Hoy por la mañana, a las siete, Helen Lieberman dejará Ceuta y pondrá rumbo a su casa. Uno de los puntos más lejanos que se pueden encontrar en este continente africano de la ciudad en la que ha permanecido desde el martes.
“Han sido cinco días inolvidables. No hay palabras para mostrar mi agradecimiento, y tampoco va a ser nada fácil explicar lo que he vivido”, aseguraba una emocionada premiada a la que aún le costaba creerse el “generoso premio”.
Han sido cinco días en los que el matrimonio Lieberman (Helen acudió acompañada de su marido, Michael), no ha parado. Ha visitado Ceuta, ha pasado por los templos de las diferentes religiones que conviven en esta ciudad, ha pasado por Marruecos, ha posado para el calendario de la asociación de Síndrome de Down, e incluso le ha dado tiempo para celebrar la fiesta judía del Sukot. “Cuando vuelva, contaré a todo el mundo lo que he visto aquí. La gente pasea con naturalidad, viven sin importar la religión o la cultura, y es un gran ejemplo. No hay palabras para describir lo que he visto, pero intentaré transmitir lo mejor que pueda una vez esté allí”, aseguró la premiada en la duodécima edición del Premio Convivencia, la correspondiente al año 2010.
Un premio, en palabras del propio Dominique Lapierre, a una “heroína del amor”, como decía en la carta que envió a la Fundación excusando su ausencia, ya que se encuentra en la India. Lapierre dedicó la mitad de su último libro a Lieberman, y en él contaba varios de los episodios que han marcado la vida de esta activista de los derechos humanos. “Vamos a acercarnos a la admirable labor de Helen, en una ciudad preciosa, hace cincuenta años, donde se encontraba la dictadura más monstruosa de los blancos para imponer su poder a la población de color”.
Lieberman recibió el galardón de manos del presidente de la Ciudad, Juan Jesús Vivas Lara, visiblemente emocionada. Emocionada, también, por los elogios que le dedicaron en un acto donde ella era el centro de atención, muy a su pesar porque lo que Lieberman hubiera deseado es que en vez de su nombre figurara el de la ONG que fundó, Ikamva Labantu. Quizás por eso, en su discurso, tuvo recuerdos para dos de las personas que trabajan en la fundación: Florence y Tutu, dos ‘mamas’, mujeres que actúan de facto como líderes de las comunidades, y que se ocupan de los niños, de su educación, de su comida, de su sanidad (la versión masculina es ‘tata’). El Salón del Trono del Palacio de la Asamblea, lleno al completo, acogió también un pequeño video en el que se apreciaba parte de la labor que se realiza en la fundación, y que se proyectó para explicar qué es lo que se premia.
Por su parte, Vivas se desprendió en elogios hacia la Premio Convivencia de este año. “Helen es un lujo para la humanidad”, aseguró, entre otras muchas cosas. “Además, cautiva y enamora porque tiene la virtud de la humildad, me decía que el mérito no está en ella, sino en las otras personas. Está comprobado que cuanta más categoría humana, la persona es más sencilla”, añadió también el presidente durante su discurso.
El público invitado al acto, en el que había representantes de todas las comunidades de Ceuta, irrumpió en aplausos para todos. Pero aún más para la premiada, que vio su discurso cortado varias veces al final de su intervención, cuando lo que había escrito sobre el papel en Ciudad del Cabo se agotó y comenzó a relatar su experiencia en Ceuta. Si sólo hubiera hablado ella, hubiera parecido por momentos que el galardón tenía que ser para la ciudad y sus gentes, en las que ella vio ese valor, el de la convivencia, que identificó con una palabra muy arraigada en África, ‘ubuntu’. “Es un concepto africano que refleja la humanidad, que hace énfasis en el hecho de que todos estamos interrelacionados mediante la comunidad y la compasión, actos de dar o compartir sin esperar nada a cambio”.
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