Assabah” publicaba incluso una entrevista en la que el politólogo Hussein El Mejdoubi defendía que “la mitad de los españoles considera que Ceuta y Melilla son marroquíes”.
Por el contrario, me resulta cada vez más evidente que todos los españoles que conocemos Ceuta y Melilla sentimos hoy, y seguiremos sintiendo siempre, a estas dos ciudades ubicadas en el Norte de África y colindantes con el Reino Alaouita como parte indisoluble de nuestra realidad nacional.

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