En una ciudad marcada por la incertidumbre de unos planes de empleo de los que ya nadie habla, de unas bonificaciones con doble fecha inicial de recuperación (no sabes si creer al BOE o a la delegada) y de una compleja situación social y económica asoma el desembarco de grandes líderes políticos como parte de una campaña electoral alejada del ciudadano.
Creer en programas rescatados del cajón es complicado, son siempre los mismos, preñados de promesas irrealizables. Lo único que cambia es el rostro que nos vende el menú del día. Cada formación trae a los suyos en una especie de lucha interna por ver quién alcanza un mayor impacto. Y así funciona el día a día de una campaña fantasma en la que los políticos hacen sus fantasmadas.
Mejoras fiscales, nos cuentan que llegarán. Un programa propio para la frontera, también. Un mejor estatus para ceutíes y melillenses, conexiones más baratas… es el cuento chino que se ofreció en la anterior campaña y que ahora vuelve a repetirse.
Los políticos deberían reconsiderar su papel, su función social, más aún en campaña electoral sea europea, nacional o local. Deberían, primero, creer lo que dicen. El premio a los embusteros tiene que dejar de marcar sus vidas. Segundo, saber lo que le importa al ciudadano, estar con él, empatizar, conocer y aprender para después proponer.
Entrar en un bucle de promesas y anuncios que solo nos hacen perder el tiempo no es propio de quienes nos ‘venden’ que lucharán por las dos hermanas perdidas a este lado. ¿Quieren empatía ciudadana? Deberían ganarla y no precisamente con un desembarco y un corta y pega programático sin sentido que parece más dispuesto a rellenar las dos semanas de campaña. Solo eso.






