No. No lo debemos permitir. Simplemente por dignidad, por respeto a nuestra tierra, por demostración de que la queremos pura, no transformada en una especie de oasis fantasmagórico que amanece cada día sin control. La degradación llega por episodios, no me gusta. No quiero que los barrios terminen siendo una especie de alocados puzzles que los convierten en irreconocibles. No quiero que la ocupación por sistema termine destrozando el monte. No quiero que los irrespetuosos con las normas hagan lo que quieran con nuestra ciudad. Y a todo esto nadie le ponga freno, porque hacerlo significa adoptar medidas efectivas y no regalarnos los oídos con mensajes vacíos.
Camino hacia la frontera topando con construcciones ilegales, con aparcamientos construidos por la cara, con vertederos incontrolados, con explanadas que van dando acogida a edificaciones que luego será complicado derribar. Camino hacia las viviendas que fueron entregadas en la primera fase de Loma Colmenar y que asoman transformadas en lo que cada uno ha querido a pesar de las supuestas advertencias de Emvicesa. Ventanas que rompen paredes, patios construidos sobre espacios comunes... ¿se acuerdan de aquella visita de la cúpula de Fomento en plan sheriff para evitar precisamente lo que hoy existe? Yo la recuerdo perfectamente, como también esa pretendida lucha contra los asentamientos fantasma, contra la ocupación masiva, contra la construcción descontrolada que termina haciéndose dueña de lo común mientras los vecinos ni siquiera saben quiénes se les están metiendo en casa.
Y si yo lo veo y si usted lo ve y si las autoridades dicen que luchan contra esto... ¿cómo es que la bola cada vez es mayor?, ¿cómo es que permitimos que en una misma ciudad crezcan dos monstruos?, ¿por qué tengo que sentirme distinta paseando por La Marina que haciéndolo por la Almadraba o Juan XXIII?, ¿nos niegan que existan dos ciudades cuando hay barriadas que están perdiendo lo que tenían para perderse en un vacío que asusta? La degradación avanza, parece que tiene enormes ganas de comerse un trozo de una Ceuta rica en tantas cosas pero a su vez tan mancillada que a una le da por pensar en lo que no debe, en esos razonamientos que anidan cuando no caben más explicaciones... No es tan difícil. No debe serlo. Interés lo llaman.





