30 de julio. Ha pasado un mes desde aquella jornada del desastre para Ceuta. Un mes y demasiadas mentiras. Una detrás de otra, cada vez peor, como una gran bola de nieve que ha terminado estampada en un Gobierno de la Nación enfrentado, con ministros que recelan unos de otros, con un presidente a la cabeza que, intencionadamente o no, entendió que esta crisis era un sarpullido de verano.
No lo era entonces. Tampoco lo es un mes después. Ceuta se encuentra en el foco de toda España, también de Europa. Lo que se hace aquí se analiza al detalle, se estudia con lupa. Esta ciudad es ahora mismo una olla a presión, el escenario de un conflicto y el análisis de la reacción dada.
En pleno 2026, un país como Marruecos decidió que podía asestar un golpe encima de la mesa. Puede que no midiera sus fuerzas, quién sabe. La consecuencia del ataque fue desmedida: miles de personas cruzando un espigón hasta prácticamente superar la población de toda Ceuta y más de 140 muertos en el camino.
Sin duda, el mayor desastre entre fronteras; sin duda, la crisis más grave para Ceuta y el quebradero de cabeza para un Gobierno de la Nación que miró hacia otro lado y ahora busca enmendar las consecuencias de ese abandono. No supo calibrar la envergadura de lo que pasaba en Ceuta. Ahora, esa desatención le pasa factura.
Marruecos ha hecho lo que ha querido y, sin embargo, no ha recibido ni una sola crítica a nivel nacional e internacional. La gravedad de lo sucedido ha impacto de lleno en la sociedad ceutí, pero parece haberse diluido en el Estrecho. Es como si entraran en tu casa, la destrozaran y encima dieras las gracias por ello. Lo mismo.
El 30 de julio, las entradas de inmigrantes desde Castillejos vinieron a ratificar lo que llevaba días sucediendo. Desde al menos una semana antes se estaban registrando entradas inusuales, picos de presión cada vez más elevados.
Dice el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, que por aquel entonces ya habían reforzado a la Guardia Civil al temerse lo peor. Mentira.
El Servicio Marítimo salía a navegar prácticamente con los mismos efectivos, sin embarcaciones adecuadas, con una recién incorporada, la S-42, que no hacía más que arrastrar fallos.
Y esto lo sabía el Gobierno, como lo sabía la Dirección General de la Guardia Civil, más empecinada en ordenar a los servicios de Información que supieran cómo se habían obtenido fotografías con todos los desperfectos de las embarcaciones que terminaron publicándose en El Faro, antes que cuidar a sus propios guardias civiles dándoles los medios adecuados para luchar contra el narcotráfico y la inmigración ilegal.
Los agentes del Marítimo tenían que coger las gomas de los GEAS para poder salir a navegar y atender las presiones de inmigrantes en el mar. Eso es lo que estaba pasando en la frontera sur de Europa, no lo que cuenta Marlaska. Pasaba eso y algo más. Los guardias civiles veían que la Marina Real colaboraba rescatando a inmigrantes en el mar, pero también cómo los arenales estaban vacíos, no existía vigilancia.
El Gobierno culpa a las mafias, a las redes sociales, a la manipulación. Pero no cuenta lo que se apreciaba desde Ceuta: que las playas no tenían vigilancia, que cualquiera podía echarse al mar y que esa situación de vacío provocada por Marruecos se contaba rápidamente a través de los grupos.
Lo fácil en un conflicto de envergadura es contar una única versión de los hechos, una causa, una sola explicación. Pero este asunto tiene tantas aristas que dar con una explicación tan burda supone un insulto al ciudadano.
El 27 de julio, solo días antes de la invasión, la AEGC denunciaba dos asuntos claves y premonitorios: advertía que cientos de marroquíes del sur estaban llegando al norte con ánimo de cruzar, decía también que la presión era de tal calado que podíamos estar ante una repetición de la crisis de mayo.
Desgraciadamente fue peor. Muchísimo peor. Aquello quedó escrito negro sobre blanco. Las advertencias de una asociación que era capaz de entender que lo que se apreciaba no era un verano cualquiera quedaron escritas. El Gobierno seguía de vacaciones, a pesar de una sentencia que prometía riesgos y unas jornadas en las que la presión iba a más.
Días después la pura realidad daba la razón a AEGC. Los días 28 y 29, la presión en el mar aumentó. Las imágenes de la Marina Real de Marruecos en el Recinto cargando a cientos de inmigrantes apuntaban a que se estaba llegando a un límite. Tardaría solo 24 horas en registrarse, en estallar. ¿Cómo viendo esas escenas que ya de por sí eran históricas no hubo una reacción inmediata? Y no una reacción de enviar agentes, sino tirar de teléfono para abortar diplomáticamente lo que iba a venir.
“Fue una situación extraordinaria”, dice el ministro Grande-Marlaska. “Imprevisible”, añade. Unas valoraciones que cuestionan la efectividad de cualquier servicio de Información que se precie, de todo un CNI. No ha habido ningún cese por incompetencia, pero sí se han deslizado serias dudas.
Ellos avisaron, advirtieron de la situación. Solo era necesario prestar atención y conocer un poco a un vecino capaz de cualquier cosa. También de esto.
El Gobierno de España cesó a la única persona que dijo la verdad, a la responsable de Seguridad Nacional que ese mismo día 30 difundió la cifra de 49.000 entradas. Ha sido la víctima de este desaguisado, la cabeza cortada en una crisis que evidenció dos cosas: la torpeza de un Gobierno incapaz de decir cuántos entraron y por qué.
Pero también la debilidad de todo un país y de una Europa cuya frontera sur ha sido violentada de la peor de las formas, utilizando a hombres, mujeres, niños y bebés.
El caudal informativo, la crispación y el enfrentamiento político no pueden desviar la atención a las imágenes de ese momento.
Las de esos bebés sobre flotadores, madres con recién nacidos amarrados a su espalda, jóvenes y adolescentes que cruzaban como locos movidos por un mensaje falso de fronteras abiertas.
Marruecos volvió a utilizar a su sociedad civil como arma arrojadiza para asestar un duro golpe a España a costa de Ceuta. ¿Se le fue de las manos? Esa pregunta la tendría que responder un país vecino que, desde entonces, ha adoptado una postura de imposición, de reclamo de los menores que ellos mismos lanzaron al cruce de fronteras, de petición de sus muertos, aunque en la práctica ha impedido la repatriación de los cuerpos.
Marruecos ha permitido la mayor de las vergüenzas: que sus nacionales no puedan ser enterrados en su propia tierra, que las madres de esos hijos muertos en el Tarajal tengan que llorar, derramar sus lágrimas a este lado de la frontera.
Un país que ni siquiera se ha dignado a decir cuántos son los cadáveres que recogieron, si es que lo hicieron en su totalidad. Cuando los GEAS estaban sacando cuerpos sin vida de aguas del Tarajal, en Marruecos había cadáveres que nadie recogía, ellos los veían, pero estaban al otro lado del espigón.
Las oenegés suman más de 140 muertes. Es un capítulo sobre el que se evita hablar. Los guardias civiles vieron esas imágenes. Marruecos no movió ficha. Más bien al contrario, tras el desastre, siguió reclamando Ceuta y Melilla. El lenguaje bronco y el oportunismo de Marruecos han prevalecido en un momento crítico.
Marruecos evita al igual que España hablar de responsabilidades, porque en su país las tiene, y muchas.
España solo ha tenido buenas palabras para quien decidió planificar sobre un tablero de ajedrez una de las jugadas maestras y a la vez trágicas: una invasión que llamó la atención de todos, que ahora mismo es el foco de atención de muchos países. Lo que aquí se decida, lo que aquí se haga, está medido al milímetro.
España pone sobre la mesa el trabajo hecho por Marruecos para frenar la inmigración o la aceptación del 90% de sus nacionales en retornos voluntarios. Ni una sola línea sobre el origen de todo esto: por qué el reino de Mohamed VI permitió semejantes avalanchas, por qué no protegió ni a los suyos.
Un mes después del inicio de esta crisis, la conclusión que puede sacar el pueblo caballa de todo esto es preocupante.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no atendió siquiera la llamada del presidente Vivas 24 horas antes del estallido. Tampoco tuvo en cuenta la exposición de hechos que se estaba produciendo, ni se dignó a venir a su hora. Lo hizo un día después. Con ese paseo creyó haber sorteado la crisis, puede que Ceuta termine siendo la tumba del Sanchismo.
El presidente de la Ciudad se negó a comparecer a su lado, aunque en la inicial convocatoria de prensa venía que así debía ser. Existía un malestar evidente, el reflejo de que ese “querido presidente” ya no lo era tanto cuando no vio, o no quiso ver, que tenía delante la mayor crisis no para Ceuta, sino para toda España.
Porque este conflicto no hay que entenderlo en clave local, su envergadura es mucho mayor. Se ha producido la invasión no de una ciudad, sino de la frontera sur de Europa, violentada sin pudor, sin miedo y, peor aún, sin que nadie haya reaccionado ante este desagravio con una condena al más alto nivel.
Lo más que se atrevió a decir el presidente del Gobierno de todos los españoles es que se pondría la maquinaria a trabajar, que se había producido un ataque, pero no emitió ni un solo reproche hacia el país que literalmente no hizo nada por frenar las entradas de sus propios compatriotas.
Un mes después, el Gobierno de la Nación ha aceptado crear un mando único, buscar recursos de acogida, ha empezado a llamar a las cosas por su nombre, reconociendo que hay una crisis y que es grave. ¿Ha pedido perdón? Salvo el verso suelto que representa la ministra Margarita Robles, nadie más ha dado el paso firme de reconocer que con Ceuta no se han hecho las cosas bien.
La humildad se ha perdido en todos los discursos, se ha disfrazado incluso de altanería con ministras como la de Sanidad, Mónica García, o la de Inclusión, Elma Saiz.
En las calles, mientras, se repiten las manifestaciones de un pueblo, los insultos hacia los ministros, las denuncias por lo que está pasando.
Hasta un mes después no se ha montado la infraestructura para empezar a acelerar los expedientes de expulsión. Se estaban haciendo a cuentagotas, comenzando con los que había en espera de los inmigrantes que llegaron antes de la avalancha. Ahora hay interés en acelerarlo todo, pero la realidad es que los trámites siguen lentos, demasiado.
Un expediente de ese tipo tiene consecuencias posteriores como el inicio de un camino de recursos, lo que en la práctica supone que no se podrán ejecutar las devoluciones al tiempo que Ceuta necesita.
El Gobierno ha dejado pasar los días sin que los ceutíes vieran cambios, lo que indirectamente ha terminado haciendo mella en una sociedad pequeña expuesta a que las chispas terminen haciendo saltar todo por los aires.
La crisis del 30 de julio ha sido el mayor de los ejemplos del fracaso y el esperpento. No se hizo caso a la hilera de avisos, a las comunicaciones de lo que podía ocurrir, a las fechas probables, entre ellas la coincidente con la celebración de la Fiesta del Trono.
Se incurrió en un desastre en la previsión, pero también en la reacción. No se ha podido hacer peor.
Todo ha fallado. No solo la mala gestión, sino también las torpezas escenificadas en la permisividad para dejar que las playas, como la del Trampolín, se ocuparan dando forma a campamentos tercermundistas, o a que comisarías en pleno centro se transformaran en puntos de triaje improvisados.
Si el ciudadano ya estaba tocado, la incapacidad de organizar este desastre no ha hecho sino alimentar el pesar de una sociedad distinta, una sociedad que no es la de antes del 30J, una sociedad tocada.
Se han combinado todas las fatalidades posibles: la tardanza en la reacción, la imposibilidad de controlar a las miles de personas que siguen en las calles, montes y barriadas. A ello se suma el resurgir de ese miedo que siempre ha existido en la población y lo peor, las mentiras.
El Gobierno ha sido torpe, pero además ha mentido. Lo ha hecho cuando 48 horas después de la entrada masiva dijo que la crisis estaba superada. “Otra crisis más que resuelve Pedro Sánchez”. Palabra de Óscar Puente, el ministro gamberro de la clase. Hoy suenan a burla.
No estaba resuelta, solo había comenzado a asomarse. Marruecos ha dado un golpe maestro, ha dado un salto en sus episodios agresivos contra España que siempre salpican a Ceuta. Ha vuelto a utilizar a los suyos para arrojarlos a la frontera, cueste lo que cueste.
Esa población civil fue utilizada. Cruzaban la frontera sin saber por qué ni a qué. Muchos optaban por volver al momento. ¿Qué clase de pirueta era esta?, ¿a qué venían si conforme entraban se marchaban en muchos casos?
Las consecuencias de lo ocurrido son muchas y todas malas. Ceuta estaba luchando por hacerse un hueco en la captación de empresas, en las campañas turísticas, explotando el escaparate del fútbol. Vivía su momento más dulce como ciudad.
Durante este mes de agosto se ha parado todo. Fue una consecuencia directa de la acción de Marruecos, del socio fiable. Fue una consecuencia de la debilidad de un Gobierno de la Nación que sigue sin llamar a las cosas por su nombre, de una Europa que no ha reaccionado con una condena.
El escaparate que tenemos delante asusta, las soluciones también. Ante una frontera débil, España anuncia, de nuevo, reformas de espigones, medios, drones, cámaras…
Pero, ¿cómo podría parar un nuevo envío premeditado de miles de hombres, mujeres y niños?, ¿cómo afrontar una nueva Marcha Verde?, ¿hay medios para parar a una población fácilmente manipulable porque a lo que aspira es a abandonar un país en el que no hay futuro?
Hay claves que no se pueden pasar por alto, cómo líderes marroquíes han asomado la patita reivindicativa en un momento en el que Ceuta aspira a levantarse.
Ese día 30 corrió como la pólvora que las fronteras estaban abiertas y lo que hicieron los marroquíes fue abandonarlo todo. Taxistas que hacían sus carreras dejaron sus vehículos en la calle y se echaron a la ruta del espigón. Electricistas, carpinteros, dueños de comercios, jóvenes, hijas, madres, esposos… Cómo estarán en sus países cuando una simple llamada sirvió para dejarlo todo y cruzar con lo puesto. Esa es la población machacada por un rey a la que se le puede manipular con un simple mensaje trasladado de forma masiva, de voz a voz.
Marruecos puede mover todo eso. Lo hizo. En 2021 con más de 12.000 personas (nunca supimos el dato), en 2026 con 80.000 (tampoco sabremos el dato final).
¿Cómo reaccionan España y Europa ante esto? Ni un solo mensaje contundente contra quien usa a su pueblo para generar una convulsión política, para provocar una inestabilidad en un espacio que mueve mucho dinero y cuantiosos intereses.
Ante el ataque se ha respondido prácticamente con gratitud. Y entre uno y otro interés, demasiadas dudas, muchas incógnitas y una Ceuta herida de gravedad, directa a la UCI.
Mentiras, una crisis del PSOE a nivel local, un delegado del Gobierno señalado como el culpable de un conflicto que supera incluso el país y cuya cabeza se ha pedido en círculos socialistas.
La ciudad se presenta distinta, fantasma, con una sociedad que se mira con recelo, con miedos porque nada se sabe, porque no hay transparencia ni información.
Los ceutíes han salido a la calle con sus reclamos, sus exigencias, sus peticiones. Han movilizado el apoyo de otras ciudades de España que se manifestarán el próximo 2 de septiembre, han causado una reacción social, pero nada cambia. Si se atienden las reacciones públicas, las reclamaciones del Gobierno local apoyado por las distintas formaciones que constituyen la Asamblea, siempre son las mismas.
Se pide atención, implicación, soluciones, trámites rápidos para dar con todos los que entraron (no lo sabemos) y facilitar su devolución inmediata a Marruecos (para lo que hace falta una plantilla policial muy superior a la actual y garantías de que el país vecino aceptara a todos los expulsados y a los rechazados de asilo).
Se solicita la recuperación de las calles, de las barriadas, de la cierta tranquilidad desaparecida en una Ceuta en la que hasta el curso escolar se reiniciará con presencia del Ejército, normalizando lo que no lo es.
Cajeros cerrados por la tarde, familias recelosas con esa vuelta al colegio y mucho miedo por los elevados picos de delincuencia registrados. No son mensajes de asustaviejas, son realidades.
Juzgados desbordados, fuerzas de seguridad sin medios para tantas detenciones, cárceles llenas y obligadas a efectuar traslados de presos que ya han causado protestas en los centros peninsulares de por sí saturados. También denuncias tan graves como las relacionadas con las agresiones sexuales (ya 17) y menores cuya elevada presencia carga aún más la capacidad de asistencia y protección de la Ciudad Autónoma.
Un mes después de la entrada masiva las dudas son muchas. ¿Qué capacidad tendrá Ceuta para reaccionar ante este revés y permitir que su maquinaria siga trabajando sin problemas?, ¿cómo se podrá enmendar la imagen de inestabilidad ofrecida al exterior que se carga cualquier proyección turística y empresarial?, ¿cómo queda una sociedad que ha decidido echar raíces en Ceuta, vivir en ella, luchar por ella cuando ha recibido el mayor mazazo en lo emocional y en lo psicológico?
O, lo que todos se preguntan, ¿qué futuro tiene una Ceuta que no ha sido protegida por un Gobierno como debió hacerlo?, ¿una Ceuta que quedó parada, sin orden ni concierto mientras miles de personas la invadían?, ¿una Ceuta en la que hasta los mandos de Policía y Guardia Civil se peleaban en plena frontera sin un responsable superior que los controlara pusiera orden ante la mayor crisis vivida?, ¿qué se sabe y qué no de todo lo que sucedió, de las personas que entraron, de la capacidad de algunos por generar movimientos que causen inestabilidad en una ciudad española para beneficio de Marruecos?
Se nos queda una ciudad distinta, una ciudad convulsionada, débil, en la que intereses concretos pueden buscar remover aún más el río para dar con la ganancia de los pescadores, que dice el refrán.
El 30J es más que Ceuta. El 30J es la crónica de un chantaje en toda regla, de una partida de ajedrez jugada sin normas, sin control, sin cabeza y frente a un adversario cobarde.
El 30J es solo el inicio de un culebrón de hartazgo y debilidad. Es el grano en las posaderas para el que nadie estaba preparado. Es mucho más de lo que se ha contado, es mucho más que un grito, que una manifestación, que un gesto político.
Aquí se ha puesto en peligro la integridad territorial de un país que lejos de defenderse a los más altos niveles diplomáticos ha agachado la cabeza, ha agradecido que lo pisoteen y ha querido pasar esta página como una más de la historia. Pero no lo es. Se ha escrito la crónica de un chantaje tras el plante de Marruecos. Y se ha escrito la estocada directa a Pedro Sánchez.
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