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Un cuento inacabado (capítulo II): La Navidad que no fue

Por Ícaro
10/10/2026 - 14:02
Un cuento inacabado (capítulo II): La Navidad que no fue
Foto: Quino
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Llegó la navidad.

O, al menos, eso creyó la familia.

La casa estaba en silencio.

No era un silencio de esos agradables que acompañan a las noches de invierno, cuando el viento silba, hace frío y dentro de la casa se está caliente, esperando la llegada de la navidad.

Era otro silencio.

Un silencio triste.

Un silencio lleno de recuerdos.

Fuera hacía frío y el cielo estaba cubierto de nubes grises. Lo normal en esa época, reinaba el viento del este como todos los años. Pero en otros años, aquellas fechas habían sido motivo de alegría. La casa se llenaba de luces, los niños ayudaban a colocar el árbol y el padre sacaba de una caja vieja los adornos que habían pertenecido al abuelo.

Pero este año era diferente:

Nadie tenía ganas de celebrar nada.

No había luces en las ventanas.

No había preparativos.

No había alegría.

Faltaba lo más importante:

La ilusión.

La tranquilidad.

La esperanza.

Sin embargo, en una esquina del salón brillaba un árbol adornado de mala gana. Los niños, jugando a la navidad…

Aquella siempre había sido una época para celebrar.

Pero nadie tenía ganas de hacerlo.

La familia permanecía reunida en el salón, mirando hacia el jardín.

El jardín ya no parecía suyo.

Y, sin embargo, todos sabían que lo era.

Entonces a lo lejos, les llegó un rumor que les recordó a un villancico…

Todos quedaron callados.

Aquel rumor les retrotraía a tiempos pasados…

—Un villancico…, ¿Os acordáis de cómo eran las Navidades antes?

Los niños se miraron.

El padre sonrió débilmente.

—Claro, ¡cómo no vamos a acordarnos!

Y, durante unos instantes, ninguno habló.

Porque todos sabían que recordar podía ser hermoso.

Pero aquella noche también podía doler.

Porque hubo un tiempo en que la Navidad comenzaba para ellos mucho antes de Nochebuena.

Comenzaba cuando sacaban las cajas del armario.

Cuando aparecían las luces.

Cuando la abuela, después la madre, empezaban a preparar los dulces.

Cuando los niños preguntaban cuánto faltaba para que llegaran los regalos.

Comenzaba cuando todos se apresuraban a adornar la casa y colocaban luces en el jardín.

Una reunión familiar.

Una comida.

Una conversación.

Una persona que ya no estaba.

Una risa.

Una fotografía con la familia.

Una fotografía con los regalos.

El padre recordaba especialmente una Navidad de hacía muchos años, cuando los niños eran pequeños. Sonrió al recordarlo.

—Éramos felices.

La madre lo miró.

—Seguimos siendo una familia.

—Sí.

El padre volvió a mirar por la ventana.

—Pero ya no somos felices de la misma manera.

El padre miró el calendario.

—Ha pasado medio año —murmuró.

La madre no contestó.

Medio año desde aquel día de verano.

Medio año desde que todo había comenzado.

 

Y entonces al padre le vino a la memoria cómo fue el principio.

Recordó aquella mañana calurosa en la que, después de otra noche sin dormir, salió a la entrada.

Allí estaba el cartel.

«Esta casa es de todos».

Lo había colocado una de aquellas organizaciones que habían llegado diciendo que venían a ayudar.

Entonces se dirigió hacia él.

Llevaba un bote de pintura. Iba a cambiar el cartel.

Borró las palabras «de todos» , y escribió en su lugar «nuestra».

Miró con orgullo el resultado, ahora el cartel ponía: «ESTA CASA ES NUESTRA».

No fue una gran revolución.

No hubo música.

No hubo discursos.

Solo un hombre cansado que, después de semanas viendo cómo su hogar se convertía en algo que ya no reconocía, había decidido recordar en voz alta una cosa que parecía haberse olvidado.

Que aquel lugar tenía dueño.

Que aquella familia tenía derechos.

Que ayudar a alguien no podía significar destruir la vida de otro.

El cambio del cartel provocó una reacción inmediata.

Durante días se organizaron protestas.

Después manifestaciones.

Llegaron pancartas.

Megáfonos.

Cámaras.

Personas que gritaban desde la carretera.

Pronto los vecinos acudieron a ayudarles.

Porque cuando los vecinos se enteraron de lo que había ocurrido, muchos acudieron a la casa.

Les ocurrió a ellos porque era la casa más cercana a Kóram, la tierra de donde procedían la mayoría de los invasores.

Pero le podía haber pasado a cualquiera.

Unos llamaron por teléfono.

Otros se acercaron personalmente.

Algunos ni siquiera conocían demasiado bien a la familia, pero habían visto lo ocurrido y comprendían que aquello podía haberle pasado a cualquiera de ellos.

—No estáis solos —les dijo uno de ellos.

—Esto no puede quedar así —dijo otro.

—Tenéis todo nuestro apoyo.

Durante las primeras semanas, la puerta de la casa estuvo más concurrida que nunca.

Los vecinos preguntaban cómo estaban.

Se interesaban por los niños.

Querían saber qué habían dicho las autoridades.

Y otros, simplemente, estuvieron allí.

Aquello significó mucho para la familia.

Porque cuando uno siente que todo el mundo le da la espalda, descubrir que alguien está dispuesto a permanecer a su lado, y luchar con él, puede devolverle una parte de la esperanza.

Llevaban pancartas con ellos.

Hicieron camisetas con la fotografía de su casa.

Hicieron lemas que coreaban al unísono en las protestas. —¡¡¡ESTA FAMILIA NUNCA SE RINDE!!!—

Organizaron grandes protestas.

No importaba si alguien los escuchaba, si alguien les hacía caso. Estaban luchando por algo justo.

Sin embargo, otros, que vinieron de lejos al enterarse de lo sucedido, pedían que la familia abandonara la casa.

—¡La casa es de todos!

—¡Nadie puede apropiarse de un espacio que necesita la gente!

—¡Hay que ser solidarios!

El padre escuchaba desde detrás de la ventana.

A veces salía y explicaba tranquilamente lo mismo.

—No queremos que nadie pase hambre. No queremos que nadie duerma en la calle. Pero esta es nuestra casa. Hemos trabajado para tenerla. Queremos vivir en ella.

Incluso, intentó hablar con los asaltantes. Pensó que les podría ayudar y enseñarles cómo lograr construir y cuidar una casa como aquella en el lugar de donde ellos provenían. Era cosa de años, quizás de generaciones, requería de mucho esfuerzo y trabajo, pero lograrían el bienestar para todos sus sucesores.

Pero pronto le quedó claro que ellos no querían trabajar para lograr un porvenir en su tierra. Querían una parte del porvenir que sus antepasados lograron para su familia.

Trató de disuadirles de que eso no podía ser. No era suyo. Moralmente no podía disponer de ello libremente. Era la herencia que recibió del abuelo para que lo mejorase y se lo dejase a sus hijos. Durante generaciones habían trabajado para construir lo que ahora representaba.

Además, estaban las organizaciones. Habían tomado partido incluso antes de conocer la realidad. Vivían de eso. Aconsejaban a los intrusos sobre qué hacer para poder permanecer en su casa. Cada vez que salía a hablar con ellos, procuraban estar presentes, grababan todo lo que decía. Siempre intentaban manipular la situación a su favor, llegando a acusarle de querer coaccionarles, entre otras cosas peores.

Tuvo que desistir de esa idea. Aquello era algo inmediato, ya lo estaban  disfrutando. Estaban bien atendidos  y alimentados, sin hacer nada a cambio… ¿qué los iba a animar a marcharse?

 

Aún recuerda la última conversación que tuvo con el ministro «encargado»:

—Tiene que comprender la situación.

—La comprendo —respondía él.

—Hay personas que necesitan ayuda.

—También lo sé, ayúdenles a volver a su tierra.

—Hay niños.

—También lo sé, soy padre, tengo hijos. Ayúdenles a volver con sus padres.

—Tenemos que ser solidarios.

—Lo somos.

—Entonces tiene que colaborar.

Y el padre replicó:

—Yo solo quiero recuperar mi casa, les pido que hagan lo necesario, los asaltantes se tienen que ir.

—lo haremos, pero tienen que comprender, hay que hacerlo según las leyes.

—Ustedes no hacen nada. Aparecen de vez en cuando con sus discursos y promesas. Eso sí, se hacen muchas fotos para salir en las noticias y aparentar que hacen algo. Pero los han instalado cómodamente en mi jardín. Solo los cuentan y recuentan todos los días. Los visten, los alimentan, y los dejan deambular todo el día por mi casa. ¿Cómo van a conseguir que se marchen?

El ministro levantó el dedo índice, amenazante, pero el padre sin dejarle contestar continuó:

—Hace más de dos meses que repiten que van a cumplir las leyes, pero sus leyes, están siendo utilizadas por los asaltantes de mi casa para permanecer aquí. Las leyes no sirven si solo protegen a los delincuentes y dejan indefensas a las víctimas, las leyes no sirven si no protegen a los ciudadanos. ¡cámbienlas!

—LES ESTOY PIDIENDO QUE HAGAN JUSTICIA.

—¡Cuidado, eso es un discurso de odio! —Dijo el ministro—También tenemos leyes para eso. —y se marchó—

Aquello le hizo enmudecer. Resulta que queriendo recuperar su vida estaba cometiendo un delito.

La familia empezó a comprender que su problema se estaba convirtiendo en un problema incómodo.

Y los problemas incómodos, cuando dejan de ser noticia, suelen desaparecer de las conversaciones.

Aunque no desaparezcan de la vida de quienes los sufren.

 

Un día se percató de que algunos de los primeros ocupantes se habían marchado.

Unos habían vuelto a su tierra.

Otros habían seguido su camino hacia otras casas.

Pero los que permanecieron en su jardín eran, precisamente, los más conflictivos.

Los más escandalosos.

Los más peligrosos.

Los que rompían cosas.

Los que pasaban borrachos todo el día.

Los que gritaban hasta altas horas de la noche.

Los que habían convertido el sonido de las sirenas en la banda sonora de sus vidas.

Los que organizaban peleas, y hacían cosas aún peores que no se pueden escribir en un cuento.

Los que habían comprendido que nadie parecía dispuesto a obligarles a que se marcharan.

Y junto a ellos seguían las organizaciones que habían venido a ayudar-les.

Aquellas organizaciones defendían ahora que la familia tenía la obligación de atender a quienes ocupaban su jardín.

—Hay niños —decían.

Y era verdad.

Había niños.

El padre los veía jugar.

Algunos eran pequeños, otros parecían mayores y se dedicaban a fumar y hacer cosas impropias para su edad. Ninguno tenía culpa de la situación.

Cuando los veía, sentía pena.

—Esos niños no tienen la culpa —decía la madre.

—Ya lo sé.

—Entonces debemos hacer algo.

—Sí.

—¿Qué?

El padre miraba alrededor.

Miraba su jardín.

Su casa.

A sus propios hijos.

Y no sabía qué responder.

Porque ayudar a aquellos niños era una cosa.

Aceptar que para hacerlo hubiese que sacrificar a los suyos era otra.

Porque sus hijos llevaban meses sin poder salir tranquilos de casa.

 

Las autoridades, sin embargo, parecían haber encontrado una respuesta sencilla.

La culpa era de la familia.

—No han colaborado lo suficiente.

—No han facilitado las cosas.

—Deberían haber mostrado más solidaridad.

Aquellas palabras dolían.

Mucho.

Porque nadie parecía recordar que aquella era su casa.

Nadie preguntaba quién había trabajado durante años para construirla.

Nadie preguntaba quién la había mantenido.

Nadie preguntaba quién dormía cada noche escuchando golpes, gritos y discusiones…y el eterno sonido de las sirenas.

Nadie preguntaba cómo se sentían los niños de la familia al ver sus juguetes rotos, y sin poder jugar en su jardín.

Nadie preguntaba a la madre qué sentía cuando veía sus rosales arrancados.

Nadie preguntaba al padre qué pensaba cuando veía la piscina que había construido con tanto esfuerzo convertida en algo irreconocible.

Había lugares de la casa que habían dejado de utilizar porque mirar hacia fuera resultaba demasiado doloroso.

 

Una mañana, decidieron que volverían a la normalidad, que seguirían haciendo su vida. Volverían a andar por toda su casa.

El padre decidió arreglar el jardín.

No porque hubiera renunciado.

Precisamente, por lo contrario.

—Esta sigue siendo nuestra casa —dijo—. Y mientras siga siéndolo, vamos a cuidarla.

El agua estaba sucia.

Había hojas, tierra y todo tipo de desperdicios.

Los niños ayudaron desde la orilla.

La madre limpió parte del jardín.

El padre reparó una zona de la valla.

Durante horas recuperaron algo que parecía perdido.

Pero al momento volvieron a ocuparlo.

Habían limpiado un rincón y alguien apareció inmediatamente para utilizarlo.

Arreglaron una parte del jardín y volvieron a instalarse allí.

Limpiaron la piscina, e inmediatamente volvieron a bañarse vestidos.

Parecía que cuanto más intentaban recuperar su casa, más personas aparecían para ocupar aquello que habían conseguido arreglar.

Los niños trataron de volver a la normalidad y salir a jugar al jardín. Pero era inevitable sentir un vuelco en el corazón cuando cerca empezaban las riñas que acababan en cruentas peleas.

Era inevitable sentir un vuelco en el corazón, cuando la niña salía, y sobre su cuerpo infantil, en el que la pubertad ya pugnaba por asomar, se posaban miradas «inquietantes», por decirlo de manera suave.

 

Pero el tiempo tiene una curiosa manera de cambiar las cosas.

Pasaron semanas.

Poco a poco, aquello dejó de ser noticia.

La gente se acostumbró.

Ese fue quizá el golpe más duro.

Porque lo extraordinario dejó de parecer extraordinario. Lo injusto empezó a convertirse en normal.

La familia también comenzó a desaparecer de las conversaciones.

Ya no se hablaba de ellos.

Ya no eran noticia.

Ya no eran aquella familia cuya desgracia había llenado periódicos y televisiones.

Simplemente estaban allí.

Viviendo.

O intentando vivir.

Al principio, los periodistas acudían todos los días.

Hacían cola para hablar con ellos.

Después cada vez vinieron menos.

Ahora ya no venía ninguno.

Los políticos también fueron desapareciendo.

Al principio acudían muchos.

Se hacían fotografías.

Pronunciaban discursos.

Prometían soluciones.

Después dejaron de venir.

También los vecinos comenzaron a tener sus propios problemas.

Al principio preguntaban:

—¿Cómo estáis?

Después:

—¿Se sabe algo?

Más tarde:

—¿Todavía sigue aquello?

Y finalmente dejaron de preguntar.

No porque hubieran dejado de querer a la familia.

Simplemente porque la costumbre había hecho su trabajo.

Aquello que al principio parecía extraordinario empezó a formar parte del paisaje.

 

Una tarde, uno de los vecinos pasó junto a la casa.

El padre estaba arreglando una parte de la valla.

—Hola —dijo el vecino.

—Hola.

El vecino miró el jardín.

—¿Todavía están ahí?

El padre levantó la cabeza.

—Sí.

 

El vecino hizo un gesto de resignación.

—Bueno… a ver si algún día se arregla.

 

—Papá —preguntó uno de los niños—, ¿por qué ya no vienen los vecinos?

El padre pensó un instante.

—Porque el tiempo pasa.

—¿Y se han olvidado?

La madre respondió:

—Un poco, supongo que hay otros problemas que reclaman su atención.

El niño miró hacia la ventana.

—Pero nosotros no podemos olvidarnos.

El padre sintió un nudo en la garganta.

—No.

—¿Por qué?

—Porque esta es nuestra casa.

 

Ahora las cámaras se van.

Los políticos se van.

Los asaltantes se quedan.

 

El padre llegó a preguntarse si alguna vez habían estado allí de verdad.

 

Pasó además, que casualmente se habían organizado disturbios en Dirdam, (la capital), que debidamente alentados por algunos políticos, habían reclamado la atención de los vecinos, de los periodistas…, y que constituyó una excusa perfecta para los políticos, que encontraron otro tema nuevo en el que enzarzarse.

Políticos, que ahora sí, se pusieron a la carrera a cambiar algunas leyes. No quedaba claro si para apaciguar a los revoltosos, para lograr extender una cortina de humo sobre ese problema incómodo que, desde una esquina del territorio llevaba semanas molestándoles, o quizá para tener otra excusa para dividir las opiniones y polarizar a los vecinos.

Sea lo que fuere, también esto puso aún más énfasis para que ellos pasaran para muchos, a un segundo plano —por suerte otros muchos permanecieron a su lado—.

Sólo las frecuentes fechorías de los asaltantes les hacía aparecer en las noticias.

 

Y la familia quedó cada vez más sola.

Hasta que llegó la Navidad.

Aquella Navidad.

La Navidad más triste que habían conocido.

Fuera, en otras casas las luces brillaban.

Las calles estaban llenas de gente.

En otras casas se preparaban cenas.

Se escuchaban villancicos.

Los niños esperaban regalos.

Pero en aquella casa nadie celebraba nada.

 

Desde la ventana veían a los asaltantes.

Ahora estaban bien aposentados.

Y también celebraban.

Celebraban como si nada hubiera ocurrido.

Algunos cantaban.

Otros reían.

Otros vagaban por el jardín.

De vez en cuando comenzaba una discusión.

Después una pelea.

A veces rompían algo.

Gritos.

Sonaba una sirena.

Se veía una luz azul.

Y después volvían a reír.

La familia contemplaba aquella escena en silencio.

—¿Es Navidad? —preguntó uno de los niños.

El padre tardó en responder.

—Sí.

—¿Por qué nosotros no celebramos?

El padre miró a su hijo.

No supo qué decir.

¿Cómo explicarle que no tenía ganas de celebrar?

¿Cómo explicarle que la Navidad también puede doler?

¿Cómo decirle que hay momentos en los que una familia no necesita regalos, sino recuperar su vida?

La madre sacó una caja.

Dentro estaban los adornos de otros años.

La abrió.

Durante unos segundos nadie tocó nada.

Entonces apareció una fotografía.

Era una navidad antigua.

El abuelo estaba junto al árbol.

El padre era joven.

Los niños todavía no habían nacido. T

odos sonreían.

—Mira —dijo la madre—. Esta fue la navidad en la que terminamos de arreglar la casa.

El padre tomó la fotografía.

Recordó aquella noche. Recordó al abuelo.

Recordó el olor de la leña.

Recordó la mesa llena.

Recordó que no tenían mucho dinero, pero sí tenían algo que entonces les parecía tan normal que ni siquiera se daban cuenta de su valor.

Tenían tranquilidad.

Tenían su hogar.

Tenían su vida.

Recordó otras Navidades.

La primera que celebraron después de terminar el jardín.

La Navidad en la que nació su hija.

La Navidad en la que el abuelo regaló al pequeño un tren de madera.

La Navidad en la que todos se quedaron despiertos hasta muy tarde.

La Navidad en la que llovió.

La Navidad en la que no llovió y los niños jugaron en el jardín.

Todas aquellas Navidades tenían algo en común.

La casa.

Su casa, su hogar.

El lugar al que siempre podían volver.

El padre volvió a mirar por la ventana.

Y vio lo que ahora había en su lugar.

Entonces sintió una tristeza profunda.

Esa tristeza no era solamente por la casa.

Era tristeza por todo lo que habían perdido.

La tranquilidad.

La intimidad.

La seguridad.

La sensación de que el esfuerzo le había servido para construir algo.

La certeza de que, ante una situación injusta, se puede perder todo en un instante.

Y, sobre todo, la desesperanza.

—No quiero vivir otra Navidad así —dijo finalmente.

La madre lo miró.

—Ni yo.

—Ni nosotros —dijeron los niños.

El padre se levantó.

Caminó hacia la ventana.

Y, mientras contemplaba el jardín, comenzó a recordar el verano.

Recordó el calor.

Las protestas.

Los periodistas.

Los políticos.

Los insultos.

Los carteles.

Las organizaciones.

La piscina.

Los rosales.

Los niños.

Los vecinos.

La soledad.

Recordó cómo poco a poco todo aquello se había convertido en algo cotidiano.

Y recordó aquella última decisión.

La de luchar.

No con violencia.

No con odio.

No destruyendo la vida de nadie.

Sino defendiendo la suya.

 

Entonces ocurrió algo extraño.

Una ráfaga de viento hizo que la ventana diese un fuerte golpe.

Sintió que la fotografía que tenía en la mano cayó al suelo.

Súbitamente el padre abrió los ojos.

Miró a su alrededor.

Todo había cambiado.

No había luces de Navidad.

No había árbol.

No había villancicos.

No había frío.

Entraban por la ventana los retazos del calor del verano.

Los asaltantes seguían allí.

La piscina seguía sucia.

El jardín colonizado, con gente deambulando de un sitio para otro, y las organizaciones en su rincón debidamente acomodadas.

La casa estaba en silencio.

El padre miró hacia la entrada.

Y allí estaba el cartel.

«ESTA CASA ES NUESTRA».

Miró el calendario. Ya no era el que había mirado unos instantes antes.

Se quedó inmóvil.

No era Navidad.

Todavía era verano, aunque ya el otoño se asomaba a sus ventanas.

Era el día siguiente a aquel en que había cambiado el cartel.

Todo lo sucedido desde entonces…

Los meses de abandono.

Los políticos desaparecidos.

Los vecinos que se olvidaban de ellos.

Las Navidades tristes.

Los niños sin esperanza.

Todo había sido un sueño.

Un sueño terrible.

Un sueño demasiado real.

El padre permaneció unos segundos sin hablar.

Después llamó a toda la familia.

—Venid.

Todos se acercaron.

—¿Qué pasa, papá?

El padre los miró uno a uno.

Esta vez no había tristeza en sus ojos.

Había determinación.

—Acabo de soñar, casi vivir, cómo serán nuestras Navidades si dejamos que esto continúe.

Los niños se miraron.

La madre comprendió inmediatamente.

—¿Y qué vamos a hacer? El padre señaló el cartel.

—Eso depende de nosotros.

—¿Vamos a echarlos? —preguntó uno de los niños.

El padre negó con la cabeza.

—No. No vamos a hacer daño a nadie. No vamos a convertirnos en aquello contra lo que protestamos.

Hizo una pausa.

—Pero tampoco vamos a quedarnos sentados esperando que los políticos decidan qué hacer con nuestra vida.

Miró a su mujer.

Después a sus hijos.

—Si no queremos vivir las Navidades de pesadilla del sueño, tenemos que empezar hoy.

—¿Cómo? —preguntó la niña.

El padre respiró profundamente.

—Defendiendo nuestra casa. Juntos. Sin violencia. Sin odio. Pero sin abandonar nuestros principios. Exigiendo que se haga justicia. Hablando con nuestros vecinos. Explicando lo que nos está pasando. Pidiendo ayuda a quien sea necesario. Y, sobre todo, sin cansarnos.

Señaló el hueco en la valla.

—Porque una casa no se pierde solamente cuando alguien consigue entrar.

Miró el jardín.

—También se puede perder cuando sus dueños dejan de defenderla.

Los niños escuchaban en silencio.

—Y recordad una cosa —continuó—: ayudar a quien lo necesita no significa permitir que alguien decida que los derechos de unos valen menos que los de otros.

Ayudar a alguien no debería significar abandonar a otro.

Proteger a quien necesita ayuda no debería exigir convertir en culpable a quien también necesita ser protegido.

La madre asintió.

El padre volvió a mirar el cartel.

«ESTA CASA ES NUESTRA».

—No sé cómo terminará esta historia —dijo—. No sé cuánto tendremos que luchar. No sé si será fácil.

Sonrió ligeramente.

—Pero sí sé una cosa.

Todos esperaron.

—La próxima Navidad no la voy a pasar mirando desde una ventana cómo otros celebran en mi jardín.

Y entonces tomó la mano de su mujer.

Los niños se acercaron.

Los cuatro permanecieron juntos frente a la puerta.

El verano finalizaba.

El jardín estaba allí.

La casa seguía siendo suya.

Y aquella Navidad…

Aquella Navidad todavía no había ocurrido.

 

Porque, a veces, los sueños no vienen para decirnos lo que va a pasar.

Vienen para advertirnos de lo que puede pasar si no hacemos nada.

 

Y el padre, mirando a su familia, comprendió que todavía estaban a tiempo.

—Vamos —dijo.

—¿Adónde?

—A defender lo que es nuestro.

—Si los políticos no vienen a vernos, a ver nuestra situación, nosotros, junto a los vecinos que nos quieran acompañar, vamos a ir a la puerta de los políticos a reclamarles lo que es justo.

Y esta vez nadie esperó a que vinieran a salvarlos. Salieron juntos.

Porque aquella Navidad había sido solamente un sueño.

Pero lo que ocurriera ahora…

Eso sí dependería de ellos.

Y sonrió.

Quizá, si todos permanecían unidos, aquella Navidad nunca llegaría.

 

Y quizá aquella fue la primera ocasión desde aquel verano en la que todos entendieron algo importante:

que una historia no termina cuando alguien escribe la palabra «fin».

Termina cuando dejamos de luchar por cambiarla.

Y aquella familia todavía no había dejado de luchar.

Porque habían aprendido que una promesa política puede ser muy corta.

Y que una espera puede hacerse interminable.

Y, sobre todo, había aprendido que la resignación puede ser muy cómoda para quien observa desde fuera, pero resulta insoportable para quien vive el problema desde dentro.

 

Y ahora comienza la verdadera historia

Quizá alguien piense que este cuento trata solamente de una familia.

Quizá piense que habla de un jardín. De una piscina.

De unas personas que llegaron en verano.

De unos políticos que prometieron soluciones.

De unas organizaciones que decían ayudar.

Pero no.

Esta historia habla de algo mucho más sencillo.

Habla de lo que ocurre cuando una persona descubre que aquello que creía seguro puede dejar de serlo.

Habla de lo que ocurre cuando la gente se acostumbra a una situación injusta.

Habla de lo que ocurre cuando la gente se va acostumbrando, primero a pequeñas injusticias, pequeños incumplimientos de sus políticos, y va incorporando a la normalidad cosas que no son admisibles.

Habla de lo que ocurre cuando quienes deberían solucionar un problema deciden esperar.

Y habla, sobre todo, de lo que ocurre cuando quienes sufren el problema deciden no rendirse.

Porque quizá el mayor peligro no sea que alguien salte una valla.

Quizá el verdadero peligro sea que, después de verla saltar tantas veces, dejemos de preguntarnos por qué está ocurriendo. Por qué nadie ha adoptado ninguna medida para evitarlo. Por qué nadie ha hecho nada para protegernos.

Que nos acostumbremos.

Que pensemos que no merece la pena protestar.

Que digamos:

«Siempre ha sido así».

«No se puede hacer nada».

«No es asunto mío».

«Mientras no me toque a mí…».

Porque las cosas que parecen imposibles pueden suceder.

—Y por eso tenemos que continuar.

—Continuar reclamando.

—Continuar protestando pacíficamente.

—Continuar hablando.

—Continuar organizándonos.

—Continuar recordando.

—Continuar defendiendo nuestros derechos.

—Y, sobre todo, continuar unidos.

Porque una injusticia no deja de ser injusticia porque deje de aparecer en las noticias.

Porque un problema no desaparece porque la gente deje de hablar de él.

Porque una familia, un pueblo, no deja de sufrir porque los demás hayan recuperado su normalidad.

Y porque no podemos permitir que nuestros hijos crezcan pensando que este es el futuro que les corresponde.

¿O acaso queremos que nuestra próxima navidad sea la navidad del cuento?

Espero que pronto podamos escribir aquello de “colorín colorado…”

Pero todavía no.

Todavía no.

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