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Convivir con quien piensa distinto

Por Aquilino Melgar
21/08/2026 - 04:20
Imagen cedida

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Hace cincuenta años, en las aulas del INEF de Madrid, José María Cagigal me enseñaba que el deporte no tenía valor por la victoria, sino por lo que construye en la persona que lo practica: disciplina, respeto por el otro, capacidad de perder con dignidad y de ganar sin humillar. Quienes tuvimos la fortuna de sentarnos frente a él sabemos que esa lección nunca fue solo técnica. Era, ante todo, una forma de entender al ser humano.

Vivimos hoy una sociedad que ha convertido casi cualquier diferencia —política, ideológica, cultural— en un campo de batalla donde el objetivo ya no es convencer, sino aniquilar, simbólicamente, al contrario. Se discute menos y se descalifica más. Se argumenta menos y se etiqueta más. El adversario ideológico ha dejado de ser, para buena parte del debate público, un interlocutor legítimo con quien compartir un mismo espacio de convivencia, para convertirse en una caricatura, un enemigo, casi una categoría infrahumana a la que ya no hace falta escuchar, porque "esos" —siempre esos, y demasiadas veces, con nombre y rostro— no merecen ser oídos.

Cagigal, que dedicó buena parte de su obra a estudiar precisamente la agresión y la rivalidad humanas a través del deporte, tenía una respuesta a este fenómeno mucho antes de que existieran las redes sociales que hoy lo amplifican. Su teoría distinguía entre el "deporte espectáculo", que puede devorar todo a su paso, exagerando, simplificando y necesitando villanos para generar audiencia, y el "deporte praxis", la actividad noble donde la persona —con su esfuerzo, su superación, su encuentro con el otro— sigue siendo lo central. Advirtió, con una lucidez que hoy asombra, que, si dejamos que el primero contamine al segundo, terminaremos por perder lo esencial: el sentido humano del enfrentamiento.

Esto es exactamente lo que le ha pasado a nuestra vida pública. Hemos dejado que la política, el debate de ideas, incluso la conversación cotidiana, se organicen según la lógica del espectáculo: polarización que genera clics, indignación que genera algoritmo, bando contra bando que genera audiencia. Y, como en el deporte degenerado que Cagigal denunciaba, el resultado es que la persona —su dignidad, su derecho a equivocarse, a matizar, a cambiar de opinión— queda aplastada bajo el peso del marcador y de la grada.

La enseñanza más valiosa de Cagigal para nuestro tiempo es, quizás, esta: se puede confrontar con toda el alma sin dejar de reconocer al otro como persona. Su humanismo no era pasividad ni blandura —él mismo defendió sus ideas hasta el punto de perder su cargo por ello—, sino una exigencia ética previa a cualquier enfrentamiento: nadie tiene derecho a deshumanizar a quien piensa distinto, del mismo modo que ningún deportista tiene derecho a humillar a quien vence, ni el vencido a odiar a quien lo supera.

Aplicar hoy sus enseñanzas exigiría, al menos, tres gestos concretos. Primero, recuperar la distinción entre discrepar e odiar: se puede sostener con firmeza una idea sin necesidad de despreciar a quien sostiene la contraria. Segundo, aceptar que el otro juega con reglas compartidas —los hechos, la ley, el respeto mínimo— y que sin ese marco común no hay competición legítima, solo violencia disfrazada de debate. Y tercero, recordar siempre que detrás de cada etiqueta política hay una biografía, una familia, unos miedos y unas esperanzas que no caben en un titular ni en una descalificación de cuarenta caracteres.

Cagigal solía repetir que el deporte era un espejo de la sociedad: lo que ocurre en el campo revela, amplificado, lo que somos como comunidad. Si eso es cierto, el estado actual de nuestro debate público —crispado, tribal, incapaz de conceder nada al adversario— debería preocuparnos tanto como le preocupó a él la deriva del deporte espectáculo. Y si el diagnóstico de Cagigal sigue siendo válido, también debería serlo su remedio: devolver a la persona —a cualquier persona, incluida la que piensa distinto— el lugar central que nunca debió perder.

Cuatro décadas después de su muerte, la lección de aquel profesor sigue intacta: se puede competir, discrepar, incluso enfrentarse con firmeza, sin dejar nunca de ver, al otro lado, a un ser humano.

Basado en la obra y biografía de José María Cagigal Gutiérrez (1928-1983), fundador del INEF de Madrid y principal teórico del humanismo deportivo en España

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