En política conjugar el verbo dimitir no es una panacea para nuestros políticos. Y, en Ceuta, menos que en cualquier otro lado. La oposición ha vociferado, en muchas ocasiones, que desde el Gobierno autonómico nunca se asumen responsabilidades, que se dan explicaciones cuando hay cualquier escándalo y que todos intentan correr un tupido velo.
En la anterior legislatura hemos tenido un caso que era, por supuesto, digno de ser expuesto en el Guinnes de los récords, porque no se pudieron cometer más torpezas sin que nadie pidiera al susodicho que cogiera las de Villadiego. Quizás, porque se entiende que el corporativismo debe imperar en la vida pública, también hay muchos casos en la privada, o porque dejar que alguien dimita es como reconocer un error que luego se paga en las urnas.
Cuando se hablaba en privado con muchos miembros del Gobierno o del Partido Popular, tanto monta, monta tanto, todos se echaban las manos en la cabeza porque no cabía en el susodicho más dejadez a la hora de gestionar los asuntos que le ponían bajo su responsabilidad.
En uno de ellos, que ahora mismo, se encuentra, en plena efervescencia política, se ha estado a punto de perder la aportación estatal. Y hablamos de varios millones de euros. ¿Cuántos viajes se han debido hacer a Madrid para interceder ante el Ministerio y buscarle una salida política? ¿Cuántas llamadas telefónicas se han debido tener con altos cargos de ese departamento ministerial para que Ceuta pudiera llevar a cabo esas inversiones?. No se sorprendan, estamos hablando de cantidades cercanas a los diez millones de euros.
Pero bueno, resulta que aparte de encargarle de la gestión de ese asunto, también ponen en sus manos la materialización de otra obra, con un claro matiz de recuperación del patrimonio y la fastidia también. No solamente no logra desempantanarla, sino que la empantana más todavía. Vamos, que aún no se ha logrado una solución con la empresa que todavía es adjudicataria de la obra.
Y todo ello, en una legislatura donde había salvado el puesto por la presión de quien confiaba ciegamente en él y de la insistencia del mismo. Como la campana le había salvado en 2011, con el curriculum que llevó en los cuatro años siguientes, estaba claro que estaba condenado para 2015. No le sentó nada bien y al final decidió contratar una mascletá para despedirse a lo grande. Una mascletá que aún no sabemos todavía a cuantos se llevará por delante, pero serán muchos los que recordarán esa mañana, cuando casi se les atraganta el té o el café, según lo que desayunen.
Ahora todos reniegan de él, pero está claro que durante ocho años ha sido dueño y señor de un cortijo donde nadie osaba asomarse. Hizo y deshizo. No solamente la responsabilidad es para quien comete los errores, sino también para quienes se lo permiten.





