Vertiginoso y efectistamente efectivo, como se espera de un trabajo de este pelaje, Gilroy conecta con el espectador desde la óptica de unos protagonistas siempre al límite e injustamente perseguidos por la sombra del enemigo, que sigue siendo el propio gobierno que tras el fiasco Bourne y el temor de que todo el tinglado salga a la luz pública, decide cerrar el telón llevándose por delante a sufridos y leales agentes a los que considera “daños colaterales”. Pero, claro está, uno de ellos lucha más de lo esperado por escapar del poco saludable desenlace y emprende una huída acompañado por una doctora igualmente amenazada que en realidad sabe demasiado simplemente por pillarle por allí (convincente y elegante Rachel Weisz argumentando desde su papel de genetista que las intelectuales con cara bonita existen, y quedan mejor que las florero en casi cualquier cinta).
Inconfundible música de James Newton Howard y desmesura en los efectos sonoros (para lo bueno y también para lo malo, que dos butacas hacia la izquierda de la mía había un tipo que se tapaba los oídos por el estruendo cada vez que la traca se animaba) aderezan una película refrescante, con menos acción y más tensión de la esperada (aunque hay una persecución marca de la casa que hace honor a lo que suele proponer la firma y hace odiar hasta la saciedad al perseguidor por pesado) que bien vale para hacer una pausa de la realidad en sus vidas.
Definitivamente, James Bond tiene que luchar encarnizadamente con feroces competidores como Jason Bourne o, en este caso, Aaron Cross para no caer en el anacronismo. Y ya se sabe que cuando no hay monopolio es el consumidor el que suele salir ganando…






