Sexto día del juicio con Tribunal de Jurado en torno al crimen de Parques de Ceuta. Sobre la mesa una máxima: escuchar todas las testificales para esclarecer qué ocurrió ese 14 de marzo de 2022 cuando en el domicilio familiar, Mª Ángeles Lozano, trabajadora de los juzgados, perdió la vida de un disparo.
En el banquillo de los acusados está quien era su esposo, el agente de la Policía Local, Alonso G.D., que se enfrenta a un asesinato enmarcado en un caso de violencia de género, a juicio de lo que mantienen la Acusación Particular y la Fiscalía.
Hoy, en la penúltima sesión antes de que este miércoles se dé paso a la lectura de informes de las partes, se han podido escuchar declaraciones para entender el perfil psiquiátrico de un agente al que se le había retirado en dos ocasiones el arma, se le expedientó por ir en chanclas al trabajo, ocultó en los test de salud que sufría un trastorno mental y ha sido calificado de “buen tirador”.
Hierático, sin cambios en su rostro, sin dar cabida a expresiones durante todas las sesiones celebradas desde el pasado martes, el policía local ha podido escuchar todas las versiones en torno a un caso por el que se le piden más de 35 años de cárcel. Una especie de “cadena perpetua”, como ha puntualizado en sala su letrada, Inmaculada Guil.
La familia de Mª Ángeles lleva 4 pidiendo justicia tras su muerte violenta de un disparo. Dejó dos hijos menores y una vida rota.
La pericial ha contado con profesionales como la psiquiatra que le atendió de forma particular al acusado en Algeciras días antes del crimen, la médico de prisiones y el médico forense que lo ha examinado tras el asesinato, el doctor José Cabrera, el único que ha estado físicamente en sala.
Exposiciones enfrentadas, distintas teorías para aproximarse a la mente del acusado.
La doctora que estuvo atendiendo al acusado desde el año 2003 fue engañada por su propio paciente, ya que el acusado nunca le dijo que fuera policía local. Ante ella tenía a un administrativo, no a alguien con porte de arma y conocedor de las prácticas de tiro.
La profesional ha recordado que el acusado acudía de manera irregular a las sesiones. Tenía trastorno bipolar, otro por consumo de alcohol y trastorno paranoide de personalidad.
Presentaba cuadros depresivos y fases de euforia. Es decir, pasaba de estar deprimido y ofrecer ideas delirantes como que la Policía lo iba a detener por hacer algo que no debía hasta cuadros de euforia en los que se creía mejor que nadie.
La doctora ha indicado que consumía alcohol, tenía malos pensamientos, pensaba que iban a por él. Ese comportamiento de suspicacia, de malicia, pensando que los demás intentaban perturbarle, rencoroso, mostraba una conducta oposicionista hacia todos, hacia sus jefes, a su familia en general… a todo el mundo.
Días antes del crimen, en concreto el 3 de marzo, la psiquiatra lo vio. Estaba contento y eufórico, pero le manifestó que pensaba que su mujer quería algo que no le decía, pensaba que le era infiel.
Fue la primera vez que entró en consulta solo, ya que siempre lo había hecho acompañado de su esposa. “Me pidió que le preguntara directamente a su mujer si quería dejarle. Pasó después Mª Ángeles y me dijo que le quería dejar”, ha narrado la especialista.
Ese día, ese 3 de marzo, el acusado presentaba un brote psicótico. Estaba contento, pero pensaba que su mujer le engañaba, aunque no tenía la certeza absoluta, presentando conductas impositivas. Una serie de ideas que no eran las adecuadas, con creencias equivocadas.
Tras esa consulta, la psiquiatra advirtió de que debía ser ingresado urgentemente solo días antes de consumarse la tragedia, dado el cuadro que presentaba. Tenía conductas peligrosas, ya que pensaba que su esposa le quería dejar. Él no iba a admitir que esa persona le fuera a dejar. No fue ingresado.
El acusado se negaba a aumentar la medicación y esa consulta no la solicitó por sentirse enfermo, sino porque quería que indagara si Mª Ángeles quería dejarlo.
En otras ocasiones presentaba ideas delirantes de que alguien quería hacerle daño, pero en este caso en concreto solo quería saber qué podía pasar en su matrimonio.
Cuando el paciente estaba deprimido no pensaba en que su mujer le iba a dejar, pero cuando estaba eufórico pensaba que ella no podía encontrar a alguien mejor que él, se sentía orgulloso de sí mismo, de poder con todo y no pensar que alguien le pueda dejar.
El acusado no venía con la regularidad necesaria. Antes de esa consulta del 3 de marzo de 2022, había acudido en 2020. En todas las consultas, su mujer estaba callada.
“No era consciente de que estaba enfermo, pero podía entender que sus actos tenían consecuencias, podía comprender sus actos, pero no era consciente de su enfermedad, minimizaba los riesgos y consecuencias de su conducta”, ha narrado la profesional, que aconsejó un ingreso urgente.
"Le dije a su mujer que había que internarlo y ella dijo de acudir a Ceuta a su médico de cabecera para ello".
Para responder a esa pregunta se ha contado con la declaración de un forense del IML. Este profesional ha contado con el historial clínico de su médico de cabecera y de quien le atendió, además de valorar lo que ocurrió el día del asesinato.
En base a esa documental, mantiene que el acusado sufría de varios trastornos como el de personalidad paranoide, bipolar y otro asociado al consumo de alcohol. Ya en prisión, se estaba a la espera de confirmar si tenía otro trastorno más con ideas delirantes.
A juicio de este profesional, el día de los hechos, el acusado presentaba actitudes volitivas mermadas de manera importante y, en el caso de las intelectivas, con merma leve o moderada.
No tenías las capacidades anuladas, teniendo en cuenta su reacción inmediata, cómo guarda el arma, el deseo de salir detenido sin el uniforme de Policía Local. No era un brote psicótico al uso, ni su situación exigía un ingreso.
El profesional ha mantenido que el acusado tenía ideas de persecución por parte de compañeros, pero las ideas delirantes de celos solo las tenía con su mujer. Sufría episodios maníacos, de inestabilidad emocional.
El temor a la separación fue haciendo una bola de nieve que se fue agrandando. La pérdida de la famosa cita médica, ese detonante que llevó al disparo mortal, fue como una excusa, una motivación para buscar una confrontación con quien era su esposa para que ella le confesara que quería separarse.
También es conocedor de las consecuencias de magnificar sus síntomas, ya que sabía que podía obtener beneficios penales.
La médico del centro penitenciario de Sevilla también ha prestado este martes declaración. Ella fue la que trató al acusado desde que, a finales de marzo, fue trasladado a esa cárcel. Su último informe fue de julio de 2023.
Le veía todas las semanas, ya que el acusado estaba en protocolo de suicidio que suele aplicarse en delitos de sangre como el ocurrido.
Ha indicado que el paciente nunca presentó una descompensación que le hiciera perder el juicio de realidad, ni un solo brote psicótico. Ahora, eso sí, tenía rasgos de personalidad alterados, presenta un trastorno.
Y esto pasó 15 días después del crimen. La profesional de prisiones ha apuntado que el acusado conocía los beneficios penitenciarios, de hecho, acudía a las consultas con una carpeta con documentos. Siempre preguntaba y solicitaba diagnósticos para entregar a su abogada, sin aportar información. Pareciera que buscaba una especie de coartada para obtener unos beneficios que, sabía, podían existir. Es lo que se ha dado a entender hasta en declaraciones de dos profesionales.
El acusado manifestaba que no sabía por qué estaba en prisión, por qué le inculpaban, que habían encontrado ADN de su hija… iba cambiando de argumentos.
La defensa del agente ha metido los dedos en su turno al poner en evidencia que no tiene titulación en Psiquiatría.
Otro profesional en el ámbito de la psicología ha hecho mención al historial del acusado, verificando que en el momento del suceso no tenía las capacidades afectadas.
En 2001 aparece en ese historial médico un cuadro de crisis de ansiedad, que es cuando le retiran el arma, pero no se conocieron más datos sobre este caso. No presentó después rasgos psicopatológicos relevantes para seguir sin arma, por lo que se le devolvió.
Durante 25 años, Alonso G.D. ejerció de policía local presentando rasgos que chocan con la posible existencia de un diagnóstico marcado por brotes psicóticos. Sería algo incompatible.
Este profesional analizó el antes, durante y después de los hechos. Antes del crimen, el acusado estaba trabajando y nadie advirtió de una descompensación.
Luego se produjeron los hechos, pero, inmediatamente tras los disparos se producen actos racionales: una llamada al 112, sigue instrucción de manera racional de acuerdo a lo que le dicen los compañeros para atender a su mujer, esconde el arma debajo de una cama, se cambia de ropa superior para no salir con la chaqueta del uniforme oficial de la Policía, se comunica con sus compañeros…
Posteriormente se emitió un informe que considera que es conocedor y consciente de lo sucedido. Sus capacidades, por tanto, no estaban alteradas, ya que, de haberlo estado, no habría actuado de esa manera. Un paciente con un brote habría actuado de forma desaforada, mantiene.
Para cerrar esta pericial, se ha contado con la opinión del doctor José Cabrera. Ha valorado que la psiquiatra que trató al acusado en Algeciras es la que ha ofrecido el diagnóstico más acertado, ya que le ha atendido durante muchos años.
Cree Cabrera que sí sufre los trastornos diagnosticados, no hay coartadas ni inventivas. “Este señor tiene un trastorno mental, está por dilucidar qué pasó el día de los hechos. Lo que pasó, que no sé qué fue, hubo una situación de crispación. No estaba sedado, pero sí gravemente afectado en su capacidad de obrar”.
“La mente de este hombre no estaba en su sano juicio y las cosas pueden salir pues como han salido”, mantiene Cabrera.
También ha lamentado cómo la doctora psiquiatra que atendió al agente vaticinó lo que iba a pasar porque 10 días antes de los hechos dijo que se le internara.
En su informe, Cabrera alude a las alucinaciones. ¿Qué pasó el día de los hechos, qué ocurre en la mente del acusado? “La mente de este hombre tenía un perjuicio permanente hacia los demás, el día de los hechos también pasó porque el trastorno de la personalidad se tiene todos los días. Ese día en su mente había una idea delirante de perjuicio, de me están molestando…”.
“Con la medicación solo se seda, baja la alerta, pero el perjuicio persiste. Y este señor tomaba o no la medicación”, ha indicado.
“El mundo está contra él y lo está permanentemente, lo piensa siempre, lo que no significa que pueda ir por la calle, vestido de uniforme sin ir pegando tiros. Esa sensación es permanente, con altibajos dependiendo si toma o no medicación”.
“Una persona en tratamiento psicótico no debería llevar pistola”, ha concretado, a preguntas de la Defensa, que ha deslizado que la Ciudad no tuvo ese sentido común de no quitarle el arma.
El acusado vivía situaciones chocantes, de altibajos, de sentirse el mejor para, después, sufrir depresión.
“Él tenía mermadas sus capacidades de querer, obrar, entender… No tenía capacidad de mecanismo de defensa de obrar de otra manera, pero no estaba sedado. Aunque él veía la realidad la interpretaba patológicamente. Estaba en un brote psicótico y eso no impide que llame al 112, que deje la pistola… Hacer eso no quita que estuvieran desnutridas sus capacidades. Es como si alguien conduce un coche, está distraído y de repente dice… ¡ostras, que estoy conduciendo!”.
“El brote psicótico no es un señor anestesiado con fentanilo, no, es otra cosa”, ha resaltado Cabrera. “Es un misterio para este perito cómo este señor ha estado 20 años de policía”, ha llegado a manifestar el mediático perito.
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