Esto de la política se ha convertido en un oficio para muchos. Un oficio que no pueden rechazar porque no tienen otra manera de mantenerse. Cuando se producen estas situaciones se abre de inmediato el debate sobre la degeneración que vive una práctica que causa cada vez más rechazo social. El castigo se ve en las elecciones y en la abstención cada vez mayor de unos votantes a los que nadie ha conseguido enganchar.
Luego nos quejamos de si somos unos inconformistas pero cabría analizar la figura del político y cómo en algunos casos parece que el reparto de papeles es una manera de mantener sueldos a quienes no pueden regresar a su oficio inicial o sencillamente no lo tenían.
En la historia local de Ceuta hay quienes llevan toda la vida viviendo del partido, consiguiendo que este lo posicione en distintas áreas de poder. No han conocido otro oficio que este ni en su hoja laboral tienen menester ajeno a la labor que han desempeñado siempre en lo público.
En la actualidad tenemos también partidos que entre los mismos de siempre se reparten los puestos, los cargos, las suplencias. Los mismos que optan a ser parlamentarios nacionales ocupan puestos en la Asamblea y las suplencias, por si algo fallara, también las reparten entre los mismos.
Luego venden eso de que están por el pueblo y para el pueblo, pero ya en las formas evidencian su forma de ocupar parcela de poder y de tener las espaldas a buen resguardo porque quizán no tengan a dónde regresar laboralmente y, de tener, ni quieren ni serían respetados.
Ante este panorama la clase política se ha buscado en buena manera lo que tiene. Que el ciudadano responda como lo hace, alejándose de uno de los mayores logros conseguidos como es el derecho al voto, no es culpa de la capa social sino de quien genera un rechazo cada vez más extendido.
Lo hicieron antes y lo siguen haciendo ahora.







Creo que por una vez en la vida ( de momento) , estoy de acuerdo con usted.