Mi madre es mi patria, mi bandera, mi segunda piel. Mi madre es, como todas las madres, un cordón umbilical, unas manos que te acarician el alma, una mirada con el lenguaje de las pupilas, un gesto que entiendes, un silencio que habla, un mapa de viajes surcados en cada arruga de un cuerpo infinito.
Ahora, cuando llega el momento del cuidado, entiendes a tantos miles de cuidadores anónimos que trabajan sin reconocimiento social, sin pagas, sin estar dados de alta, sin vacaciones, sin derecho a cotizar, sin nada.
Miles de mujeres que cuidan, miles de hombres, miles de hijos. No es su oficio pero la vida los requiere, la conciencia levanta las compuertas del amor, de la esperanza sin esperanza, de la vida que se marcha en una lentitud eterna que dura meses, años como si fueran siglos.
Ahí están ellas y ellos; fuertes, valientes, eficaces, sin desfallecer, durmiendo despiertos, descansando mientras velan el sueño de la persona a la que cuidan.
Estos veranos los he dedicado a pepa, de 88 años, frágil, olvidadiza, desorientada, desubicada en el tiempo en el que bailan a su antojo días, meses, semanas y años.
Disfruto cada instante, cada oportunidad de ayudarla en lo que puedo: comida, recados, aseo, acostarla, desayunar con ella., prepararle la leche con canela y limón que absorbe lentamente con una pajita de plástico.
Mi oído se agudiza por la noche cuando me llama al sentir sus pasos silenciosos, su voz ténue y entrecortada. Compruebo que está abrazada a morfeo, oigo su respiración y salgo como si andara por el aire sin tocar el suelo para no despertarla, como una serpiente sigilosa arrastrando su cuerpo.
"Ahí están ellas y ellos; fuertes, valientes, eficaces, sin desfallecer, durmiendo despiertos, descansando mientras velan el sueño de la persona a la que cuidan"
En casa somos un equipo: mi hermana, mi hermano y yo. Nos organizamos sin negociar horarios, ni jornadas, ni días libres. Cada uno sabe qué tiene que hacer sin preguntarnos sin pronunciar el “ te toca a tí”.
Todos envejecemos con los ancianos y en ellos vemos un futuro cierto de nosotros mismos. ¿Cómo afrontaremos esta etapa? Uno no piensa en eso, tenemos que caminar, que seguir, que saborear, que conquistar la felicidad de las pequeñas cosas.
Ahí están, las invisibles, porque casi siempre son mujeres, heroínas sin premios, luchadoras en batallas en la que la derrotaa está anunciada aunque la dignidad son los laureles de la victoria.
Pienso en los enfermos de Alzheimer, en los que padecen ELA, en enfermedades degenerativas, en los que están postrados observados por la muerte.
Deberíamos pensar en ellas: desaparecidas, que no cuentan, que no son ni números en una estadística, que tragan saliva pero siguen adelante. Están, son, existen, aunque no sean noticia, aunque sean anónimas.
Leo los protocolos de la Vergüenza en las residencias de la Comunidad de Madrid y entiendo que corremos el peligro de convertirnos en bestias, aunque ,en la naturaleza, las bestias cuidan a sus bestias.
Va por vosotras...y cuando suene el cañonazo de las 12 pensar que sois la sal de la vida, aunque llegue la muerte tan temprano, como decía Miguel Hernández.
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