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Desarrollo sostenible: volver al sentido común

Por José Aureliano Martín
01/03/2026 - 07:42
planeta
Imagen de archivo
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Desde finales del siglo XX repetimos el concepto de “desarrollo sostenible” como si fuera un mantra incuestionable. El Informe Brundtland lo definió de manera sencilla: satisfacer las necesidades actuales sin perjudicar las de quienes vendrán después. Una idea razonable, casi de puro sentido común. Sin embargo, con el tiempo se ha convertido en una etiqueta tan usada que a menudo ha perdido contenido. Se recita en discursos políticos vacíos, se coloca en memorias institucionales y se invoca como excusa mientras seguimos haciendo lo de siempre.

Por eso conviene volver al origen, a los fundamentos que le daban sentido. Porque el desarrollo sostenible no nació para quedar bien, sino para recordar que hay límites. Límites planetarios, límites sociales y límites éticos. Y que ignorarlos tiene consecuencias.

Cuatro pilares que no deberíamos olvidar

El primer pilar es básico: la humanidad como sujeto de derechos. El desarrollo no consiste en crecer por crecer, sino en asegurar dignidad, bienestar y oportunidades reales para todas las personas. No es una variable económica, sino una condición humana.

El segundo pilar es incómodo para quienes siguen creyendo en la ficción del planeta infinito: los recursos naturales no se regeneran por decreto ni por fe en la tecnología. Actuar dentro de los límites ecológicos no es una opción ideológica, es una obligación física.

El tercero, la equidad, que nos obliga a pensar más allá del corto plazo y del propio ombligo. La justicia debe darse entre países, generaciones y también con el resto de especies. Difícil defender un modelo de progreso mientras agotamos, o expulsamos, la vida que nos sostiene.

El cuarto pilar recuerda que el objetivo del desarrollo no es producir más, sino vivir mejor. Salud, educación, participación social y un entorno sano son indicadores de progreso mucho más serios que cualquier cifra de PIB.

Estos principios deberían bastar para orientar las políticas públicas. Y, sin embargo, hay quien sigue negando lo más evidente: que la actividad humana tiene un impacto real sobre el clima y que el planeta tiene límites que ya estamos superando.

Cuando crecer ya no es progreso

Ante la parálisis de los discursos tradicionales, han surgido propuestas que van un paso más allá, como el decrecimiento sostenible. Defensores como Nicholas Georgescu Roegen o Serge Latouche argumentan que necesitamos estilos de vida más austeros, cooperativos y respetuosos con los ciclos naturales.

O el decrecimiento justo, promovido por autores como Jason Hickel, Carlos Taibo o Luis González Reyes. Esta propuesta no solo plantea reducir la escala de la economía, sino hacerlo de forma equitativa, garantizando que los beneficios y las cargas de la transición se repartan de manera justa. Incluye políticas como renta básica universal, reducción de la jornada laboral, fortalecimiento de servicios públicos o garantizar el derecho a la vivienda, siempre bajo criterios de justicia social y sostenibilidad ecológica.

No son ocurrencias marginales, sino respuestas a una crisis ecológica y social cada vez más profunda. Sus defensores plantean una idea tan sencilla como revolucionaria: reducir de manera planificada nuestra producción y consumo para volver a un equilibrio con los ecosistemas, poniendo por delante la justicia social y el bienestar colectivo.

El decrecimiento justo, en particular, aporta algo esencial: equidad en la transición. No se trata de que todo el mundo “consuma menos” por igual, sino de redistribuir recursos, garantizar derechos básicos, reforzar servicios públicos y asegurar que nadie queda atrás cuando cambiemos de rumbo. Es decir, que la transición ecológica sea realmente justa, y no un eslogan.

Un debate urgente

Llevamos años posponiendo este debate, como si todavía tuviéramos tiempo ilimitado para reaccionar. Pero la realidad, ambiental, social, climática, insiste en que no es así. Hablar de decrecimiento, de límites o de justicia no es pesimismo: es responsabilidad. Es asumir que el progreso del futuro no se parecerá al del pasado.

Volver a los pilares del desarrollo sostenible, o avanzar hacia propuestas más audaces como el decrecimiento justo, no es una provocación. Es, probablemente, la única forma sensata de encarar la transición ecológica sin renunciar a la dignidad humana.

Porque crecer sin medida ya no es progreso. Pero vivir mejor, dentro de los límites del planeta, todavía es posible.

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