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Cuando el arquitecto del sistema internacional se convierte en su mayor desafío

Si a juicio de los analistas el término ‘Nuevo Orden Mundial’ lleva aparejado dos acepciones preferentes que rondan en nuestros días, uno asentado en el contexto geopolítico y otro en teorías de la conspiración, mientras que desde la esfera política esta magnitud de orden es un desconcierto de transición direccionado a una aldea global con centros de poder complejos, en la cultura popular continúa siendo una noción abrumada de quimeras sobre una dominación centralizada.

Y es que, desde el discurso geopolítico, pone su énfasis en la reconfiguración de las relaciones de poder entre actores. Todo ello, tras la consumación de la hegemonía indiscutible de Estados Unidos. En 2026, se acentúan la multipolaridad y el Sur Global, con el ascenso de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) que compite la influencia de Occidente; como la desdolarización, al constatarse un empuje progresivo de estas naciones para comerciar en monedas locales y disminuir su dependencia del dólar norteamericano; o la crisis de instituciones, en la que foros internacionales dictan una despedida al viejo orden instaurado y estando definido por tensiones en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea (UE); y cómo no, la competitividad tecnológica y energética, en la que como no podía ser de otra manera, la pugna por la inteligencia artificial y la transición energética concretan otras alianzas y dependencias estratégicas. En cambio, desde el discurso conspirativo, se presume erradamente que un grupo de élites globales, como Naciones Unidas (ONU) o el Foro Económico Mundial (FEM), maquinan implantar un gobierno mundial totalitario para arrinconar las soberanías nacionales.

Sin ir más lejos, la Agenda 2030 de desarrollo sostenible en repetidas ocasiones se relaciona erradamente con este fin, cuando verdaderamente es un marco de cooperación internacional voluntario.

Dicho esto, si tras una inauguración del año 2026 inconfundible por determinaciones unilaterales de Estados Unidos que contradicen tiempos de diplomacia multilateral, no es menos la operación militar norteamericana que se remató con el prendimiento de Nicolás Maduro (1962-63 años) y que ni mucho menos, fue un suceso aislado, sino el primer peón del tablero geopolítico que Donald Trump (1946-79 años) está dispuesto a tumbar. O lo que es igual: Estados Unidos cuestiona la hegemonía mundial con China y estos movimientos replican en una pericia de dominar el hemisferio occidental.

Pero Venezuela es solo la punta del iceberg, porque las amenazas de acción en Irán, Cuba y México, añadidas a la debatida proposición de anexión de Groenlandia, trazan un entorno donde el derecho internacional queda postergado a un segundo plano.

Sin lugar a dudas, uno de los descubrimientos manifiestos es la redefinición de la silueta política de Trump. En contraste con administraciones precedentes que perseguían exportar la democracia mediante la política neoconservadora o retroceder con el aislacionismo, la cabeza visible de la Casa Blanca personifica a diestro y siniestro, un intervencionismo pragmático equidistante con los intereses estadounidenses.

En otras palabras: a Trump le da lo mismo la democracia. Lo que realmente ambiciona es salvaguardar los intereses de Estados Unidos a cualquier precio. Su política fundamentada en aranceles, intimidaciones y actividades comerciales, estampa un vuelco revolucionario con relación al multilateralismo que describió el orden de posguerra. Y mientras doblega su musculatura militar, China encarama su ascendencia con una destreza comercial de largo plazo. Desde los ochenta con Deng Xiaoping (1904-1997) a la cabeza, el gigante asiático ha trenzado una malla de infraestructuras y conciertos comerciales que abraza África, Latinoamérica y el Pacífico Sur.

“La fisura habida entre principio y poder, instigan a más no poder en las decisiones estratégicas. Toda vez, que la previsibilidad y la cooperación no admiten discusión alguna para que como mínimo, el sistema marche propiamente”

Sin obviar, que once de catorce estados del Pacífico Sur se encuentran organizados con China, a lo que hay que incorporar el acaparamiento estratégico de tierras raras desde hace varios años, como destinar capital masivo en infraestructuras a cambio de recursos naturales y su pronunciamiento como territorio en desarrollo para forjar igualdad.

China se muestra como un igual, no como un opresor o imperialista. Su recado enarbola un comercio donde ganan las dos partes. Y este relato desentona tajantemente con la planta de superioridad moral occidental.

El caso contrario es Rusia, que como consecuencia de la guerra de Ucrania se ha producido la expansión de la Alianza Atlántica con Finlandia y Suecia, e incluso ha visto la militarización de estados cercanos y antes neutrales. Todo ello, con la celeridad de la transición energética europea, la disminución de rutas comerciales cruciales y un debilitamiento económico acusado.

Llegados a este punto, el multilateralismo, seña de identidad del orden de posguerra, es suplantado por transacciones bilaterales soportadas en amenazas y coerción económica. La OTAN, atenuada en su razón de ser y Ucrania, achicada diplomáticamente, el derecho internacional se ha convertido en papel mojado.

Ahora las preguntas que nos hacemos ya no es si el orden internacional se encuentra en crisis, sino qué emergerá de sus ruinas. Tal vez, ¿otra Guerra Fría entre Estados Unidos y China? Quizás, ¿un mundo multipolar sin reglas visibles? O a lo mejor, ¿el cierre de las instituciones multilaterales? Lo que es incontestable es que estamos adentrándonos en un territorio inexplorado, donde la volatilidad es lo habitual y el poder desprovisto reemplaza a la diplomacia.

Hoy por hoy, seguir muy de cerca los desplazamientos de fichas en Venezuela, Groenlandia, el estrecho de Taiwán y Oriente Medio, será esencial para percatarse hacia dónde se enfoca este orden global.

Con estas connotaciones preliminares, el estupor causado por el proceder de Trum posee una repercusión que se advierte regularmente: circunscribe la exploración a una atención insistente por el devenir más inmediato. No obstante, para descifrar el compás de la mutación en curso, es imprescindible alejarse en el tiempo y no perder de vista el largo plazo.

Lo que está acaeciendo en Washington no es una simple modulación política, ni un modo de gestión única. Se trata de una alteración del engarce entre el poder, el derecho y la soberanía, cuyos efectos desencadenantes sobrepasan considerablemente el encuadre nacional. Este salto rotula el colofón del orden internacional liberal y la aparición de un paradigma que algunos conceptúan de neorrealista.

Recuérdese al respecto, que por entonces el orden internacional liberal se cimentaba en dos puntales inexcusables: primero, la identificación bilateral de la soberanía externa de Estados Unidos y, segundo, la preeminencia del derecho como principio de la legitimidad política y como terminación a la composición del poder. De manera, que en este momento parece clarividente que la columna vertebral de la Administración de Trump se resuelve por la invalidación indiferente de estos dos principios.

Primero, la Casa Blanca refuta incesantemente la capacidad de sus aliados más próximos para conducir desenvueltamente sus territorios, poniendo bajo sospecha de facto una de las bases de la soberanía estatal. Y segundo, Trump rehúsa manifiestamente la condición jurídica como divisoria legítima del accionar político, no dando el brazo a torcer que “quien salva a su país no viola ninguna ley”, o que la única acotación a su ejercicio radica en “su moral y espíritu… no en el derecho internacional”. Con este doble rasero (externo y externo), el diseño del orden internacional liberal se ve lastrado por la primera potencia militar y económica del mundo. Amén, que aunque pueda parecer inaudito, la descomposición de este orden no acarrea llegar a un restablecimiento puro y simple de caos, pero sí de enorme confusión.

Entretanto, se alumbra otro carácter político: el Estado persiste, pero deja de ser ambiguo; el derecho perdura, pero irremisiblemente se encorva a la voluntad del soberano. El orden internacional tiende a ordenarse entorno a clanes o camarillas y semblantes de poder, más que a fórmulas o criterios tradicionales.

La política exterior supuestamente incoherente, feroz y putrefacta por la corrupción de la presidencia de Trump se interpreta bajo otra perspectiva: ya no se trata de escudar un interés nacional en una situación institucional sólida, sino de aparejar el engranaje internacional para ubicar a un grupo de individuos colindantes al soberano en el mismo centro de los flujos materiales y estatutarios que lo franquean, diseminando sus provechos.

Al proseguir con sus políticas, Trump no sondea ciertamente el rédito nacional, coloca el aparato del Estado a merced de una órbita taxativa de integrantes de una nueva élite, afines a su líder por un cumplimiento personal. Pero allende de activar los recursos adecuados para amplificar el poder del Estado, los pactos comerciales americanos se han constituido en una herramienta de incautación de otros recursos.

El patrón trumpista de gobernanza no es una irregularidad norteamericana. Se consigna en un prototipo global. Otros líderes como Viktor Orbán (1963-62 años), Vladímir Putin (1952-73 años) o Narendra Modi (1950-75 años), lo trabajan según sus trayectos nacionales. Pese a ello, juntos insisten en un empeño común: arrojar el antiguo orden internacional y hacer valer el suyo mediante la conexión de regímenes individualizados. Es por ello que el neorrealismo podría relevar antes de lo imaginado, al modelo liberal e internacionalista. Varias de las pautas aprobadas por la Dirección de Trump parecen languidecer las bases del poder estadounidense. Entreviendo que Estados Unidos continúe superponiendo una política de gran potencia, sus resoluciones ya no se ajustan en su principal contendiente, China. Opuestamente, la fineza política de Washington se ha concentrado en el hemisferio occidental.

Los innumerables síntomas de distensión con Pekín irradian el galimatías a este respecto. Si la acomodación de las regulaciones sobre chips electrónicos y semiconductores contra China ha podido sobrecoger, el juego de palabras de Estados Unidos con relación a Taiwán, igualmente desentona con el pronunciamiento de resistencia practicado por Japón.

A este tenor, otras políticas punzantes están prestas a exhibir la imagen que la Casa Blanca se contraría: mientras que Dinamarca es un socio próximo y al que interesaría conservar no demasiado lejos, la posible anexión de Groenlandia se ha convertido en una política oficial de la Administración de Trump. Inversamente a lo que en ocasiones se analiza, la frase conocida de ‘esfera de influencia’ no consigue dar un valor añadido a estos movimientos.

Tomar una resolución sobre una esfera de influencia o de un hemisferio, no entraña obligatoriamente tener una región en la que todo es tolerado, como cree Trump. Por ende, la expresión se lanzó para hacer balance de la competitividad habida entre las grandes potencias, en la medida en que se desplegaba dentro de las limitaciones de las esferas de influencia de cada una. Luego, Estados Unidos ya no entra en una recreación de pugna entre potencias relevantes, ni en un raciocinio meramente de seguridad. Ahora, estas lógicas se han cambiado por otras.

El punto de vista tanteado en Trump sobre su soberanía incondicional, o sus ínfulas hacia un clan formado por sujetos de su familia y cómo no, sus firmes seguidores comúnmente provenientes de las élites tecnológicas, no solo encauza la política exterior americana, sino de la misma manera el modo en que conforma los nexos internacionales. La propaganda de un gobierno a su medida alinea el orden internacional a su imagen y semejanza. Así, puede hacer caer la balanza en el sistema liberal dominante, mientras que algunos gobiernos que secundan una forma de régimen a sus anchas, no podían acometerlo antes.

Aunque esta conmutación no es ni mucho menos una labor específica de Trump, el mandatario estadounidense sabe congregar a grupos vigorosos. Para ser más preciso en lo fundamentado, en la última década varios dirigentes han bordeado algunos de los atributos de lo que distinguimos como neorrealismo o realismo estructural, en la marcha del realismo político dentro del campo de las relaciones internacionales.

En cada sumario son las propias atracciones de un pequeño grupo de élites los que se anteponen. El paladín acaparador al que estas personas se consagran, busca un propósito en razón de la política exterior: sacar el jugo del sistema internacional para instalar a los componentes de estos corros en el foco de los flujos materiales y estatutarios que lo proyectan.

Distíngase que mientras en el continente europeo Viktor Orbán recurre a los fondos de la Unión para prosperar y moldear un grupo de oligarcas que alientan a su gobierno, en Rusia la jefatura de Putin posee en varios matices, peculiaridades de neorrealismo puro y duro. Si el presidente ruso acostumbra a exponerse como un soberano nacionalista y el Kremlin muestra su intervención como no intervencionista, la guerra que libra contra Ucrania desde casi cuatro años, exterioriza lo inverso. Lo mismo acontece con sus relaciones con los oligarcas, incitados por la batida de rentas y su obstinación en amparar que un líder poderoso estaría por encima de la ley.

Curiosamente, en otros lugares del mundo una dinámica comparable absorbe la política de otras naciones, como es el caso de India, Turquía o los Estados del Golfo. Y en esta disposición neorrealista incipiente, Trump paladea un dominio sin igual. Especialmente, como resultado del sistema financiero cimentado en el dólar y su potencial militar. Desde este enfoque sublime, está en condiciones de armonizar un vaivén compaginando el mundo de una manera explícita y al realizarlo, retoca y disfraza ingeniosamente las instituciones políticas, económicas y sociales.

¡Ojo!, porque cada orden se sistematiza en función de un objetivo.

Mientras que el orden procedente de los dos Tratados de Westfalia (Osnabrück y Münster) firmados el 24/X/1648, se establecían en el reconocimiento jurídico con ocasión de que los Estados soberanos desempeñaban una inspección preferente dentro de sus límites fronterizos, el orden internacional liberal yuxtapuso a este principio de no injerencia los designios liberales de paz y prosperidad. En ambas circunstancias, los Estados concurrían como entidades jurídicamente similares, independientemente de sus diferenciaciones históricas en términos de capacidad.

En el orden neorrealista, el rango jerárquico es notable y se asienta en la visión de que un clan objetivo únicamente identificará a los clanes contendientes como sus pares. El móvil de esta jerarquización es ejecutar las máximas que le otorguen mantener su influencia, tanto en la vertiente material como alegórica.

Pero para prolongarse en el tiempo, la posición dinástica europea comprendía fórmulas visibles que contraían a los individuos que podían someter la jerarquía. Es más, comportaba métodos que producían coyunturas para ingresar en el clan, como las maniobras matrimoniales de los linajes familiares, idéntico a las casas reales, o como el exilio o la reprobación sustentada en la excomunión, que descartaban a ciertos actores de las redes de élite. Estos reglamentos frecuentemente se impugnaban y repetidamente concluían asegurando la secuencia jerárquica.

Actualmente, los neorreyes pretenden enclaustrarse en la legitimidad para que la decadencia del antiguo orden sea admisible. Para habilitar su política de clanes, Trump apela por otros regímenes personalistas. En definitiva, otros rostros que encarnan al antiguo orden liberal y dan por aprobado el orden que se aproxima. Y desavenidos a las cartas de Washington, no son pocos los estados que aspiran a medir su alegato, aunque sus negativas normalizan el nuevo sistema. Con lo cual, el alcance del neorrealismo rastrea poner voces a juicios inesperados, superficialmente indescifrables y que a menudo se muestran disparatados.

Véase la postura de la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen (1977-48 años), cuando expuso que si bien las maquinaciones de Estados Unidos estaban fuera del sentido común del orden internacional liberal, éstas podían traducirse comprensibles desde otro horizonte.

“Si el orden global se encuentra en plena convulsión, no son menos las ondas de choque emitidas por Trump que se sienten en cualquier rincón del planeta: el multilateralismo y el sistema sostenido en reglas, se encuentra bajo amenaza”

Y de cara a los neorrealistas como valedores del orden internacional liberal, deben coger la delantera y vislumbrar cuáles son las intenciones de aquellos con quienes se manejan. Si no disponen de una intuición lúcida de lo que desean, será inalcanzable ensamblar una diplomacia.

Durante los recosidos sobre los aranceles o gastos militares de la OTAN, Europa presupuso que alcanzar un acuerdo generaría otro escenario de equilibrio y que al contener a Estados Unidos dejaría de pisarle los talones. Por el contrario, Trump ha utilizado cada cesión realizada por Europa con picardía y que a su vez, monopoliza como palanca de cambio.

Obsérvense algunas evidencias de lo antes referido.

Si previamente los miembros de la Alianza Atlántica debían destinar al menos el 3% de su PIB al gasto en defensa, esta aspiración se encaramó al 5%. Conjuntamente, acto seguido de que las negociaciones sobre los aranceles resultaran infructuosas para Europa, hubo de regresar a las negociaciones y en esta ocasión conducentes a los productos farmacéuticos y derechos digitales.

El visor de Estados Unidos no estaba dirigido en establecer un nuevo contexto que lo favorezca, sino en desplegar una proyección persistente y cada vez superior sobre la Unión. Para el Viejo Continente es fundamental vislumbrar dónde subyacen las reglas de este modus operandi y como se movería para emplearlas en su beneficio. Más bien, Estados Unidos saca pecho de hacia dónde discurriría la humanidad tras el desgaste del orden internacional liberal, donde Europa todavía no ha formulado una alternativa a lo que echan por tierra los neorrealistas.

Con todo, por muy brumosos que sean los matices imperantes, no pintan un futuro irrevocable. Otros, en Estados Unidos y en el resto del mundo, están por la labor de aventurar una escapatoria.

Sin un resquicio de salida y por defecto, el orden neorrealista se volverá ineludible.

Al igual, que Europa ha de vigilar por no embarcarse instintivamente en el orden que se persigue infligir, varias de las medidas empañadas en la Unión han estado infundidas por la fobia al peligro de pérdida y desconfianza de daños en un corto plazo de tiempo. En muchas formas, estas apatías ayudan a otros gobiernos. Hacer concesiones o conferir garantías, es el procedimiento de rendir pleitesía a las élites neorrealistas.

Dar un paso atrás ante Trump, es adherirse a un orden básicamente abrupto y con una jerarquía en la que todos han de jurarle lealtad.

En consecuencia, si el orden global se encuentra en plena convulsión, no son menos las ondas de choque emitidas por Trump que se sienten en cualquier rincón del planeta. Es nada más y nada menos, que un zarandeo a una terra incógnita sin reglas, donde el derecho internacional es atropellado y la única ley que parece convenir es la del más fuerte. Aunque a ello habría que añadir el espectro de un genio que merodea y estila ambiciones imperiales. O séase, el multilateralismo y el sistema sostenido en reglas, se encuentra bajo amenaza.

Digamos, que el viejo orden mundial se ha desvanecido.

Finalmente, esta fisura entre principio y poder, instigan a más no poder en las decisiones estratégicas. Toda vez, que la previsibilidad y la cooperación no admiten discusión alguna para que como mínimo, el sistema marche propiamente.

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