El cierre de la prisión de Los Rosales, más que necesario debido a su antigüedad, deja cinco años después un nuevo centro penitenciario que sigue lejos de aprovecharse al máximo y un equipamiento clausurado que ni se ha demolido ni se ha perimetrado en condiciones.
Los vecinos del entorno localizaron ayer en su interior por sus propios medios (después de que un grupo de agentes de la Policía Nacional y el Cuerpo de Bomberos no lo lograse) el cuerpo sin vida de un hombre de 53 años al que su familia echaba en falta desde hace dos días.
Los residentes en las inmediaciones llevan tiempo exigiendo a las administraciones que como mínimo cierren de forma efectiva la infraestructura para evitar que sea usada como refugio improvisado de cualquier persona, para la comisión de cualquier acto delictivo o como escenario propio para algún accidente de mayores o menores.
La tragedia de ayer, sin aparente violencia de por medio, vuelve a poner en el ojo de la opinión pública la artrosis de las instituciones a la hora de gestionar determinados proyectos. No es el único esqueleto que ve pasar los años sin soluciones pese a la cantinela de la falta de suelo en la ciudad. Ahí está, por ejemplo, también el antiguo Hospital de la Cruz Roja.
Es necesario que el Estado y la Ciudad se hagan cargo con diligencia y responsabilidad de los inmuebles que abandonan y acelerar su reutilización (o la del suelo) acometiendo con agilidad iniciativas como a la que se va a dedicar el solar de la prisión de Los Rosales, un centro de acogida de niños.






