Decía Abraham Lincoln que se podía engañar a muchos algún tiempo, y a algunos todo el tiempo, pero no a todos todo el tiempo. Y, aunque en política decir la verdad se ha convertido en un bien escaso, si algún espectro político se caracteriza por el ímpetu a la hora de acudir a la demagogia y la falacia, son las dos versiones que tenemos del populismo en España: la comunista, y el socialismo radical que, pese al destrozo casi mortal que le ha hecho al PSOE, algunos se resisten a abandonar.
Después de leer atónito el nuevo caso de colocación de un político, sin experiencia alguna, en un consejo de administración de una compañía eléctrica, dudo si el Gobierno es plenamente consciente de tener prestados apoyos como consecuencia de un mal menor; como si existieran males menores o mayores, cuando lo que existen son dolores mayores o menores. Y sin lugar a dudas, este nuevo nombramiento no sólo causa estupor, sino también daño moral, ético y de confianza en las instituciones públicas.
A nadie, en su sano juicio, se le escapa que un gobierno de radicales y populistas en España traería mucho dolor social, dolor que siempre se traduce en individual. En esos consejos de administración de empresas también hay gente de Podemos, PSOE y sindicatos. Con una diferencia, estos últimos lo ocultan y siempre aplican un doble rasero a la hora de explicar estas y otras circunstancias deshonrosas en el ejercicio público.
Las cifras cantan y los populares se aferran a ello, como si todo hubiera pasado ya, parafraseando a la Santa, como si todo hubiese sido una mala noche en una mala posada. Nada más lejos de la realidad, las cifras de paro, pobreza y desarraigo social siguen siendo dantescas, sin perder de vista a todos los que se han quedado en el camino, a los millones de españoles que saben fehacientemente que no volverán a trabajar jamás, a aquellos que han perdido todo, incluso la vida.
Lo más extraño de todo esto es que, en España, no existe la esperanza de un cambio de signo político en el Gobierno, sino la esperanza de mejoras en la actitud del actual. El voto a Podemos y al actual PSOE se ejerce como bofetada a los populares, como odio visceral a todo lo malo que ocurre, de lo que sin lugar a dudas, para estos votantes, es culpable el PP, especialmente la figura de Mariano Rajoy.
Nadie confía en que el populismo sea la solución a nada, sino que se constituya en oposición destructiva y radical al Gobierno. Mucho menos, conforme transcurren los días y se van presentando en sociedad, evidenciando ante la luz pública cuáles son sus verdaderas intenciones y cuál es su escala de valores, las mismas que un predador.
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