Carta al director

¿Cobrar por la fe? Reflexión sobre los certificados sacramentales y la falta de digitalización en la Iglesia

Recientemente he solicitado un certificado de bautismo con las notas marginales de haber recibido la confirmación. El motivo es sencillo y profundamente ilusionante: voy a ser padrino de confirmación de una amiga. Sin embargo, lo que debería haber sido un trámite sencillo y natural dentro de la comunidad cristiana se ha convertido en una experiencia frustrante y, sinceramente, decepcionante.

Por la expedición de ese certificado —un documento que no deja de ser una copia de una inscripción ya existente en un libro parroquial— se me han cobrado 15 euros. Quince euros por imprimir un papel, estampar un sello y firmarlo. Y no puedo evitar preguntarme: ¿es esto razonable? ¿Es coherente con el mensaje que predica la Iglesia?

Entiendo que toda institución tiene gastos de mantenimiento, archivos, personal y gestión administrativa. Nadie discute eso. Pero cuando se trata de un documento que acredita la recepción de un sacramento, algo que forma parte de la vida espiritual de una persona, el debate deja de ser económico y pasa a ser moral.

Los sacramentos no son productos. No son servicios administrativos. Son actos espirituales. Y aunque nadie está cobrando por el sacramento en sí —algo que sería inaceptable— sí se está cobrando por el acceso documental a ese sacramento. Y eso genera una sensación incómoda: la de que, para poder ejercer plenamente dentro de la comunidad cristiana, hay que pasar por caja.

Pero más allá del importe —que para algunos podrá parecer pequeño y para otros excesivo— hay una cuestión aún más preocupante: la absoluta falta de adaptación a los tiempos actuales.

¿De verdad, en pleno siglo XXI, con la digitalización presente en prácticamente todas las instituciones públicas y privadas, seguimos obligando a las personas a desplazarse físicamente a la parroquia donde fueron bautizadas, a veces en otra ciudad o incluso en otra provincia, para solicitar un documento que podría enviarse electrónicamente entre parroquias en cuestión de minutos?

¿No existe comunicación digital entre diócesis?

¿No pueden los sacerdotes intercambiar certificados por correo electrónico oficial?

¿No hay una base de datos digital compartida que facilite estos trámites?

Vivimos en una era donde la administración pública permite obtener certificados digitales desde casa. Donde los historiales médicos están informatizados. Donde incluso las notarías han avanzado en procesos telemáticos. Sin embargo, en este ámbito concreto, parece que el tiempo se haya detenido.

No se trata solo del dinero. Se trata del mensaje que se transmite. Cuando alguien quiere participar activamente en la vida de la Iglesia —como en mi caso, aceptando el compromiso de ser padrino— lo mínimo que debería encontrar es facilitación, no obstáculos burocráticos.

Además, esta situación genera una reflexión más profunda: si la Iglesia desea acercarse a las nuevas generaciones, ¿no debería empezar por modernizar sus procedimientos internos? La digitalización no es una amenaza para la tradición; es una herramienta para fortalecerla. Facilitar trámites no debilita la fe, la refuerza. Eliminar barreras administrativas no resta solemnidad a los sacramentos, sino que demuestra sensibilidad hacia los fieles.

Quince euros pueden parecer una cantidad menor. Pero lo que molesta no es solo el importe, sino el simbolismo. La sensación de que para demostrar que uno está bautizado y confirmado —algo que ya ocurrió hace años— tenga que pagar por acreditarlo.

Y vuelvo a la pregunta inicial: ¿es esta la imagen que quiere proyectar la Iglesia? ¿La de una institución cercana, moderna y comprometida con sus fieles? ¿O la de una estructura rígida, anclada en procesos del pasado?

No escribo estas líneas desde el resentimiento, sino desde la reflexión. Desde el deseo de que se abra un debate sereno y necesario. Porque quienes participamos en la vida eclesial no somos clientes, somos miembros de una comunidad.

Y quizá ha llegado el momento de preguntarnos si esa comunidad está haciendo todo lo posible por estar a la altura de los tiempos que vivimos.

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