Dicen los nórdicos que a un europeo del sur, de los de la cuenca mediterránea, se le puede detectar a leguas por su desprecio hacia lo público.
Lo que es de todos, lo que se sufraga con los impuestos comunes y administra el Estado, no es de nadie según ese particular esquema mental, así que puede derrocharse, infrautilizarse o, llevado al extremo, robarse. En esta ciudad hay síntomas a la vuelta de cada esquina: arden contenedores, desaparecen arquetas, se falsifican identidades para abaratar el coste del billete del barco, se trafica con recetas, se infla el padrón para acogerse a beneficios sociales a los que no se tiene derecho... El dinero de todos no duele porque aparenta ser siempre de otro. Algo parecido debe de haber pasado por la mente de quienes en los últimos cinco años, desde que se inauguró el Hospital Universitario, han salido por sus pasillos con alguno de los 44 televisores robados bajo el brazo. Pero no sólo eso: el Ingesa reconoce y lamenta que del centro sanitario han desaparecido en los últimos tiempos desde mandos a distancia hasta teléfonos y, lo que resulta más sorprendente, incluso un monitor de los equipos médicos para ser colocado en el mercado negro. La dirección considera “triste” el perjuicio para los propios usuarios. Quizás no sólo hay que lamentarlo sino que poner, además, las medidas para evitarlo.
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