Hace más de dos meses que no me asomaba por el mirador de Santo Matoso. He pasado el verano en Granada y a mi regreso no he tenido tiempo ni ánimo para pasear por la naturaleza.
El día está nuboso y ventoso. Sopla viento de levante, aunque cálido. Aprecio una luz especial en esta mañana sabatina. El viento mueve a gran velocidad las nubes, reconfigurando el panorama. Todo cambia en un instante. Las nubes se dirigen a la ciudad, dejando ver el celeste del cielo.
Yo estoy parapetado tras el redondeado saliente del mirador. Me protejo del viento que sopla con fuerza, hasta el punto de cimbrear mi cuerpo. Es una sensación agradable dejarse mecer por el viento. La naturaleza ofrece muestras de su fuerza.
La nave Ceuta resiste los envites del viento y de las olas. También lo hace frente a la entrada masiva de miles de inmigrantes. Ceuta es una joya que muchos han deseado y desean, si bien son pocos los que conocen su verdadero valor. Su sutil voz es apenas audible. Hay que sumergirse en el silencio para escuchar lo que tiene que decirnos su espíritu latente.
Esta mañana escucho su mensaje de dolor y sufrimiento. Su naturaleza, su cuerpo, está siendo ultrajado y su carácter sagrado profanado. A comienzos de año, sentado junto al Viejo Sabio, escuché un grito procedente de la naturaleza. Era un lamento estremecedor, similar al que anunció la muerte del dios Pan en tiempos del emperador Tiberio. Entonces no entendí su significado. Poco después llegaron las fuertes borrascas que derribaron muchos árboles, entre ellos al Viejo Sabio. Ahora, tras la invasión de finales de julio, he vuelto a recordar aquel grito del “genius loci” de Ceuta.
Siento que el espíritu de Ceuta se ha cansado de hablar y que nadie le escuche. Se ha contagiado de la tristeza de los ceutíes y guarda la esperanza de que, algún día, la unión del pueblo de Ceuta logre revitalizarlo.
La invasión es el último eslabón de una sucesiva cadena de maltratos a su fisonomía. En la expansión urbana de la ciudad no se ha respetado su arquitectura vernácula, ni su patrimonio arqueológico hasta décadas recientes. Su patrimonio arquitectónico ha sido aniquilado en el centro histórico, sus montes arrasados por los incendios, su litoral colmatado de basura y una parte de su patrimonio arqueológico subacuático expoliado. Lo peor de todo ha sido el olvido del carácter sagrado de este lugar y su condición de cuna de la sabiduría y manantial del agua de la vida. Pocos prestan atención a la diversidad de formas de vida que habitan Ceuta, la sobrevuelan o frecuentan las aguas que la rodean. Se ha perdido la memoria del bosque sagrado al que se acercaban los navegantes en la antigüedad para presentar ofrendas a los dioses que custodiaban la puerta flanqueada por las columnas de Hércules.
En general, se ha perdido la dimensión sagrada de la vida, reducida a un mero subsistir y engorde del ego, lo que lleva a un arrinconamiento del alma. Sin el componente trascendente el ser humano se convierte en un ser insignificante y fútil, que no deja de degradarse hasta decaer en un despojo animal. ¿Cómo podemos frenar y revertir la degradación del ser humano? Solo encuentro una respuesta: enriqueciendo la vida interior y, por tanto, nutriendo al alma. Como escribió Carl Gustav Jung, la naturaleza es el alimento nutritivo del alma. Es en la naturaleza donde se despiertan nuestros sentidos y experimentamos emociones profundas que nos conectan con los aspectos más elevados de la existencia humana. Si seguimos los “senderos” de la naturaleza estamos más cerca de lograr una vida interior plena que nos eleve desde el plano del pensamiento al de los hechos. La espiritualidad, la filosofía, la poesía, el amor, la sabiduría, el arte y la poesía son las que aportan sentido y significado a la vida. En sentido contrario, la ausencia de estos elementos condena al ser humano al empobrecimiento del mundo de adentro, a la tristeza, a la enfermedad y la desesperación. A este respecto, escribió Henry David Thoreau, que “la mayoría de los hombres lleva vidas de tranquila desesperación. Lo que se llama resignación es desesperación confirmada”.
No podemos resignarnos a vivir una vida no vivida. Esta idea fue la principal motivación para la decisión adoptada por Thoreau para construirse una cabaña junto al lago Walden (Concord, Massachusetts) y pasar allí dos años, dos meses y dos días. Tal y como confiesa en su obra “Walden”, “fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera la vida, pues vivir es caro, ni quería practicar la resignación a menos que fuera completamente necesario”.
Pienso que no debemos resignarnos a una existencia en un mundo destruido por la codicia de unos pocos, ni tampoco conformarnos con trabajos sin sentido y una creciente precariedad laboral. Resulta muy difícil acceder a una vivienda y un puesto de trabajo estable y bien remunerado, sobre todo para los más jóvenes y, en especial, para los que viven en países subdesarrollados. La falta de oportunidades les empuja a emigrar, aunque ello suponga jugarse la vida. Por su parte, los que viven en países con mayor nivel económico, están dominados por el grosero materialismo y el consumismo alentados por la publicidad. Muchos han perdido interés por los estudios y adoptan conductas disruptivas en las aulas. Es la manera de las nuevas generaciones de expresar la desesperación y la resignación ante un futuro incierto.
Tal y como expresó la psicoanalista Marie Louise Von Franz, “hace mucho tiempo que la humanidad ha entrado en una fase de ocaso y decadencia y necesitamos encontrar una renovación o será el fin. Esa renovación solo podrá ser posible si recuperamos un contacto positivo con ese fondo creativo originario del inconsciente y con los sueños. Son nuestras raíces. Un árbol solo puede renovarse a partir de sus raíces. Por tanto, debemos dirigirnos de nuevo a nuestras raíces espirituales interiores, porque en ellas encontrarán las únicas propuestas constructivas para solucionar nuestros enormes dilemas”.
No es casual que mi principal referente intelectual, Lewis Mumford, escribirá una de serie de cuatro libros titulada “la renovación de la vida”. En el prefacio de la obra con la que daba fin a esta colección, “The conduct of life” (1951), Mumford afirmaba que los cambios en el mundo habían ido a peor, sin embargo, apuntaba que “si los males que ahora amenazan a la humanidad son más espantosos que nunca, la recompensa por enfrentarlos y superarlos promete ser también mayor. Cuando se liberó el contenido letal de la “Caja de Pandora”, los dioses, compadeciéndose del ser humano, le dejaron un regalo que le permitiría sobrevivir a cualquier plaga natural o maldad humana: la esperanza”.
No podemos caer en la desesperación ni resignarnos, tenemos que luchar y prepararnos para la renovación de la vida. Las raíces de nuestra civilización son la bondad, la búsqueda de la verdad y el cultivo de la creatividad, que dieron, como fruto, al ser humano equilibrado. Sus virtudes fueron la sabiduría, el valor, la templanza y la justicia. Ahora, más que nunca, necesitamos, para hacer frente a situaciones tan complejas como la que estamos sufriendo en Ceuta, sabiduría para obtener una correcta visión de la naturaleza esencial de los acontecimientos; valor para afrontar las consecuencias de la invasión y reclamar su resolución; templanza para controlar nuestras emociones y no dejarnos arrastrar por el odio y la violencia; y justicia para respetar la dignidad humana y, al mismo tiempo, exigir el cumplimiento de la ley o su modificación cuando sea necesario. Las leyes dejan de ser justas cuando su aplicación supone condenar a un pueblo, como el de Ceuta, a una insostenibilidad presión sobre su medioambiente, su economía y la seguridad de sus gentes. La esperanza, por si sola, no resuelve los problemas. Es una actitud positiva basada en la capacidad del ser humano para superar los retos a los que se enfrenta con voluntad, trabajo y perseverancia. No podemos rendirnos ni caer en la resignación. Estoy seguro de que los ceutíes vamos a superar esta difícil situación en la que nos encontramos y saldremos fortalecidos como pueblo.
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