Qué delicia supone poder ver a nuestra ciudad rodeada por su mar tan azul y coronada por las diademas que forman las murallas del Monte Hacho, entre las copas de los pinos ceñidos por las guirnaldas de las blancas flores de la abundante, pletórica y exuberante jara.
Percibo cómo el mar hace más dorada la tierra verdeante bajo el celeste del cielo y el oro refulgente del sol.
Después del tiempo transcurrido sin ir a Ceuta, y desde esta distancia, ha llegado un momento en que no puedo dejar de pensar si me sentiré como un forastero en mi querida ciudad o porque se aviva en mí la nostalgia, y temo no ser reconocido por nadie en el lugar donde sentí tanta felicidad.
Carlos Gálvez Martínez, verano de 2025
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